Pastillas de evasión

Doctor, vengo a que me recete un frasco de evasión. Si Joaquín Sabina tiene sus Pastillas para no soñar, yo quiero las mías, y de evasión. No es excusa, no me malinterprete, no es que no quiera vivir. Simplemente quiero un suavizante para esta mancha que llamamos realidad. La vida se ha convertido en esa película en la que Jack Nicholson narra un partido imaginario de béisbol frente a un televisor apagado. La vida parece eso: entre el acoso bancario y gente malapaga, la existencia ha dejado de ser miel sobre hojuelas durante mis últimos 30 años. Permítame insistir.

Y permítame, no es que no lo deje hablar, solo quiero justificar la prescripción. Eso de ser cínico es fácil, pero cansa; en verdad os digo, cansa. Usted sabrá si miento; en el fondo, no pido nada irreal. Quiero ser como la presentadora de televisión que se ríe por cualquier ridiculez: quiero reírme con ella y no de ella. Quiero irme a la cama cantando Tomorrow como Annie; quiero despertar con el dulce trinar de avecillas campestres y no con la llamada del banco para recordarme que soy el candidato ideal para una tarjeta de crédito.
Hagamos un silogismo: si la vida va a continuar, y si la vida es inevitable, entonces necesitamos ayuda de vez en cuando. No pido una estrella de poder, pido un hongo de fuerza, como los de Mario Bros. Y por eso quiero mis pastillas de evasión. Nada más. Vea que hay gente que supura evasión y yo no puedo, así que pido ayuda.

Tengo la total certeza, como bien dice Internet, que la gente bonita y con comodidades percibe el mundo más amable de lo que en realidad es. Bien por ellos (aunque una dosis de realidad no les caería mal): son como esa gente que dice que si hay pobres, es porque quieren. Entonces, así como ellos viven su mentira, yo quiero vivir la mía y que se parezca a la de ellos. Pero insisto, unas pastillitas para evadir no están mal. Y no lo digo por mí, lo digo por los demás. Es que me preocupa el después. Primero jugamos con el sarcasmo, lo explotamos en nuestra primera juventud. Después, la realidad nos lleva al cinismo. Pero luego, el cinismo llama a su hermana la crueldad y nadie tiene por qué sudar mis problemas. Es decir, no me quiero volver a reír de las viejecitas que se tropiezan y caen en la calle (está bien, sí, lo dije y sin contrición).

Repasemos, ¿puedo seguir aguantando? Sí. ¿Quiero seguir aguantando? No. Esta prueba de resistencia ya duró mucho, y como sé que no terminará, sé que me ayudarán las pastillas que le pido.

Entonces el dentista dijo: “Joven, déjeme decirle: el óxido nitroso lo vuelve parlanchín a usted”.

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