Danilo Ramírez

Kobe, donde las luciérnagas aún parpadean


Antes de pisar Kobe yo ya miraba a Japón con los ojos del desastre. Acá el cine no explota por explotar: recuerda. Desde el rugido atómico de “Gojira” (1954), inspirada en el miedo nuclear, hasta la radiografía burocrática de “Shin Godzilla” (2016), Japón convirtió la catástrofe en una gramática: silencios largos, planos que se quedan a vivir en la cara de la gente y una pregunta “¿cómo seguimos?”.

Las películas siguen dos caminos: lo íntimo y lo sistémico: en uno, películas que se arriman a la cocina y al futón para mostrar la guerra o el sismo a escala humana: “La tumba de las luciérnagas” (1988) quemando la infancia sin grandilocuencias; “Black Rain” (1989) siguiendo la vida después de la radiación; “In This Corner of the World” (2016) mirando Hiroshima con lápiz suave y uñas cortas. En el otro, obras que desnudan al Estado y a la ciudad cuando tiemblan: “Japan Sinks” (sus múltiples encarnaciones) imaginando un país que se hunde; “Tokyo Magnitude 8.0” (2009) ensayando el pánico urbano; “Fukushima 50” y “The Days” haciendo foco en quienes contuvieron lo que se podía contener; “Suzume” (2022) cerrando puertas para que no se cuele otra vez lo irreversible. Todo ese archivo comparte un tono: menos pirotecnia, más memoria en trámite. Estas películas y miniseries pueden verse en Youtube e incluso en plataformas de streaming.


Con este mapa en la cabeza, La tumba de las luciérnagas se vuelve brújula. No es nostalgia; es ética. Isao Takahata retrató Kobe desde abajo, a ras de arroz racionado y barro en los zapatos, como si los lápices pidieran permiso para entrar a una casa herida. Con esa forma de mirar caminé la ciudad.

Kobe no grita; vibra. Me bajé del tren con la prisa de alguien que no conoce y la ciudad me pidió lo contrario: bajar el pulso, abrir los oídos, escuchar. Tenía marcados algunos puntos que dialogan con la película y con la memoria local. Fui primero a Mikage Kōkaidō, una sala pública de fachada sobria frente al Ishiyagawa. En el parque, una estatua ancla la ficción en el barrio; la película la roza y después te deja a solas con el río. Me senté sin apuro, apoyé la mano en la baranda fría, respiré. No buscaba “spots instagrameables”, buscaba ver si el lugar todavía hablaba. Habla: el agua baja con esa calma tramposa de los ríos que han visto demasiado y, si te quedás quieto, el murmullo te cuenta la ciudad mejor que cualquier folleto.

Seguí a pie río abajo. El Ishiyagawa se vuelve un metrónomo: paso, rumor, paso, rumor. En el borde, familias con niños que trepan a los juegos, estudiantes que pedalean, un señor mayor que parece que camina sin rumbo, se repiten los gestos todos los días. Pienso en Takahata filmando sin subrayar, dejando que la vida cotidiana cargue la historia. Kobe funciona igual: te suelta escenas mínimas y vos hacés el montaje con lo que sabés.



Caminé el parque Ishiyagawa Incluso fuera de temporada, el corredor ribereño te clava un silencio bonito y hueco. Las ramas forman un túnel, el río respira debajo, y el piso —esas piedritas que se meten en el zapato— te recuerda que para llegar a ciertos lugares hay que caminar sin urgencia. En primavera esto se vuelve autopista de pétalos; yo lo encontré desnudo y me gustó así, sin maquillaje rosa. Pensé en Seita y Setsuko jugando a armar un refugio con lo poco que queda.

Si cerrás los ojos se filtran otros años, los de 1945. Acá la memoria no es un museo encerrado; es un temperamento. Kobe “murió dos veces”: primero en los bombardeos de la guerra, luego en el terremoto de 1995. Lo sabés aunque nadie te lo explique porque la ciudad lo cuenta en su manera de caminar: muelles reconstruidos, puentes que aprendieron a moverse sin romperse, barrios que llaman “antes” y “después” a dos realidades distintas.

Esa doble herida ordena la visita. La película, con su austeridad cruel, enseña a mirar los pliegues: las salas públicas que aguardan, los ríos como refugio, las casas que parecen respirar de costado. Por eso quise perder tiempo a propósito. Apagué el modo turista. Leí en el teléfono dos líneas de Nosaka, volví a guardarlo, dejé que la brisa trabajara. A ratos sonaba un tren. A ratos una campana. El resto era agua. El resto eran pasos.



Caminar por sus playas de arena blanca, es recordar muchas escenas ambivalentes, felicidad al verlos juntos jugar en el agua, pero la tristeza saber que están pasando lo peor de la guerra. Caminar por esa tierra, descalzo es como intentar reconstruir la historia a través de sensaciones.

Hay ciudades que te piden foto; Kobe te pide presencia. La tentación es explicarla con cifras, con fechas, con la línea exacta donde el fuego dobló la esquina o la falla se abrió bajo el asfalto. Y está bien saberlo. Pero lo que queda, al menos lo que me quedó, fue otra cosa: el gesto de sentarse, el tiempo que se dilata, ese rumor del agua que empuja a mirar sin filtro. En la noche, cuando apagan los altavoces del barrio y cierran los puestos, el río respira hondo y las luces hacen lo suyo: se encienden y se apagan como luciérnagas urbanas. No parpadean para deslumbrar a nadie; parpadean porque siguen aquí.


Kobe me habló bajito y entendí que el truco es dejar que el lugar te edite. No vine a coleccionar locaciones ni a cazar escenas: vine a oír. La tumba de las luciérnagas ya no es sólo una película que me hace un nudo: después de caminar estos ríos, se volvió una forma de estar. Si mirás bien, si te quedás lo suficiente, la ciudad te enseña lo mismo que el cine japonés cuando filma lo que duele: que la memoria no se declama, se habita. Y entonces, en medio de tanto pasado, algo pequeño vuelve a encenderse. Una, dos, tres veces. Como si las luciérnagas todavía supieran el camino.

(5 Votos)

Deja un comentario

Asegúrate de ingresar todos los campos marcados con un asterisco (*). No se permite el ingreso de HTML.

  1. Lo más comentado
  2. Tendencias

De mi otro yo

0

Por San Pedro de Compostela

Horóscopo (18/2-4/03): Bestias de terrap…

Francis Drake Bestias de terraplanismo digital: Therians, cortina de humo y el cielo que baila | Francis Drake

Por Francis Drake

El J-pop y su expansión global: del city…

Diferencia entre J-pop y K-pop, AKB48 sistema idol, Kyary Pamyu Pamyu Harajuku, YOASOBI openings anime, city pop nostalgia.

Por Danilo Ramírez

Voracidad y Piel: dos poemas de Rubén Fl…

poesía de denuncia política, poema erótico latinoamericano, crítica a jueces y netcenter, cuerpo femenino en la poesía, inquisición siglo XXI.

Por Rubén Flores

Tarde, pues

Tarde, pues: Therians, la mordida en Montevideo y los verdaderos animales en San José Pinula

Por Eddy Roma

next
prev