Tener el Universo entre las manos

Descubrí la masturbación (que fea palabra, por cierto) cuando tenía 7 u 8 años. No pongan el grito en el cielo, en serio no sabía lo que hacía. No tenía pensamientos sexuales de ningún tipo, es solo que me gustaba ¿frotarme? y provocarme unas “cosquillas” entre las piernas.

Así llegó la adolescencia (los 13), el primer beso, el primer novio, los primeros fajes y bueno, la televisión por cable. Después de las 22:00, mi oferta de entretenimiento era el cuasi porno The Film Zone, Multipremier, MGM, Golden y claro, Cinemax.

Primero vi solo por curiosidad, luego comencé a sentir maripositas bajo el vientre y luego mis manos comenzaron a moverse.

Fue un sábado por la noche y todos en casa se habían ido a un cumpleaños.

En pantalla de Noches de Climax, una mujer de ojos azules, cabello corto y enormes pechos montaba a un nada guapo latin lover. En el sofá de la sala, mis dedos recorrían mis pezones y con algo de miedo bajaron a la zona prohibida, pero inundada de deseo.

Froté hacía abajo y hacía arriba y jugué por jugar, no por ganar. De pronto sentí que estallaba. Una sacudida de placer me recorrió entera, mi grito se confundió con el de la protagonista de la película y creo que entré en trance por unos minutos.

No sabía que había tenido un orgasmo, el primero de mi vida. No sabía que había triunfado.

Después del incidente, como “típica chapina”, comencé a sentir un poco de culpa. Sin embargo, la práctica se repetía cada vez que me quedaba sola, con ayuda de la tele o mi imaginación.

Aunque no se lo conté a nadie (habrían pensado que era una enferma, una puta o una puta enferma), pero poco a poco descubrí que era una herramienta para conocer mi cuerpo y mi mente. Con los años también supe que es un gran foreplay para compartir con tu pareja. Pero esa será otra historia.

Quizá la de la próxima vez.

 

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