Pueden haber 100 años de silencio y al mismo tiempo ni un día de paz

El Síndrome del Conejo: por qué Guatemala elije el silencio frente a su propia destrucción.

Hay algo triste que convive entre nosotros, un elefante tan grande que no cabe en ninguna habitación.
Es esa silenciosa pasividad. 

Esa quietud que se parece más a la que tiene el conejo frente a la luz que se acerca a media carretera, que a la quietud de un estratega.

Y es que nuestra pasividad, esa indefensión aprendida lleva siglos construyéndose, tomando forma.
Desde la subyugación institucionalizada por la colonización y justificada con la cristianización de la iglesia católica. 

Luego en el periodo independiente con las raquíticas pero crueles milicias hasta la consolidación del Estado finquero a la orden con el látigo y fusil.

Y claro las leyes para ordenarlo y legalizarlo, porque el castigo tiene que ser legal para que no se cuestione, para que sea “bueno”.

 

En el siglo XX las cosas se ponen más interesantes, se diversifica, no solo la Policía, el Ejército; surgen especímenes como los orejas –esos escuchas– que podrían ser desde la señora de la casa vigilando a la sirvienta, la sirvienta a la señora, la vendedora de tamales a sus clientes, el niño que te lustraba los zapatos o el muchacho del banco y así todos a todos. 

El silencio se había convertido en la consigna de sobrevivencia en un pueblo donde el estado había logrado que su sociedad se vigilara a sí misma. 

Ubico era muy bueno en eso. 

Los 10 años de revolución cambiaron algo de ello; nos dieron herramientas, educación e instituciones. 

Luego vino nuestra Nakba (catástrofe) de 36 años y allí el miedo era la vida, muchos no lo consideran pero el miedo es un recurso tan valioso que se usa como arma para ganar guerras. 

Y la ganaron. 

 

La verdad yo creo que siguen ganando, y lo pienso hoy especialmente por Consuelo Porras, se va, se fue y ya. 

Y no parece que hayamos muchos de nosotros pidiendo justicia para el enorme daño que le causó a la institución y con ello a la vida directa de miles de personas.   

Molina Barreto es corrupto, pero ahí está, electo. 

Walter Mazariegos, se queda en la USAC y ya, ahí está, derrumbando la educación en un país que está a nada de ser analfabeta de nuevo. 

 

Y nosotros: quietos, callados.

Creyendo o más bien confiando en que las cosas por lo menos no empeoren.

Que la luz nunca llegue y que al conejo no lo atropellen. 

Pero no olvidemos que todo siempre se puede cambiar y pedir justicia no es molestar. 

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