Eduardo Villalobos

El tiempo

Lo único que sé de cierto es que tenemos su registro, que retenemos sus huellas en nosotros o a nosotros en sus huellas. Que tenemos una memoria construida con violencia o con afanes dulces. Que alguna vez colgamos un recuerdo en una tarde y nos dimos prisa para llegar pronto por primera vez a la noche.  Que algo en nuestro corazón nos dijo que nos diéramos prisa, pero nosotros excavamos lánguidamente las cicatrices de un árbol. Que algo en nuestro corazón nos dijo que fuéramos cautos, y aun así nos estalló en el alba el desengaño con toda su amargura y su inesperada indolencia.

Que tenemos libros que hemos amado desde entonces. Vertiginosas ciudades de palabras, verdaderas urbes de latidos, prodigiosas arquitecturas donde siempre hubo amantes más apasionados, héroes más serenos, suicidas más tiernos. Que siempre prestamos los libros más amados y jamás nos los devolvieron. Que alguna vez intentamos leer en un parque y nos venció el ruido del viento entre el follaje, la breve articulación de los pájaros, la lluvia naciendo, las parejas besándose por vez primera.

Que hemos tenido canciones para todos los bosques, para todos los ritos. Las hemos repetido tanto que se nos quedaron en las uñas y en los dientes. Son nuestras mientras las aullamos. Son en la huida, tanto como nosotros somos mientras caemos. 

Que hemos llorado en un cine mientras el mundo ardía o los amantes se separaban o un barco cruzaba el océano o una nave llegaba a impenetrables confines o un elefante retornaba a su quietud. Que en esa oscuridad buscamos una mano, el espléndido contacto de un muslo, la promesa de un encuentro acontecido en la carne. 

Que nos hemos guarecido de la lluvia debajo del vino. Que atesoramos imágenes que no compartiremos con nadie. Que olvidamos algunos sueños entre el fango y los recobramos un poco más tarde entre el aire. Que tuvimos miedo de la soledad y del destino. Que tenemos un rincón escondido con tesoros y vestigios. Que tenemos planes que jamás realizaremos. Que hemos oteado las nubes en pos de una frontera, de un barco que vuele, de un aeroplano sin alas. Que hemos buscado. Que, rabiosamente, afanosamente, hemos buscado. Que hemos por fin crecido.

Ah. Se me olvidaba. El tiempo no es un hilo. Tampoco una sinuosa e interminable autopista. Es un caracol que avanza mínimos tramos, de vez en cuando.

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