Era rosa y se llamaba Honey Bunny

Contrario a los juegos sexuales, que suelen parecerme muy estimulantes, cuando se trata de juguetes (dildos o vibradores) siempre he tenido sentimientos encontrados.

Digo, agradezco su función (la alabo), pero obvio nunca van a poder sustituir una caricia, una mordida, el olor de tu amante o sus gemidos.

O tal vez lo que me molesta es que cada vez son más parecidos a una máquina. Me refiero a que quiero sentir un pene y no que estoy montando una bicicleta estacionaria.

Dicho esto, Juani ha sido uno de los tipos más creativos con los que he salido. En cierta ocasión, estábamos tendidos en la cama, cuando anunció que me tenía un regalo. No era raro, hasta que rompí el papel y en el interior descubrí un pene de silicón, con textura y de unas seis pulgadas. Eso sí, color rosa pastel.

Estaba a punto de agradecerle el detalle (o preguntarle si era su forma de romper conmigo), cuando me dijo que se moría de ganas de verme estrenarlo. Fue realmente tierno, le puse un preservativo

(sí, ayuda a evitar infecciones rarillas)

y comencé a chupar.

Obvio sabía a latex y realmente no le encontré el chiste hasta que vi la cara de alucinado de Juani. Pronto él tomó el control y lo deslizó entre mis piernas. Pues sí, se sentía como un miembro, solo que más que duro era como gelatinoso, y este chico sabía cómo moverlo.

Quiero que lo usés y pensés en mí”,

pidió el inocente justo antes de provocarme un orgasmo.

Recuerdo que dejé a Honey Bunny (perdón, no pude pensar en un mejor nombre) en casa de Juani por algún tiempo antes de llevármelo a la mía. Cuando terminamos, y a diferencia del disco de Green Day, no me pidió que se lo devolviera.

Supongo que esa es la mejor prueba de que de una relación no siempre se sale con más pérdidas que ganancias. Yo por ejemplo, salí con un dildo que al verlo no me provocaba espanto.

 

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