HISTORIA...

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En 2012, una mañana de sábado, un atleta de cuna humilde rompía los paradigmas, emocionaba a todo un país, por decirlo de una manera, porque nunca nadie es, ha sido, ni será moneda de oro para caerle bien a todos.

Llegó a un país del otro lado del charco e inscribió su nombre en letras de oro. Caminó con la personalidad necesaria, la técnica perfecta, la determinación al 100 para alcanzar el podio. Mordió la medalla, vio ondear la bandera, lloró. En ese momento, es seguro, recordó todas esas jornadas jodidas, esos entrenamientos, esas arduas faenas para perfeccionar su caminar.

Por fin había llegado esa tan ansiada medalla olímpica para Guatemala. No se la puso nadie de alcurnia, ni menos ese oscuro personaje de la élite social, al que quisieron regalarle la gloria, que en el deporte sí se tiene que ganar.

Aquellas glorias deportivas de Don Doroteo (Mateo) Flores, Teodoro Palacios, Carlos Ruiz, Jaime Viñals, cada una en su ámbito y con sus singularidades, se refrescaban con esta plata de Erick Barrondo en Londres, que hacía recordar a Julio Martínez, también en marcha, con su récord mundial en Alemania. En los planes de nadie, en especial de las élites recalcitrantes de este país, es muy probable, estaba este triunfo de cuna humilde.

Doce años después, esa sensación de inmensidad y de orgullo se repite en dos atletas más. Jean Pierre Brol y Adriana Ruano. Especialistas en el tiro. Verlos pelear y mantener la compostura en momentos de exigencia máxima y lograr medallas de bronce y oro, en París es satisfactorio. Lo llena a uno de orgullo. Esa sensación de felicidad se extiende, se contagia.

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