Defensa de la crítica

 

Elogio del uno y medio: Por qué el arte correcto nos está matando de tedio.

 Estudiar arte me ha servido, sobre todo, para aprender a recibir la crítica. Entendí que toda crítica, incluso la más incómoda, puede aportar algo porque ilumina aspectos que uno no había considerado.

Siempre cuento la anécdota de un catedrático al que nunca pude sacarle un 10 en ninguna tarea. Lo más cerca que estuve fue un 8, y solo porque logré defender mi pieza. Cada vez que revisaba mis trabajos ponía cara de aburrimiento y, sin siquiera voltearme a ver, anotaba un 6, un 4 o hasta un 1.5 en su lista.

Reconozco que al principio me sentía muy mal, sobre todo porque eran tareas en las que había puesto mucho empeño. Sin embargo, también debo admitir que muchas veces —no siempre, pero sí muchas— tenía razón. Especialmente en mis ejercicios de dibujo. No soy un gran dibujante, pero gracias a sus comentarios, tan amargos como exigentes, aprendí bastante.

También tuve catedráticos que celebraban mi trabajo. Uno decía que le gustaba la forma en que resolvía los detalles reconocibles; otro comentaba que ya podía percibirse un estilo propio en mis pinturas. Pero el elogio que más recuerdo fue el de un profesor que me dijo que le gustaba que lo que yo hacía no fuera obvio.

Lo dijo a propósito de un ejercicio de acuarela. Fuimos al zoológico a pintar animales del natural. Mientras la mayoría retrató a los animales, yo decidí pintar un callejón por el que pasaba la gente. No fue una acuarela extraordinaria, lo reconozco, pero mi intención era hacer algo distinto a lo que estaban haciendo los demás.

Al terminar el ejercicio, colocamos todas las pinturas sobre una banqueta. El catedrático detuvo a una señora que pasaba por ahí y le pidió que señalara cuál era la que más le gustaba. Ella eligió un papagayo. Era una pintura muy bien ejecutada, aunque el estudiante había hecho primero un dibujo muy marcado y luego pintó encima. Personalmente, nunca trabajo así y no me gusta el resultado que produce.

Entonces el profesor le hizo otra pregunta: cuál le parecía la peor pintura. La señora señaló la mía.

Todos nos reímos, incluyéndome a mí. Después el catedrático me dijo que aquello era simplemente una cuestión de apreciación personal y que él, en absoluto, consideraba que fuera la peor.

Curiosamente, creo que si yo hubiera sido esa señora también habría señalado mi acuarela como la peor. Pero sigo convencido de que aquel papagayo, por más correcto que estuviera técnicamente, tampoco era la mejor pintura.

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