Emilio Méndez

No se olviden de sonreir

...

“Hoy estoy convencido como si supiese la verdad, lúcido como si estuviese por morir”. — Fernando Pessoa.

Escribo esto para leérmelo en un par de años, cuando la espalda no me perdone las madrugadas frente al teclado, y el café ya no alcance para alejarme del cinismo. Escribo para dejar constancia de esta urgencia antes de que me acostumbre a ella.

Estoy seguro de que millones pensaron esto antes que yo. Jóvenes que se reunían con el fervor de darle vuelta al tablero porque la inercia los asfixiaba. No hablo de una violencia abstracta ni de manifiestos de cartón; hablo de crecer viendo a nuestros padres tragar bilis en un país diseñado para la precariedad. Hablo de la frustración de heredar un panorama cultural que a ratos se siente como un museo clausurado, donde el conformismo es la regla y la rebeldía es solo un eslogan de domingo.

Ahora me toca a mí. Me zumban los oídos cuando los mayores me bautizan, con esa condescendencia insoportable, como parte de la "nueva generación". Pareciera que con el título viene la obligación de tomar una estafeta oxidada, sentarme a estirar la cara y repetir el dogma: "Nadie superará a Asturias", "la vanguardia murió con Cardoza y Aragón". Como si el único destino válido para un escritor joven fuera custodiar las glorias pasadas. Ya no me lamento por no poder imprimir mis columnas en papel; esa nostalgia no me pertenece. Mi generación tiene otras batallas, otros ritmos, y la tinta no hace que las ideas pesen más.

Me aferro a la convicción de que se puede envejecer mejor. Me niego a comprar el mito del artista reventado, a creer que la grandeza literaria requiere perderse días enteros en el alcohol o mendigar visiones para rozar la poesía. Esa es la mentira más aburrida de la literatura. Elijo la lucidez, el trabajo afilado y la sobriedad, muy por encima de esa mediocridad romantizada que tantos usan para disimular su falta de talento.

Al final, entiendo a los mayores, aunque me harte su actitud de estatus parlantes. Entiendo por qué exigen que nos comuniquemos en su dialecto olvidado en el tiempo. Es simple: están aterrorizados. Tienen el mismo miedo inmenso al olvido que tenemos nosotros. Es la salida fácil sentenciar que todo el que viene atrás es peor, simplemente porque no vivimos sus décadas o porque el Y2K es para nosotros historia antigua.

Todos tenemos pánico de que nuestros códigos, nuestras bromas y nuestras guerras caduquen y sean incomprensibles para los que vienen. Pero la solución no es atrincherarse en la soberbia. La ironía, y la única certeza, es que el tiempo no perdona a nadie: todos estamos destinados a convertirnos en los viejos del tablero. Sin embargo, cuando nos toque ocupar ese lugar, el propósito no puede ser repetir los patrones de los que hoy nos defendemos. No se trata de heredar la misma condescendencia asfixiante ni de aferrarnos a las piezas. Cuando llegue el día en que mi propio lenguaje suene a época pasada, espero tener la lucidez de la que hablaba Pessoa para hacerme a un lado con gracia, en lugar de exigirle a los jóvenes que veneren mis fantasmas.

Y, sobre todo, no olvidar sonreír. Porque podré estar viejo, pero amargarme... puta, esa es la verdadera derrota. Es lo que me aterra: llegar a tener los ojos cansados, la mirada perdida y los oídos sordos a lo nuevo. Espero vivir lo suficiente para saber lo que se siente llegar a viejo, reclamar mi espacio en el tablero y tener la valentía de continuar sonriendo mientras observo a otros darle la vuelta.

 

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