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El Rey y yo
El Rey y yo: Elvis según Baz Luhrmann, el vinilo de El Búho y la canción que faltó |
Pasaba por El Búho, en zona 1, cuando encontré un vinilo de Elvis On Stage. Un amigo que tenía tocadiscos tuvo la gentileza de pasarlo a cassette y en su casa lo escuché por primera vez. El disco estaba hermoso, intacto. Aún lo conservo. No es solo un objeto: es una puerta.
Elvis Presley ha sido, quizás, la personalidad que más me ha impactado en lo personal, después de Sam Peckinpah. Ambos, cada uno a su modo, fueron figuras desbordadas por su propio mito.
Cuando supe que Baz Luhrmann dirigiría una biopic sobre Elvis, sentí una expectativa genuina. Sigo creyendo que Austin Butler fue la mejor elección posible para encarnarlo. Luhrmann no se limitó a narrar una vida: construyó una experiencia sensorial en Elvis. Más tarde editó el documental EPiC: Elvis Presley in Concert, una prolongación de ese impulso.
EPiC ofrece una crónica de las razones que llevaron a Elvis a presentarse en el Hotel International de Las Vegas y recuerda también los proyectos que no llegaron a concretarse: la ambición de filmar una película verdaderamente importante, el deseo de presentarse en Nueva York, en Europa, en Asia. Hay en el documental una sombra constante de lo que pudo haber sido.
La estética de Luhrmann es idónea para abordar a El Rey. La propuesta visual, la edición y el diseño sonoro son casi impecables. Hay dinamismo, hay ritmo, hay amor evidente por su carrera. Secuencias como “Polk Salad Annie”, donde se entrelazan ensayos y presentación en vivo, o “Burning Love”, están resueltas con una energía vibrante. En varios momentos el montaje logra algo esencial: hacernos sentir dentro del escenario, no sentados en una butaca.
El documental cumple además una función necesaria: abrir la puerta a nuevas generaciones. Logra que el acercamiento a Elvis sea actual y accesible, algo complejo en una era que devora referentes con rapidez. Nos sitúa en un tiempo que se siente lejano —porque lo es— y, sin embargo, consigue tender un puente.
Aun así, considero que el proyecto tiene ciertas falencias. Un documental que se titula EPiC debería aspirar a ser, precisamente, una experiencia irrepetible. Si bien los números musicales están finamente editados, me parece un desacierto dedicar tanto espacio al contexto. La biopic ya nos explicó por qué Elvis terminó en Las Vegas; quienes llegamos a este documental, en buena medida, ya lo sabemos. Una contextualización más breve habría sido suficiente.
También me invadió una tristeza particular: no aparece mi canción favorita de Elvis, I Just Can't Help Believing. Esa interpretación —tan contenida y al mismo tiempo tan vulnerable— siempre me ha parecido una de las cumbres emocionales de su etapa en vivo. Su ausencia se siente como un vacío íntimo, casi como si faltara una pieza esencial del retrato.
Me quedé con ganas de ver destellos del ’68 Comeback Special, escenas de Hawái, momentos que dialogaran con otras cumbres de su carrera. Anhelé un montaje que emulara la intensidad de Elvis on Tour, que para mí sigue siendo el mejor documental sobre él. Este nuevo trabajo tenía el potencial de ser verdaderamente épico.
Y, sin embargo, no deja de ser maravilloso que sigan existiendo estos productos que mantienen vivos a nuestros ídolos. Porque más allá de cualquier fallo estructural, lo esencial permanece: la voz, el cuerpo, el mito.
Y en lo personal, siempre habrá un Elvis que no depende de ninguna pantalla: el del vinilo encontrado por azar en una librería del centro, el que escuché por primera vez en un cassette prestado. Ese Elvis —el mío— es irrepetible.
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