Sombras en el techo

De pequeño a X le gustaba pasar los fines de semana con su abuelo.

Desde que su padre los había abandonado a él y a su hermana, el abuelo se había convertido en una especie de figura paterna. Sobre todo para X. Lo visitaban para cenar y por las noches, X se quedaba con su abuelo viendo los partidos de fútbol que al anciano tanto le gustaban. A X poco le podía importar ver a un grupo de tipos persiguiendo un balón, lo único que le divertía ver era cuando los jugadores se peleaban y se rompían las narices por cualquier motivo. Cuando el partido terminaba, X siempre le pedía a su abuelo que antes de dormir le hiciera figuras con la sombra de las manos en el techo.

X disfrutaba mucho viendo como su abuelo hacía que las sombras se movieran, cuando él dirigía la luz de la lámpara de la mesa de noche hacía arriba. Y como si se tratase de magia aparecían perros ladrando, conejos que saltaban por todo el techo, cocodrilos y serpientes que devoraban todo lo que se les ponía en frente. También aves y mariposas que volaban a lugares que X imaginaba en su cabeza.

Ahora, años después, cuando X esta acostado sobre su vieja cama con la vista perdida en el techo en completa oscuridad, prende la luz de la lamparilla para hacer aparecer a esas
sombras de nuevo. Pero ya no son inocentes conejos y tampoco bellas aves las que se manifiestan. Frente a sus ojos desfilan monstruos, figuras negras que parecen espectros que se extienden a lo largo del techo. X las ve y escucha todo lo que ellas le dicen y las danzas extrañas que hacen.

X se pregunta de donde salen. Ya no son las manos de su abuelo las que las hacen aparecer, y las manos de X siempre están paralizadas mientras su vista se nubla y se pierde en el techo de su habitación.

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