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El Japón que conocí: entre la memoria y las fotos
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Llegué a Osaka una mañana que para mi cuerpo todavía era noche. Venía desde Guatemala, con escalas largas y ese miedo que uno no confiesa en migración, era mi primera salida del país. Japón se me presentó ordenado, silencioso y tremendamente eficiente.

Japón se abría ante mí como una página en blanco escrita en otro idioma. Desde el aeropuerto, todo era ordenado, preciso, casi silencioso. El bus hacia Kobe, en Hyogo, observaba las montañas, los techos curvos y los carteles con caracteres que no comprendía, y pensaba en lo mucho que desconocemos de esta cultura.

Kobe fue mi primer territorio. Desde ahí me moví, y empecé el viaje, fue ahí donde me di cuenta que estaba en Japón, ese país de donde vienen la mayoría de cosas que me gustan. Fui al concierto de mi grupo favorito, Atarashii Gakko!, me perdí en Tokyo, fui a una función de lucha libre, conocí colegas bomberos, entré a templos muy antiguos, así fue mi visita.

Japón es un lugar complicado, no solo me refiero a su idioma, es difícil comprenderlo, su política, su economía, su colectivismo, lejos de romantizar su cultura o su situación, este es un relato muy personal desde mi ojo de periodista y fotógrafo documental que intento hacer.

El turismo de instagram, me estaba enviando por algunos lugares, que al final no fui. Creo que busqué el Japón que tiene menos vistas. Mi sede fue la ciudad de Kobe, en la prefectura de Hyogo, muy cerca de Osaka. Kobe es una ciudad que aprendió a levantarse dos veces. Primero, bajo las bombas incendiarias de 1945, medio siglo después, el 17 de enero de 1995, el gran sismo Hanshin-Awaji mató a más de 6,000 personas y tumbó autopistas como si fueran de juguete. Esa suma de ruina y reconstrucción quedó depositada en museos, placas y rituales cívicos que no dejan olvidar.
Siempre pensé que para conocer un lugar siempre tenés que caminar, y así lo hice: con mis audifonos cargadas de Jpop, emprendí largas caminatas pero también me tomé el tiempo para escuchar Japón, porque el país tiene muchos sonidos peculiares, desde los semáforos que te indican cómo pasar con beeps o con cantos de pájaros, los cuervos que se posan en los árboles, los voces de las tiendas o de los trenes, todo eso se te queda pegado en la cabeza. 
Los lugares con historia
Y así llegué a Hiroshima, un destino casi obligatorio para cualquier turista. No importa cuántas veces hayas visto fotos: estar frente al Domo de la Bomba Atómica es otra cosa. El aire es más pesado. Los escolares llegan en fila, con el uniforme perfecto, y entran al Museo Memorial de la Paz como quien entra a una clase más.

Ahí vi objetos quemados, relojes detenidos, bicicletas retorcidas. Nadie levanta la voz, no hay morbo. Hay una pedagogía del dolor. Pensé en Guatemala, donde todavía discutimos si recordar o no cierta violencia. En Hiroshima la discusión ya se resolvió: se recuerda.

Este año el museo superó por primera vez los dos millones de visitantes, con un tercio de extranjeros; los picos llegaron tras el impulso del G7 y el Nobel de la paz otorgado a la confederación de hibakusha en 2024. No es turismo oscuro: es educación cívica a escala global.

Entre los viajes internos que pude hacer, hay uno que me llevó al norte de Japón, la costa de Miyagi me llevó a un contenido distinto: menos postal, más cicatriz. Con la cámara, libreta en mano logré visitar muchas ciudades como Kesennuma, ahí vi instalaciones, escuelas y espacios que hoy funcionan como recordatorio vivo del tsunami de 2011. No te cuentan una estadística: te cuentan el día exacto, la hora exacta, el nivel del agua. Japón tiene una particular forma de recordar sus desastres: resguardan los lugares para mantenerlo en el imaginario de la gente. Uno a veces sale llorando de esos lugares, porque pese a todo, seguimos siendo humanos.

De ahí pasé a Ishinomaki, específicamente a Ogatsu, donde conocí a Rie Tokumizu. Es quizá una de las historias más fuertes que traigo. Rie perdió a parte de su familia en el tsunami. Pudo haberse ido. En lugar de eso regresó al terreno vacío donde estaba su casa… y sembró rosas. Así nació el Ogatsu Rose Factory Garden.

Lo que empezó como un gesto íntimo ahora es un jardín donde llegan vecinos, voluntarios, estudiantes, gente de fuera. Rie recibe a todos y cuenta su historia sin dureza, sin dramatismo impostado. “Plantar fue mi forma de no olvidar”, me dijo. Ahí entendí que en Japón la memoria también florece.
El turismo y los extranjeros
Entre conciertos, muchas caminatas, llegué a la gran ciudad de Tokyo, un lugar que solo pude conocer de noche. Las maids, los distritos tecnológicos, las luces y el cruce de Shibuya, era todo lo que me había imaginado salvo por una cosa: está repleto de turistas. Es un lugar de moda y el boom es real: Japón rompió su récord anual con más de 36 millones de visitantes en 2024 y en la primera mitad de 2025 ya llevaba 21.5 millones, empujado por un yen débil y por la Expo de Osaka. Con el brillo llegó también el debate sobre “sobreturismo”, por ejemplo en Kyoto, una de las ciudades más hermosas del país, restringió el acceso a callejones privados en Gion para proteger a Maiko y vecindarios, y Shibuya ha endurecido medidas en Halloween. La postal se sostiene con regulación, no con magia.

Estando ahí, pude ver dos manifestaciones en contra de la inmigración, una en Osaka y la otra en Kobe, como era de esperarse muy ordenadas y sin violencia. Se acercan muchos cambios para los extranjeros en el país, es un tema que está en el aire. El dato frío para entender el clima: a junio de 2025 las personas extranjeras con residencia legal eran 3.21% de la población, máximo histórico y en alza; al mismo tiempo, el gobierno central creó una oficina para “apoyar” y “gestionar” asuntos de residentes extranjeros que encendió críticas por sus ecos xenófobos. La discusión seguirá con otra música política, Sanae Takaichi, asumió como primera ministra tras las elecciones de octubre, es la primera mujer en ocupar ese cargo y lejos de ser un triunfo feminista es una ganancia para los más conservadores que se oponen a que los extranjeros se establezcan, el tema está sobre la mesa y parece que habrán cambios.

Templos, tecnología, comida, Japón tiene muchas cosas que ofrecer. Tener un conocimiento previo sobre la cultura puede ayudar. Es un país que estuvo apartado por mucho tiempo y con una historia muy bélica, hoy ofrece cultura kawaii y muchos detalles imposibles de ver en un solo viaje.
El tiempo pasó y era hora de volver. Volví cargado de muchos momentos emotivos, con muchas fotos en la cámara y en el teléfono y con muchos datos sobre ese país que siempre me había atraído desde pequeño. No busqué lugares instagrameables, busqué más momentos para mi, con muchas lágrimas y con nuevos amigos.
Mi viaje no fue periodístico ni turístico, pero así lo convertí en mis tiempos libres: uno no deja de ser contador de historias.
Crónica 1 de Japón, en este enlace.
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