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Si se hace con gracia no es plagio

Si se hace con gracia no es plagio

Si se hace con gracia no es plagio: Walter González y la lección de René Villegas Lara | 

“Los buenos artistas copian, los grandes artistas roban”.

Pablo Picasso

Hay nombres que uno aprende a respetar mucho antes de conocer a la persona que los lleva. Durante años, para mí, el nombre de René Arturo Villegas Lara estuvo ligado casi exclusivamente al ámbito del derecho mercantil guatemalteco. Sus tres volúmenes sobre la materia son referencia obligada para estudiantes y profesionales, textos de consulta constante en las aulas y en los tribunales. Por eso, cuando supe hace algunos años que además era autor de obras literarias —de cuentos y narraciones— la noticia me sorprendió con cierta fascinación.

Confieso que durante mucho tiempo pensé que ya había fallecido. Su nombre resonaba con una suerte de solemnidad que suele acompañar a las figuras ya instaladas en la historia. Por eso, cuando hace un par de meses me enteré de la presentación de su nuevo libro, Cuentos de Chiquimulilla, y de que el propio autor estaría presente, sentí inmediatamente el deseo de asistir. 

La experiencia fue profundamente estimulante. Villegas Lara es un hombre que ha pasado ya de los 80 años, pero conserva una lucidez admirable. Habla con claridad, con humor y con una vitalidad que desmiente cualquier idea de retiro intelectual. Incluso habló de proyectos, de lecturas, de ideas aún por desarrollar. Hay algo profundamente motivador en encontrarse con un espíritu creativo que sigue en movimiento.

Uno de los momentos más interesantes de su intervención fue cuando se refirió al origen de algunas de sus historias. Contó, por ejemplo, la anécdota de un cementerio cuya autorización municipal tardó años en conseguirse. Cuando finalmente el permiso fue otorgado, resultó que el cementerio llevaba ya mucho tiempo funcionando sin la aprobación oficial. El absurdo de la situación era tan evidente que había terminado convirtiéndose en materia literaria.

Villegas Lara explicó que esa historia tenía su inspiración en un antiguo cuento español: el de un pueblo que necesitaba autorización para ejecutar a su alcalde. Cuando finalmente la autorización llegó, descubrieron que el alcalde había sido ejecutado meses antes. La burocracia, como suele ocurrir, había llegado tarde a los hechos consumados. El humor de la situación reside precisamente en esa distancia entre la formalidad de la ley y la realidad de la vida.

A partir de ahí, el autor comenzó a hablar de algo aún más revelador: la manera en que muchos de sus textos dialogan deliberadamente con obras anteriores. Contó que escribió un libro titulado Prosas mundanas como un guiño evidente a Prosas profanas de Rubén Darío. De igual modo, tituló uno de sus libros de memorias Antes que se me olvide, evocando el título Ahora que me acuerdo de Miguel Ángel Asturias. Incluso Cuentos de Chiquimulilla es, según explicó con una sonrisa, una referencia directa a Cuentos de Joyabaj de Francisco Méndez.

Escuchar estas confesiones fue particularmente revelador, porque muestra una forma de entender la literatura como conversación. Lejos de ocultar las influencias, Villegas Lara las reconoce con naturalidad y hasta con cierto humor. Cada título, cada referencia, funciona como un pequeño puente entre obras, autores y generaciones.

En un tiempo en que con frecuencia se discuten los límites del plagio y de la originalidad, esta actitud resulta esclarecedora. La literatura siempre ha sido, en buena medida, un arte de resonancias. Los textos dialogan entre sí, se responden, se transforman. Un autor toma una idea, una anécdota o incluso una forma y la traslada a otro contexto, la vuelve a contar desde otro lugar.

Cuando ese gesto se hace con gracia, con conciencia y con respeto por la tradición, deja de ser plagio y se convierte en homenaje.

Salí de aquella presentación con la impresión de haber presenciado algo más que el lanzamiento de un libro. Había sido, en cierto modo, una lección sobre la continuidad de la cultura. Es que los escritores no trabajan en soledad absoluta sino más bien en una red de voces anteriores, de recuerdos literarios, de referencias compartidas.

Y a veces basta escuchar a un autor octogenario hablar con entusiasmo de sus lecturas y de sus proyectos para recordar algo esencial: que la literatura, como la vida misma, es una conversación que nunca termina.

 

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