Es que me vino un recuerdo

Hace un par de semanas salí a caminar con mi sobrina. Íbamos a buscar piedras para pintar, como si estuviéramos en una especie de misión doméstica para embellecer lo que se deje.

Viviendo en el culo del mapa, eso no es difícil. Hay piedras de sobra. De río, incluso. Río de aguas residuales, pero río al fin.

De regreso, la patoja me señala un camino:

—Mirá tío, por ahí viven mis primas.

Le digo que no. Casi por reflejo, como si uno de adulto tuviera que corregir algo para justificar el cargo. Pero me quedo viendo.

Sí.

Sí era un camino.

Solo que no llevaba a sus primas.

Llevaba a otro lado.

A Wendy Pineda.

Y así, sin previo aviso, uno empieza a caminar también hacia atrás.

Treinta y un años atrás. Colegio Mixto Juventud Activa. Segundo básico. Yo con 14 años y una vaga idea de quién era. Era nuevo, que es una forma elegante de decir que no encajaba en nada todavía.

Entrar a segundo básico es como llegar tarde a una conversación que ya tiene códigos, bromas internas y jerarquías bien establecidas.

Y en medio de todo eso, la vi.

Wendy Pineda.

Decir que era bonita se queda corto. Era de esas personas que parecen estar en otra frecuencia, como si el entorno no terminara de alcanzarlas. No podría decir que la conocí; la observé. Y sin mucho trámite la coloqué en un lugar donde no hacía falta hablarle.

Un altar discreto, pero altar al fin.

Un sábado en la mañana llegó a mi casa.

Todavía recuerdo el sobresalto. Abrí la puerta y ahí estaba, pidiéndome ayuda con una tarea. Yo, completamente fuera de mi elemento, hice lo que pude: un par de ideas, algunas orientaciones, nada especialmente brillante.

Ella lo agradeció, con una naturalidad que me descolocó más que cualquier otra cosa, y se fue.

Yo me quedé pensando en lo improbable del momento.

Wendy no era solo bonita. Era muy inteligente, de verdad. Tenía buenas notas, entendía rápido, participaba. Esa combinación la volvía aún más difícil de alcanzar desde mi esquina silenciosa.

Y alrededor, siempre había otros. Patojos más grandes, más seguros, con más herramientas para acercarse. Yo miraba desde cierta distancia, con una mezcla de admiración y resignación.

¿Qué podía hacer yo?

Probablemente más de lo que hice. Pero eso uno lo entiende después.

Porque mientras tanto estaba Mayra.

Canchita, constante, con esa forma de aparecer siempre al final de la jornada para caminar juntos. No hacía falta que dijera nada explícito. Se notaba.

Y yo también lo notaba.

Pero también notaba las burlas. Los patojos eran muy mala onda con ella. Y a los 14 años, eso pesa más de lo que debería. Así que decidí no hacer nada. O, más bien, evitar algo con tal de que no se burlaran de mí también.

Uno a esa edad confunde mucho las prioridades.

Una tarde iba caminando a mi casa y vi a Wendy unos pasos adelante. Un muchacho de tercero básico venía detrás, diciéndole cosas que no venían al caso.

Ella volteó, me vio, se detuvo y me esperó.

Cuando estuve a su lado, me tomó del brazo y dijo:

—Qué bueno verte, primo, así me acompañás.

Le seguí la corriente. No había mucho que pensar. El otro muchacho entendió el mensaje y se fue.

Caminamos juntos un rato. Nada extraordinario, si se ve desde afuera. Pero hay momentos que no necesitan ser grandes para quedarse.

Al día siguiente, en el colegio, me sonrió:

—Hola, primo.

Yo solo respondí con otra sonrisa.

Con el tiempo uno empieza a entender ciertas cosas que antes solo le parecían raras. El profesor de matemáticas, por ejemplo. La forma en que la llamaba seguido, cómo buscaba tenerla cerca, esos gestos que en ese momento uno no sabe bien cómo leer.

Ahora sí.

Años después, supe que ese profesor falleció en un accidente.

No me alegré, pero tampoco lo lamenté. Y no solo por eso.

Cuando terminó tercero básico, en 1996, llevé un álbum que había hecho en clase de Artes Industriales para que me dejaran recuerdos. Me costó tomar valor, pero se lo di a Wendy.

Escribió algo que no he olvidado:

“Walter, usted es una persona muy inteligente, tristemente no ha sabido usar la inteligencia a su favor”.

Hay frases que uno no termina de descifrar nunca. Solo cambian de significado con los años.

Seguimos caminando con mi sobrina rumbo a la casa. Ella iba pensando en sus cosas, en su mundo, que todavía es limpio en muchas formas.

—Tío, ¿de qué te reís?

Me preguntó.

La miré un segundo.

—De nada, Chibi. De nada.

 

 

 

 

 

 

 

(0 Votos)

Deja un comentario

Asegúrate de ingresar todos los campos marcados con un asterisco (*). No se permite el ingreso de HTML.

  1. Lo más comentado
  2. Tendencias

Cambia, todo cambia

0

Por San Pedro de Compostela

Los sueños de una niña

0

Por Mariel Blanco

El algoritmo nos borra por feos: la nuev…

La dictadura del algoritmo: por qué tu red social parece un centro comercial vacío.

Por The Insider

Beef S2: ataca la supuesta decencia de l…

Beef S2: El espejo podrido de quienes creen que el dinero compra la moral.

Por Gabriel Arana Fuentes

No todo tiempo pasado fue mejor.

Los rieles del despojo: La farsa del progreso y el monopolio de la UFCO en Guatemala

Por Ana Luis Arévalo

next
prev