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El rey de un pequeño Estado: cómo destrozar la educación pública
...
TIRANO…
Traje y corbata. Título por delante. Hombre oscuro, obtuso, peón de las élites arcaicas, poderosas, corruptoras. Perverso, antiético.
Cercó con esbirros la casa de estudios que era de muchos, y que por fronteras solo tenía las intelectuales. Se cree inmaculado, ungido.
Tomó por la fuerza y con engaños y forma parte de una estrategia para menoscabar la educación superior pública para beneficio propio y de quienes lo hicieron su títere.
Destroza con apariencia de legalidad más de 300 años de historia. Es un absurdo de este país. La autonomía la convirtió en tiranía, es rey de un pequeño estado al servicio de él y sus cómplices.
Ha silenciado la protesta, la inconformidad, compra voluntades y tiene aliados que le mantienen en el juego malévolo. Quieren que solo haya un pensamiento, para mantener la finca bajo sus reglas.
Cumple su papel; cuando se vaya dejará desolación, años perdidos, juventud e intelectualidad de muchos tirados al retrete porque él como supremo decide quién estudia y quién no. Y junto a él todo su séquito de parásitos.
Ojalá se vaya pronto y que esa casa de aprendizaje recupere su naturaleza y renazca por el bien del país y de los miles que no pueden pagar una educación superior privada.
Ojalá se vaya pronto y que aún haya cómo revertir todo este daño a la nación. Reprime, amenaza, transa, aniquila. Es un tirano, maldito personaje de esta historia.
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DEVOCIÓN…
Se acostumbró a verla todos los días. Era su adicción, su razón, su norte, su paz e inspiración.
Se acostumbró a acariciar su cabello al dormir y despertar.
Se acostumbró a darle un beso de buenos días y a verla dormir tras una ardua jornada cotidiana.
Se acostumbró a pensar en ella y que le dieran la una y las dos y las tres…
Se acostumbró al vaivén de sus caderas, aun cuando ella nunca fue de ir provocando.
Se acostumbró a ponerla por sobre todas las cosas, a que fuera el centro de su atención, el epicentro de su vida, el poema interminable y fantástico.
Era siempre ella. Como el amor de una novela, con mil senderos intransitables pero que terminan llegando al mismo punto.
Veía sus manos y sentía el vacío de una piel que ya no estaba. El reflejo de las sombras que proyectaban cuando la intimidad afloraba, había desaparecido. Y no era por la luz que iluminaba la habitación, sino por la ausencia de su ser divino, de la que fue su alma gemela, del sonido de la melodía más hermosa en sus oídos. Hoy estaba sordo, seco, abrumado.
Su diosa, su devoción, el suspiro de sentirse pleno no surgía de nuevo. Estaba apagado, pensativo. Dudaba, no creyó más. La soledad era tan inmensa como aquel amor que fue.
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