El terror corporal de Clayface desgarra la vanidad de Gotham 

Un villano B, poco presupuesto y un actor principal casi desconocido… y pese a ello… Clayface se entroniza como un villano ad hoc del Panteón Batman. A la misma altura de Joker y El Pingüino. Acá vemos triunfar la transformación de Matt Hagen (Tom Rhys Harries), nos incomoda, nos obliga a empatizar y justificar la monstruosidad ¿acaso haríamos algo diferente? Al retratar el descenso a la locura de un hombre frágil aterrorizado por volver al fondo de una industria superficial y desechable, DC demuestra una madurez narrativa multidimensional que aplasta la fórmula unidimensional de Marvel. Este acierto temático, coronado por un terror corporal visceral e inédito en el género superheroico —como la repulsiva automutilación de los párpados… me retorcí en el cine—, logra sostener la obra a pesar de padecer un guión mejorable aunque funcional, subtramas desaprovechadas y una edición esquizofrénica.

Clayface entró a la cartelera con un presupuesto raquítico que recordaba la austeridad inicial de El Pingüino en el universo concebido por Matt Reeves. Lejos de las epopeyas espaciales, la cinta arrastra al mito hacia el fango del horror físico y la ciencia ficción cruda. Tom Rhys Harries encarna al protagonista con la precisión de una tijera oxidada. Su mirada proyecta a un individuo problemático pero altamente autoreprimido que no sabe que oculta sus verdaderas intenciones. En la historia, Matt emerge de un estrato proletario de la Coast City (AKA Los Angeles), escala hasta rozar la estatuilla de la Academia y, repentinamente, se enfrenta al pavor de perderlo todo… por meterse con la mujer del prójimo. El metraje entiende que la inestabilidad emocional, combinada con el miedo al fracaso en una maquinaria que traga y escupe talento, es el detonante perfecto para la locura.

El precio de la vanidad

La urbe retratada aquí no es un mero telón de fondo, sino un ente carnívoro. Hagen sale de Coast City para terminar masticado por las fauces de la siempre oscura y lluviosa Gótica. El detonante de su caída se ancla en la mundanidad ¿Y cómo juzgarlo?: seducción, sexo y el recordatorio letal de que la mujer en su cama pertenece a un capo de la mafia. La desfiguración explícita que sufre como castigo es el preludio de una autodestrucción más profunda. Ahora es el turno de entrar a escena de Caitlyn Corr, interpretada por Naomi Ackie. Una científica con un estudio revolucionario, despojada de su presupuesto, que cruza su camino con un actor desesperado por recuperar su rostro. La dirección acierta al no forzar escenas de alcoba entre ellos; la tensión sexual latente resulta funcional pero asfixiante, alcanzando un clímax perturbador en la secuencia donde la investigadora monitorea sus sueños. Si la ves, sabrás a qué escena me refiero…

El viaje hacia el abismo sufre turbulencias técnicas. El montaje arranca con una aceleración que marea, para luego frenar en seco hacia la mitad de la historia, dejando la sensación innegable de un segundo corte impuesto desde las oficinas del estudio, parece una película rehecha, pero aún así, funciona.

La multidimensión del abismo

A pesar de las fracturas estructurales, la obra se eleva gracias a secuencias que taladran la retina. El instante transcurrido en el diminuto baño de un avión comercial redefine la repulsión. Ver a Hagen empujándose la piel del rostro para luego extirparse los párpados con unas tijeras a fin de mantener la visión, provoca un asco paralizante. Es una experiencia visceral que evoca la incomodidad sádica de La naranja mecánica, es revivir la escena de Alex en el universo de Kubrick. La franquicia se atreve a incomodar y logra que el público se retuerza en la butaca.

El diseño de producción recurre a la inteligencia visual para ocultar carencias. El nacimiento del antagonista ocurre bajo lluvia nocturna y luz tenue, decisión que disimula el renderizado digital y maximiza el tono lúgubre. Al final, la sustancia inyectada no crea al monstruo; simplemente derriba las compuertas de una violencia que ya burbujeaba dentro.

Nos identificamos con la escoria porque reconocemos que cualquier individuo, empujado al límite de su aniquilación, es capaz de cometer actos atroces. El miedo provocado por esta entrega no reside en el barro mutante, sino en la perturbadora certeza de que la monstruosidad en pantalla es un reflejo exacto de la miseria que todos llevamos dormida.

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