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Tu hombre de familia es un monstruo impune: la poesía descarada en la intimidad del desastre
...
CONQUISTA…
La sumisión era tal que no lograba salir del oscuro encanto de sus recurrentes disculpas y pedidos de perdón.
Algunas veces, los dedos doloridos, otras, los brazos marcados por esos mismos dedos con los que pretendía dibujarla para tener intimidad.
Ojos colmados de lágrimas, de pronto un labio herido, piernas con hematomas, pero aun así, ella seguía.
Su vida se había transformado en un martirio del que nadie podía sacarla y en el cual él la hundía más.
Junto a los golpes físicos iban los psicológicos. Las amenazas eran letales para su tranquilidad. Eran contra sus hijos o contra ella.
La oscuridad era tal en ese encanto de su mirada y su apariencia de hombre de familia.
Él sonreía con perversión, se regodeaba de tenerla, de poseerla, de amarla, pero, sobre todo, de subyugarla.
El que él decía era el amor de su vida, estaba sometido. Su poca hombría debía alimentarla con esos tratos y esas constantes demostraciones de fuerza y tiranía.
El monstruo había surgido apenas unos meses después de conocerla y enamorarla. Ella se sentía única, adorada, deseada, feliz porque el más “chulito” del cuarto grado de bachillerato se había fijado en ella.
Esos celos que ella se felicitaba por conseguir de su hombre solo eran el asomo del misógino y ser intolerante que habitaba su esencia.
Ni las apariciones de la Policía atemorizaban al fulano. Después que la autoridad se iba y levantaba un informe, el grotesco ser, era peor.
Vociferaba y la retaba. Vete le decía, a ver cómo te va. Te encuentro bajo las piedras y con ellas te jodo.
Ella lloraba, sin una luz en su vida. Atormentada por ese hombre que no la amaba, que no la cuidaba, sino que la había convertido en un objeto para satisfacerlo.
Que la había conquistado para hacerla su esclava, como esos poderosos que pueden hacer cuanto desean sin castigo alguno.
-0-0-0-
INSENSATEZ…
La tormenta era pesada sobre su espalda. Caminaba por esa ruta extensa. No era el momento de ser frágil. Veía hacia el frente y se negaba a voltear.
Pensaba en sus decisiones. Así como hubo buenas, las hubo equivocadas. No se arrepentía, pero reflexionaba. Quizá habría alguna oportunidad para hacer un giro.
El viento fuerte no cesaba. La lluvia penetraba en su alma y saciaba su sed. Maleta en mano, y en ella, unas cuantas pertenencias, continuaba caminando por esa larga vena de asfalto.
Ni de ida ni de vuelta. No pasaba nadie más. Tenía determinación y confianza.
Su paso era firme, pero los kilómetros parecía que en lugar de reducirse se extendían.
No tenía idea de cuánto había avanzado, pero anochecía y la oscuridad era un lienzo cubriéndolo todo.
Era tan densa la negrura que parecía fundirse en ella, tocarla, saborearla.
Vio lo que aparentaba ser una piedra enorme; se sentó a un lado y recostó la espalda.
Cerró los ojos sin forzarlos. Y en ese silencio escuchaba su respiración tan intensa como esa soledad. El cansancio venció su ser y decidió dormir.
Lo que fuera a suceder sería por la mañana cuando el sol iracundo, poderoso y extenuante volviera a acariciar su piel.
La decisión estaba tomada. Detenerse era opción sólo para retomar fuerzas.
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