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Roxana Oshiro, puente entre Japón y su comunidad latina
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Llegó a Japón en 1991, le tocó el sismo de Kobe en 1995 y ahí entendió que la mayor vulnerabilidad de los latinos no era solo el temblor, era el idioma. Desde entonces, tres décadas atrás, organiza, traduce y baja la información a tierra para una comunidad de casi 290 mil latinoamericanos que hoy viven, trabajan y crían en Japón.
En Japón hay sirenas, simulacros y rutas de evacuación. Pero para quien no domina el japonés, todo eso puede sonar a ruido. A Roxana Oshiro le pasó así en 1995: el terremoto de Hanshin-Awaji la agarró en Kobe, con miedo de que viniera un tsunami, sin poder preguntar bien, sin saber si tenía derecho a estar en el refugio. “Mi mayor problema frente a un desastre fue el idioma”, dice. Esa frase se volvió su agenda.
Roxana Oshiro llegó desde Lima en 1991, como muchas familias nikkei que en los noventa aprovecharon los visados para descendientes de japoneses. Cuatro años después, el sismo de Kobe le partió la semana y el plan. No era solo el movimiento, era la incertidumbre de estar en un país ajeno: “No sabía si estaba bien quedarnos en el refugio; no nos podíamos comunicar bien”. Durmió dos semanas en una camioneta porque le daba miedo entrar al edificio escolar donde estaban alojados: pensaba que la estructura podría colapsar en una réplica. Le dolía una cosa más: no saber a quién llamar ni qué información creer.
Ese quiebre la empujó a lo que lleva haciendo 30 años: construir un puente entre la emergencia japonesa y las familias latinoamericanas. Actualmente dirige la Hyogo Latin Community desde Kobe. En este lugar da orientación en español y portugués, acompañamiento escolar, talleres de convivencia, traducción de avisos de gobierno, contactos con municipalidades, colaboración con iglesias y centros comunitarios. Todo lo que le faltó en 1995, lo produce ahora para otros. “Abrimos puertas para que nadie quede fuera del mensaje cuando tiembla, llueve o cambia una norma”, resume.
Su otro frente es la radio. Desde la comunitaria FM YY y otros espacios de Kansai, Roxana conduce programas en español donde explica lo que está pasando, trae especialistas y, sobre todo, desmonta rumores. Le tocó hacerlo tras el 11 de marzo de 2011, cuando el desastre de Tōhoku y Fukushima desató una ola de información en castellano que no siempre coincidía con lo que decían las autoridades japonesas. “La información no llegaba en nuestros idiomas; por eso abrimos el micrófono y trajimos a quienes podían explicar”. No era un programa para entretener: era para bajar la ansiedad de padres, abuelos y jóvenes que no sabían si irse, quedarse o mandar a sus hijos a la escuela.
Comunidad latina
Este trabajo tiene un contexto que hay que decir: en Japón viven alrededor de 290 mil latinoamericanos (según la Agencia de Servicios de Inmigración de Japón con datos del 2024). El bloque más grande es Brasil (211,907), luego Perú (49,247) y más atrás México (3,702). No son turistas: son familias que llevan 20 o 30 años en fábricas, puertos, escuelas de los hijos, trámites de residencia. Es para esa gente que Roxana escribe, habla y arma talleres: para que una alerta de lluvia, una campaña de salud o un cambio en migración no se pierdan “porque estaba solo en japonés”.
Su ecosistema se completa con la revista y programa Latin-a, que circula gratis en Hyogo, Osaka y alrededores. Ahí, entre avisos de trabajo, actividades culturales y notas sobre crianza, entran los temas duros: cómo separar la basura, qué pasa si no la separamos, cómo ir a un albergue, por qué no hay que dormir demasiado tiempo en el carro después de un desastre, a cuál número llamar si se perdió un documento. “Lo importante es transformar la información en costumbre: saber a dónde ir, a quién llamar y qué llevar”.
Roxana también ha trabajado en la formación con la Agencia de Cooperación Internacional del Japón JICA. En 2024 y 2025 impartió charlas a profesores y becarios de JICA Kansai sobre comunidad latina, acceso a información y preparación ante desastres; además, codirige un proyecto de prevención de riesgos en el distrito de Mi Perú (Callao) impulsado junto a FM YY y financiado por JICA, que traslada lecciones de Kobe a espacios barriales latinoamericanos.
Treinta años después del gran sismo de Kobe, su legado está en lo que no pasa: en la familia que sí entendió un aviso, en quien llegó al albergue correcto, en la trabajadora que renovó su estatus a tiempo. No hay monumento con su nombre, y no hace falta. En un país que recuerda desastres sin levantar la voz, voces como la suya afinan el oído común para lo que importa: “que la próxima alarma nos encuentre informados y juntos”, concluyó.

Roxana Oshiro tiene 30 años de servir a la comunidad latina en Japón.

Delegación latinoamericana becada por JICA en 2025, en la Iglesia/Centro de Takatori, Kobe, junto a Roxana Oshiro (al centro), espacio que nació tras el terremoto de 1995 como punto de apoyo a migrantes.

Equipo de la revista comunitaria Latin-a en Kobe, con Roxana Oshiro al frente, preparando el envío de ejemplares con información en español para residentes latinoamericanos en Japón.
Kobe, enero de 1995. Roxana y su esposo duermen fuera de casa tras el gran terremoto: el miedo a las réplicas y la falta de información en español marcaron el inicio de su trabajo comunitario.
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