Crónica de feria: tráfico, nostalgia y el rumor del elote más caro de la ciudad
© IA+Municipalidad de Guatemala

Crónica de feria: tráfico, nostalgia y el rumor del elote más caro de la ciudad

La Feria de la Asunción es ese lugar donde la ciudad se vuelve pueblo y la nostalgia se mezcla con olor a comida típica.

El editor de este prestigioso medio me cayó por WhatsApp con la sutileza de un francotirador:

—¿Soy yo o vos solés ir a la feria?

Supe de inmediato que esa pregunta traía dinamita en la cola. No, no quería una guía turística, ni fotos de la iglesia abarrotada para la Patrona de la Nueva Guatemala. La misión era otra: confirmar un rumor que corría más rápido que la chismosa del barrio. Según decían, un elote asado estaba costando Q25.

Q25. Por un pedazo de maíz quemado y limón sin jugo. “Qué tiempos estos”, pensé, imaginando al vendedor entregando el elote como si fuera un lingote de oro envuelto en servilleta.

No me lo dijo con esas palabras, pero lo leí entre líneas: andar a la feria y traer material al estilo gonzo. Esa feria que cada agosto divide a la ciudad entre los que odian el tráfico y los que odian la iglesia vacía… mientras, al margen, los vendedores cuentan billetes y el olor a churros fritos se mete hasta en los calcetines.

El viernes anterior había tenido descanso forzado de uno de mis patrones, así que convencí a mi esposa, a mi hijo y a la perrita de salir a caminar hacia el epicentro del folclor temporal: la Avenida Simeón Cañas, zona 2. El tráfico de viernes era un infierno… pero viéndolo desde la acera se volvía un espectáculo delicioso, como mirar una pelea de bar sin estar adentro. La perra, siempre solidaria con su instinto, ladraba a todo lo que olía a toxicidad humana. Un detector de almas en pena con correa.

Caminando desde la Iglesia San Sebastián hacia la Simeón Cañas, el mundo empezó a doblarse hacia atrás. El Parque Morazán, aunque ya no es lo que fue cuando se llamaba Parque Jocotenango, todavía susurra historias si uno se detiene a mirar las casas viejas. 

Las fachadas se alzan como testigos de un tiempo en el que El Zapote era finca, el Hipódromo del Norte veía caballos y Jocotenango era un pueblo con iglesia y parque… hasta que un presidente con ínfulas de arquitecto borró todo para levantar un Templo a Minerva, que luego otro iluminado demolió para construir el Diamante de Béisbol Enrique “Trapo” Torrebiarte. En este país, deshacer parece ser el deporte nacional.

La feria estaba en “modo previa”: carros viejos estacionados como trincheras de los dueños de los puestos, estructuras de madera con clavos al aire, ollas cerradas, planchas apagadas. El aire olía a polvo y a grasa fría. Un cartel pintado a mano gritaba: “4 tacos por Q50”, y otro, más humilde, prometía manzanas envueltas en azúcar. Con Q50 por cabeza, uno mejor se llevaba la lonchera y la dignidad. Ni hablar de los juegos de azar, donde por Q10 te dabas el lujo de ganar un peluche que parecía relleno con aire reciclado.

Pero había novedades: locales que vendían carritos de colección, restaurantes de “tenedor” con mantel falso y churrascos argentinos con menú de tres cifras. Un cambio de liga para una feria que siempre fue más pólvora y algodón de azúcar que carne importada.

—Mirá, ni van a dormir estos —le dije a mi esposa, viendo cómo familias enteras armaban puestos como si de eso dependiera la supervivencia de su apellido.

Y probablemente así era. Trabajaban bajo el rumor constante de las mil 338 piezas de aluminio de la Plaza de la Familia, que el viento convertía en un concierto metálico digno de un experimento sonoro de Luis Díaz.

Pasamos por el Parque Minerva, o lo que queda de él. Fantasma de sí mismo, rodeado de bancos que crujen y sombras largas. Bonita caminata, sí, pero sin comida ni bullicio.

—¿Y por qué no venimos el jueves? —preguntó mi esposa.

Lo pensé un segundo. Tenía sentido: volver con la feria encendida, con el olor a carne frita y aceite quemado.

La idea quedó flotando como globo de helio. Y volvimos a casa: la perra con once victorias en su récord personal, mi hijo hidratado a base de Gatorade y papalinas, y yo… feliz de no haber discutido con nadie. La Feria es el único lugar donde el tiempo se detiene y los precios aceleran.

Llevábamos en el bolsillo una promesa a medias: que quise ir el jueves 14, pero no me atreví. Tal vez lo intente el viernes 15, y si no voy… ¿Alguien me puede contar cómo le fue? El elote a Q25 seguía siendo un misterio reservado para la próxima misión.

(3 Votos)

Deja un comentario

Asegúrate de ingresar todos los campos marcados con un asterisco (*). No se permite el ingreso de HTML.

  1. Lo más comentado
  2. Tendencias

Horóscopo (18/2-4/03): Bestias de terrap…

Francis Drake Bestias de terraplanismo digital: Therians, cortina de humo y el cielo que baila | Francis Drake

Por Francis Drake

El J-pop y su expansión global: del city…

Diferencia entre J-pop y K-pop, AKB48 sistema idol, Kyary Pamyu Pamyu Harajuku, YOASOBI openings anime, city pop nostalgia.

Por Danilo Ramírez

Voracidad y Piel: dos poemas de Rubén Fl…

poesía de denuncia política, poema erótico latinoamericano, crítica a jueces y netcenter, cuerpo femenino en la poesía, inquisición siglo XXI.

Por Rubén Flores

Tarde, pues

Tarde, pues: Therians, la mordida en Montevideo y los verdaderos animales en San José Pinula

Por Eddy Roma

next
prev