Eduardo Villalobos

Los pedazos rotos

Uno se acerca a un trozo del tiempo,

como decir hoy duermo o hace calor o te extraño. Uno se acerca a esa sucesión extraña de pausas y reflejos, pero no sospecha siquiera de qué puede estar construida esa sustancia. ¿De qué están hechos los días? ¿Qué abandonamos en esa materia que se parece al sueño? ¿Es uno siempre el mismo? ¿Las renovaciones, los cambios, implican otros nacimientos? ¿Qué tanta muerte hay en la vida? ¿Es posible reconstruir un escombro?

Uno se ve a sí mismo y cuánto ha cambiado desde aquellos días. Piensa en sus miedos de entonces, en sus deseos de entonces, en sus ideas que rozaban la lucidez o el ridículo. Piensa en todo aquello que ha dejado. Piensa en lo que ahora acumula entre la sombra, entre el desasosiego. Uno no lo sabe, pero entre ese ser perdido en la luz y este de ahora se han erigido abismos, pero también irrefrenables puertas.

Uno se ve a sí mismo en otras tardes, un poco más delgado o más alto. Un poco más alegre o menos frío. Y esa imagen puede convertirse en el amor perdido, aderezado con rabia o con hambre, en la fe extraviada en la turbulencia y el desvelo, en los caminos que siempre extrañamos, en la fiereza de nuestras furias más tenaces.

Y uno piensa en uno mismo con cierta alegría y con cierta tristeza. Y uno no sabe ya qué es ser uno mismo. Todo por un pedazo del tiempo congelado sobre la mesa, por el aire de noviembre que ya no es tan frío como entonces. Uno ve la ventana y no ve el otro lado del espacio sino el de la vida. Y piensa y duda en qué lado está, verdaderamente.

Uno ya no es el mismo, definitivamente. Y sin embargo es el mismo. Se lo dicen el silencio tibio de la memoria y esos ojos, taciturnos o felices, que lo ven desde la mesa, desde el tiempo congelado sobre la mesa, hecho de papel y de cenizas.

Uno se pone pensativo. Y presiente y reniega y da manotazos adentro de sí mismo. Y todo por una fotografía que viene del pasado y le hace a uno aferrarse con todas sus fuerzas al presente. No vaya a ser que aquello que sospechamos entonces se nos haga tiempo o red o espejo. Suficiente hemos tenido. En la paz estamos luego de mucho esfuerzo, luego de destruir con paciencia y esmero esa imagen que ahora nos mira, como acusándonos.

 

 

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