Fotografiar una pandemia

Hay momentos en los que un país cambia sin hacer ruido. No ocurre con un estruendo ni con un anuncio solemne. A veces empieza con algo casi imperceptible: una conversación en voz baja, un titular que parece lejano o una fotografía que todavía no entendemos del todo.

Foto: Danilo Ramírez
Foto: Danilo Ramírez

Al principio el virus era solo una palabra que venía de lejos. Un problema que parecía pertenecer a otros mapas, a otras ciudades, y en otros idiomas. Aquí la vida seguía con su ritmo habitual: mercados llenos, buses, vendedores en las esquinas y ese murmullo constante que forma parte del paisaje.

Foto: Danilo Ramírez
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 Así llegó el COVID-19, coronavirus como le decían algunos. Luego llegaron las primeras mascarillas. Al principio se veían extrañas. Como si quienes las usaban estuvieran anticipando algo que el resto todavía no comprendía. Poco a poco comenzaron a multiplicarse hasta volverse parte del uniforme cotidiano de la ciudad. Los rostros quedaron cubiertos y, con ellos, una parte de las expresiones que sostienen la vida pública.

Foto: Danilo Ramírez

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 La pandemia entró al país de golpe, un 13 de marzo de 2020. El primer caso entró y parecía un espectáculo montado: el presidente recibió una llamada a mitad de un discurso, como parte de un guión. 

Foto: Danilo Ramírez
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Todo empezó a transformarse

Las calles, que normalmente respiran a través del ruido, comenzaron a quedarse en silencio. Las avenidas que suelen estar atrapadas en el tráfico quedaron vacías. Caminar por la ciudad se volvió una experiencia extraña: el eco de los pasos, los semáforos cambiando para nadie, la sensación de estar recorriendo un escenario abandonado.

Foto: Danilo Ramírez
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Fotografiar ese silencio era inquietante, porque una ciudad vacía no es solo una imagen estética. Es también un signo de miedo, pero lo más difícil no estaba en las calles desiertas. Lo más difícil apareció cuando la pandemia empezó a revelar algo que siempre había estado allí: las desigualdades. Mientras muchos pudieron quedarse en casa, otras personas no tenían dónde refugiarse. El confinamiento, que para algunos era protección, para otros significaba quedar a la intemperie.

Foto: Danilo Ramírez
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En los barrios comenzaron a aparecer banderas blancas. No eran banderas oficiales ni organizadas. Eran pedazos de tela, camisetas, bolsas plásticas amarradas a las ventanas. Un lenguaje silencioso que se extendió rápidamente por colonias enteras. Cada bandera decía lo mismo sin necesidad de palabras: aquí falta comida. Fotografiarlas era enfrentarse a algo incómodo.

Foto: Danilo Ramírez
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La cámara captura la imagen, pero no puede cargar con el peso de lo que significa, detrás de cada bandera había una familia, una preocupación que no siempre aparece en las estadísticas. La pandemia no solo estaba enfermando a las personas; también estaba desordenando la economía de quienes viven al día.

Foto: Danilo Ramírez
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Hubo días en que la ciudad parecía suspendida. Otros en que el sonido de una sirena atravesaba el silencio de las calles. Los bomberos no dejaron de trasladar pacientes mientras los hospitales comenzaban a llenarse. Cada ambulancia era un recordatorio de que el virus no era una abstracción: estaba entrando en las casas, en los cuerpos, en las historias familiares.

Foto: Danilo Ramírez
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La distancia de la muerte

Con el tiempo aparecieron otras escenas difíciles de mirar. Los funerales cambiaron. Las despedidas se volvieron rápidas, distantes, casi silenciosas. En algunos cementerios las tumbas nuevas se abrían con una frecuencia que antes no existía. Las familias tenían que aprender a despedirse sin abrazos y hasta por videollamadas. 

Foto: Danilo Ramírez

La pandemia también transformó la forma en que las personas se reconocen entre sí. Las mascarillas ocultaban los gestos. Para muchas personas sordas eso significaba perder una parte fundamental del lenguaje: leer los labios, interpretar expresiones, comprender emociones a través del rostro.

Foto: Danilo Ramírez

 Algunas organizaciones comenzaron a fabricar mascarillas con pequeñas ventanas transparentes. Era un intento por recuperar algo de humanidad en medio de un mundo cubierto.

Foto: Danilo Ramírez

Pero la pandemia no fue solo miedo, en medio de la incertidumbre aparecieron gestos de solidaridad que pocas veces ocupan titulares. Algunas personas comenzaron a repartir comida gratuita. Vecinos se organizaba. Personas que dejaban bolsas de alimentos frente a puertas ajenas. Era una red improvisada de ayuda que sostenía a quienes estaban cayendo. Aún así, había una sensación persistente de fragilidad.

Foto: Danilo Ramírez

Los hospitales llenos, los médicos agotados, los comercios cerrados, las calles que lentamente volvían a llenarse aunque el virus seguía circulando. La ciudad comenzó a moverse otra vez, pero algo en su interior había cambiado.

Foto: Danilo Ramírez

Fotografiar la pandemia no fue únicamente documentar un acontecimiento histórico. Fue presenciar cómo un país se miraba a sí mismo en un momento de crisis.

Foto: Danilo Ramírez

Las imágenes no solo mostraban mascarillas, hospitales o calles vacías. También revelaban las preguntas que la pandemia dejó al descubierto: quién puede detenerse y quién no, quién tiene una red de protección y quién queda fuera de ella.

Foto: Danilo Ramírez

Con el tiempo llegaron las vacunas y una sensación tímida de esperanza. Las filas de médicos, enfermeras y cuerpos de socorro esperando su turno para vacunarse parecían el inicio de otra etapa. Pero incluso entonces, algo seguía presente. Las fotografías tomadas durante esos meses quedaron como un archivo de un tiempo extraño: un país que se silenció de repente, que descubrió sus heridas más profundas y que tuvo que aprender a sobrevivir con ellas.

Foto: Danilo Ramírez

Al final, lo más difícil de fotografiar una pandemia no es el virus. Es entender que cada imagen contiene una historia que no se ve completa en el encuadre: una familia esperando noticias, un negocio que quizá no volverá a abrir, un médico que no ha dormido en días, una bandera blanca moviéndose con el viento. La cámara puede registrar el momento. Pero el peso de lo que ocurrió queda fuera de la fotografía.

Foto: Danilo Ramírez

Hoy nos quedan solo recuerdos, pérdidas, incluso sombras de corrupción que nadie investiga. Son 6 años de una época que ahora nos parece muy extraña, que se siente cercana y distante a la vez. Hoy se queda el registro de una etapa extraña para todos. 

Foto: Danilo Ramírez
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