DIBUJO…

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DIBUJO…

Te vi recostada en esa cama de mil historias, de todo tipo. Era ese colchón un enjambre de sensaciones que narraba batallas y sueños.

Tu piel estaba cubierta por una sábana fina y que dejaba ver con sutileza los trazos de tu sensualidad.

Tus pechos robustos, tu vientre hermoso, y ese pequeño espacio entre tus piernas, apenas marcado, encendía un incendio en mí.

Tu cabello oscuro, con algunas canas rebozantes y traviesas que adornan tu rostro. Duermes sin imaginar que yo te veo, como si fuera la primera vez que lo hago.

Estas intensamente bella. Yo me acerco, pero no intento tocarte. Solo te veo, como el cazador a su presa.

Te dibujo sin palabras, sin voz, solo con mis ojos. Te disfruto. Así, eternamente, o hasta que se me acaben las fuerzas.

 

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SOBERBIA…

Te recuerdo. Y pienso cuánto me gustas. Aquel beso furtivo que tanto soñaba, terminaste por dármelo.

Quedé frío. Me preguntaste si quería otro o si con ese era suficiente.

Te respondí que las dos opciones merecían respuesta. La primera, que si te decía que quería muchos más, pensarías que era un famélico de ti. Y la segunda, que si te decía que era suficiente, creerías que no me habías causado nada.

La imagen de tu cabello rizado y tus labios carnosos y sensuales la tengo acá, grabada. No sé tú. 

Encontramos momentos para nosotros. En tu carro, a la salida del trabajo. Hermosa.
Hasta que se nos acabó la historia mutua y se me quedó como una cicatriz de esas que te traen gratos recuerdos.

Hoy que lo pienso, te extraño, pero quizá no podía permitirme expresarlo, porque preferí dejarte vivir y yo hacer lo mismo. Ambos creamos historias paralelas.

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