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El "Arte seguro" vende y calla
Las galerías huelen a pintura nueva y a miedo antiguo. Es el aroma del "Arte seguro", una epidemia que convierte salas de exposición en salas de espera para decorar entradas de bancos. No es una tendencia, es una capitulación. Un pacto tácito entre curadores, galeristas y compradores para privilegiar la forma vacía sobre el contenido incómodo –no dirías eso si vendierás obra– me dijeron una vez… y respondo lo mismo que entonces…. no lo sé, mi cinismo no tiene esa altura. Abstracciones geométricas que no abstraen nada, paisajes que eluden todo conflicto territorial, bodegones de alimentos que ocultan la podredumbre. Es la estética del lavado, no solo de dinero, sino de conciencia, o ese es el mito-... el arte actual es para lavar activos.
La escena local suplica por la mirada extranjera, anhela un visto bueno que la libere de la obligación de entenderse a sí misma. No tengo respuestas, solo preguntas. Acaso es cierto que los curadores nuevos importan consignas foráneas sin el bagaje crítico para traducirlas, ¿es cierto que importan lo visual y que no dice nada en ningún idioma? Es un juego de espejos donde la región refleja solo un vacío pulcro y exportable. La historia del arte propia se ignora, se sepulta bajo lo que "funciona" en Nueva York o París, convirtiendo la creación en un servicio de maquila cultural. Ahora lo que se mueve son las pinturas grandes… me dijo otra curadora. De nuevo, es forma sobre substancia.
La frase "esto no se vende" es el latigazo que mantiene la disciplina, acá se busca arte seguro. "Esto es ilegal" es la otra, eso me dijo otro curador al ver mis piezas. El mecanismo no prohíbe, simplemente excluye. Niega oxígeno a cualquier obra que pretenda ser un espejo, denuncia o necesidad de comunicación antes que un adorno. El desnudo no provoca si es solo un estudio de luces; el retrato no importa si es un ejercicio de técnica. El arte se castra, se le exige que sea un objeto de lujo, nunca un arma de reflexión masiva que al final es lo que trasciende el tiempo. El comprador, ignorante o cómplice, prefiere el pato inflable de fibra de vidrio antes que un testimonio incómodo de su tiempo, o es lo que parece, tampoco pretendo escribir en piedra lo que entiendo del arte actual.
Una sociedad que consume "Arte seguro" firma su propia acta de desmemoria. Elige la composición geométrica sobre la manifestación, el paisaje idílico sobre la pluriculturalidad conflictuada de cualquiera de nuestros destinos turísticos. Este vacío deliberado no es inocuo; es un registro histórico de silencio. Dentro de 100 años, estas obras no dirán cómo pensábamos, qué temíamos o por qué luchábamos. Dirán que preferimos no decir nada. El mito del lavado de dinero se cumple: no solo se blanquean capitales, se blanquea la realidad hasta dejarle un color inofensivo y apetecible para la señora católica que se le debe complacer en la bienal de arte.
El arte que merece la pena no es una cuestión de técnica, sino de confrontación. Un bodegón debe pudrirse ante los ojos del espectador, un paisaje debe gritar las historias de su tierra. La grulla de origami o el carrusel son solo formas huecas sin un significante que las habite, y si la grulla de origami está sobre una grulla que pretende emular una real con sus plumas, o si el carrusel lleva niñas con chalecos antibala. La verdadera obra permite vernos, con toda nuestra fealdad y nuestra belleza. Rechazar el "Arte seguro" no es despecho por no vender mis piezas; es un acto de fe en que el arte debe ser un espejo, aunque al mirarnos nos avergüence lo que vemos.
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