Un coscorrón de Dios
No le robes a tu abuelita

Un coscorrón de Dios

Este es uno de los relatos más oscuros que hemos tenido.
Faltaban dos días para que pagaran y no tenía dinero. Pero tenía el día libre y me había quedado solo en la casa, así que el Diablo me dijo al oído que me caerían bien un par de piedras de crack.
 
Como no tenía dinero revisé la repisa donde mi abuela guardaba su dinero y tas, que había dos billetes de a cien. Agarré uno, con el propósito de devolverlo antes que mi abuela se diera cuenta, y salí rumbo al punto, una tienda a la vuelta de mi casa donde vendían de todo menos comida. Me atravesé la calle y entré.
 
El homie que atendía el punto me conocía bien y de buena onda me permitía escoger las piedras más grandes.
 
Le di las gracias, pagué y salí de la tienda con tres piedras entre la bolsa. Lo malo es que apenas iba cruzando la calle cuando vi que venía un picop de la Policía. Y como bien dicen que hasta al mejor cocinero se le va un tomate entero, tontamente se me ocurrió pegar la carrera en vez de seguir caminando como si nada. Y digo tontamente, porque a los perros y a los policías no hay que correrles porque te siguen.
 
Ya en el callejón volteé a ver y cabal miré el picop parqueado y uno de los policías bajándose, así que aceleré más. Sabía que no me daría tiempo de llegar a mi casa, así que crucé en otro callejón y me metí a la tienda del señor donde compro el pan.
 
“¡Don Tavo, escóndame que me viene siguiendo la Policía!”, le dije.
 
El buen hombre no hizo preguntas y me dijo que pasara adelante. Entré, me quedé junto a la cocina y no pasó ni un minuto cuando escuché la voz de los policías preguntando por mí.
 
“No, acá no ha venido nadie”, dijo don Tavo.
 
Los tirás no sonaban muy convencidos, pero se fueron.
 
“No vaya a salir todavía, usted, por ahí andan. Yo le aviso”, me dijo el don en voz baja.
 
Al cabo de quién sabe cuánto, porque en esos momentos el tiempo se estira como chicle bajo el sol, don Tavo me dijo que ya se habían ido los policías, que ya podía salir. Le pedí prestada una playera de otro color, por si acaso, regresé a mi casa con el corazón en la mano y con más ganas me fumé las piedras.
 
A lo mejor me pasó eso por andar agarrando dinero ajeno para drogarme, pero ni modo: un antojo es un antojo.
Última modificación Martes, 07 Noviembre 2023 14:25
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