La fiesta donde todo es bueno

Hay una escena que se repite: luces tibias, copas baratas, aplausos inflados. Alguien presenta un libro, un monólogo, un disco, una serie de cuadros. Y antes de que la obra tenga tiempo de respirar, ya está envuelta en elogios. No porque haya hecho algo notable, sino porque “se animó”, porque “es de aquí”, porque “es cuate”. El entusiasmo funciona como anestesia: nadie quiere arruinar la fiesta y señalar el traje del emperador.

El mecanismo es casi químico. Se lanza la obra, el público —más afectivo que crítico— la celebra, la consume, la comparte. La venta aparece como prueba irrefutable de valor. Entonces ocurre la alquimia peligrosa: lo que fue bien recibido pasa a ser considerado bueno. El artista lo asume, los gestores lo repiten, los espacios lo programan. Nadie quiere interrumpir el flujo. El aplauso se convierte en moneda, y la moneda compra legitimidad.

Después viene la resaca: talleres, charlas, entrevistas. El artista, ahora convertido en referente exprés, explica su “método”. Y del otro lado hay gente joven, hambrienta de hacer algo, mirando con atención. Aprenden lo que tienen enfrente. No lo mejor, sino lo validado. Así se instala una normalidad discreta y peligrosa: la mediocridad deja de ser un accidente y empieza a comportarse como estándar.

Llamarle “ignorante” al público es demasiado fácil, y también demasiado cómodo. Lo que hay es otra cosa: consumo sin herramientas, afecto que reemplaza al juicio, identidad usada como atajo. Todo eso es comprensible. Pero cuando se vuelve criterio, el resultado es una cultura que se aplaude a sí misma sin preguntarse demasiado por qué.

Si uno quiere salir de ese bucle, necesita algo más que entusiasmo. Necesita parámetros. No absolutos, no sagrados, pero sí operativos:

¿Sostiene una lógica interna o es un collage de ocurrencias?

¿Hay decisiones formales o solo intuición sin pulir?

¿Propone algo o recicla fórmulas con otra decoración?

No son preguntas cómodas. Tampoco son populares. Pero sin ellas, todo se vuelve intercambiable.

Pongamos un caso. Un joven publica su primer libro. El tema central es el desamor. Los poemas están llenos de imágenes reconocibles: noches vacías, cigarrillos, ciudades que “duelen”. El lenguaje intenta ser intenso, pero descansa en frases ya gastadas. No hay un trabajo visible con el ritmo; los versos parecen prosa cortada. Sin embargo, el libro se vende bien: hay presentación concurrida, firmas, fotos, historias compartidas. El círculo cercano lo celebra con entusiasmo genuino.

Si aplicamos los parámetros: la lógica interna es débil —los poemas no construyen un universo propio, sino que repiten un imaginario prestado—; las decisiones formales son mínimas —no hay riesgo ni exploración del lenguaje—; y la propuesta es predecible —no añade nada a lo ya dicho sobre el tema—. El libro no es un desastre, pero tampoco es una obra lograda. Es, en el mejor de los casos, un punto de partida.

El problema no es que ese producto cultural exista. El problema es lo que se dice de él. Cuando se le trata como si fuera un logro mayor, cuando se le convierte en referencia sin haber pasado por un proceso de exigencia, se distorsiona el estándar. El artista recibe una señal equivocada. Los nuevos artistas aprenden a conformarse. Y quienes empiezan a crear toman ese nivel como meta.

En este ecosistema, los mediadores tienen una responsabilidad que suelen esquivar. Editores, curadores, programadores: no están ahí solo para facilitar circulación, sino para filtrar. Decir “no” también es parte del oficio. Y sí, a veces implica perder dinero, incomodar amistades o ir contra la corriente. Pero si todo pasa, entonces nada importa.

El público tampoco se salva. Apoyar no es lo mismo que aplaudir a ciegas. Hay una diferencia entre acompañar un proceso y legitimar cualquier resultado. Cultivar el gusto —leer más, ver más, comparar— no es un lujo elitista; es una forma básica de no tragarse todo lo que le sirven a uno.

Y el artista, en medio de todo esto, tiene la tentación más peligrosa: creerse el ruido. El aplauso cercano es seductor porque no exige demasiado. Pero sin contraste —con otras obras, con otras tradiciones, con otras exigencias— lo que queda es un eco. Bonito, sí, pero vacío.

No se trata de arruinar celebraciones ni de adoptar el papel del cínico profesional. Se trata de algo más incómodo: asumir que no todo merece aplauso. Que el entusiasmo sin criterio puede ser una forma elegante de abandono. Y que, si el oficio importa de verdad, hay que estar dispuesto a decirlo, incluso cuando la música sigue sonando.

 

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