Juan Pablo Dardón Pereira

Las vidas perfectas

Personalmente cuando miraba a Anthony Bourdain recorrer el mundo comiendo, me daban ganas de lanzar todo a una mochila e iluminarme con el camino, cronista de desventuras y aventuras, para regocijo propio y ajeno. Pero yo necesito dormir en mi cama, que tiene mi silueta tatuada.

Mi libreta de viajes apenas empieza a llenarse y ya me cansé, porque es desgastante ser un nómada y al mismo tiempo – contradictorio, lo sé - es la muerte vivir la rutina, somos los seres más inacabados sobre este planeta.

El placer no reside en la abundancia, si no en saber distinguir los momentos irrepetibles que se nos presentan fuera de horas rutinarias, es decir, ese instante que no volverá. Tiene que aislarlo y atesorarlo para su regocijo. Es su Precioso.

Siempre llegará la verdad como la noche y es imposible querer ser una estrella de la caja boba, sin caer en el guión de la futilidad. Imagine, por este instante, que es usted el que está viviendo la luna de miel real.

Ya todo ha pasado en la abadía de Westminster y en estos instantes posiblemente se engendra otro noble, mentes vuelan y al mundo sigue igual. El Barça le gana al Real y los políticos miquean en la televisión. Nada cambia, todo entretiene.

Cuando le dieron el Premio Cervantes de Literatura a Ana María Matute, una ancianita que escribe pausadamente con un ritmo delicioso que es comparable a comer panqueques con miel de Maple en Minnesota, una mañana sabatina de otoño.

La voracidad mediática pasó de largo a la obra de esta señora más importante que todo y que nada. Ni los goles de Messi que tanto me gustan, rompen el encanto de El árbol de oro que me ilumina esta mañana.

Olvídese ya de los trabajos de la pelvis real y vaya a una librería a vivir una vida completamente falsa, como la propuesta de ese terrón de azúcar llamado Ana María. Porque la literatura es la mejor mentira, el salvoconducto perfecto, cuando el planeta se rinde y no deja de hacerlo.

http://www.jpdardon.com/

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