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La Musa del Blues: cadáveres, blues y otras formas de supervivencia

La Musa del Blues: cadáveres, blues y otras formas de supervivencia

La poesía como un bar de mala muerte: 18 años esperando nada.

Casi un año esperando que un libro salga a la venta. Uno empieza a sospechar que las editoriales tienen un departamento especializado en poner a prueba la paciencia de los escritores, una oficina sin ventanas donde alguien archiva los manuscritos y después se marcha a almorzar sin dejar instrucciones. Pero así es la vida literaria: uno escribe, corrige, espera y, cuando se cansa de esperar, encuentra otra cosa que hacer.

En mi caso, encontré un libro.

Antes hubo algunos inconvenientes con la maquinaria corporal. Una afección en el nervio auditivo izquierdo, probablemente relacionada con mi diabetes, y después una perforación accidental del tímpano derecho. Entre antibióticos, tinnitus y el miedo bastante razonable a quedarme sordo, llevo más de un mes sin beber. No ha sido una conversión religiosa ni una victoria de la voluntad sobre los demonios interiores. Simplemente, por el momento, el cuerpo ha decidido cerrar el bar. Otros padecimientos neurológicos también me han obligado a suspender las actividades alcohólicas por tiempo indefinido, aunque, como dijo el poeta, «no hay adiós infinito».

Mientras preparo un viaje, se me ocurrió que sería buena idea publicar un cuadernillo de poemas en mi lugar de destino. Fui entonces a buscar material donde suelen terminar mis proyectos fallidos: mi correo electrónico. Allí descansan las grandes obras que nunca fueron, las ideas que perdieron el entusiasmo por el camino y los manuscritos que llevan tantos años esperando que ya deberían cobrar alquiler.

Entre ellos apareció La Musa del Blues, un pequeño poemario que terminé en junio de 2008 y que había olvidado por completo.

A las décimas espinelas llegué por incitación de Roberto Cifuentes, a quien conocí en abril de aquel año. Por entonces, Roberto parecía tener los contactos necesarios para conseguir una publicación en la Editorial Universitaria. Hice mi intento y fracasé. No sabía lo suficiente sobre la décima y mis poemas tampoco ayudaban demasiado a defender mi candidatura. No es que ahora no sea deficiente, solo que tal vez ya no tanto.

De aquella aventura salió este libro: once poemas, unas treinta o cuarenta décimas y un novato que empezaba a descubrir que escribir diez versos con rima no era tan sencillo como juntar palabras y esperar que la poesía hiciera el resto.

Compartí el manuscrito con mis amigos de Ala Décima, grupo cultural cubano dedicado a preservar y cultivar esta tradición. Allí aprendí mucho, leyendo y conversando, y descubrí a poetas magníficos como Waldo Leyva, Modesto Caballero Ramos y Pedro Péglez. También comprendí que la historia de la décima en Guatemala era bastante más rica de lo que yo imaginaba. Roberto Cifuentes se encargó de documentarla en Por los viejos y fecundos caminos de la poesía en décima en Guatemala, un libro que debería ser de lectura obligatoria para cualquiera que pretenda conocer esa tradición.

Dieciocho años después, he vuelto a leer La Musa del Blues. Lo hice como quien se encuentra con un desconocido que tiene su misma letra, sus mismas obsesiones y algunos defectos familiares. Hay versos que todavía me gustan y otros que he preferido corregir, por estilo y por ciertas implicaciones del lenguaje que hoy me incomodan. No quiero conservar cada error por respeto a las antigüedades, pero tampoco pienso reconstruir el libro hasta que el poeta de 2008 termine pareciéndose sospechosamente al de 2026.

Lo curioso es que el libro todavía me cae bien.

Aquí hay bares, amores desastrosos, diferencias sociales, humo, música y personajes que buscan en la noche alguna clase de tregua. En «Escape», el bar funciona como refugio provisional contra el trabajo, las presiones y el sistema; en «Novatada de billar», la rockola y la mesa de juego ofrecen su propia versión de la gloria. En otros poemas, el amor se presenta con la delicadeza de un accidente automovilístico. Y sobre todo está el blues, esa música que sabe convertir la derrota en ritmo sin exigirle al derrotado que finja estar contento.

Quizá por eso estas décimas han sobrevivido a su autor. No porque sean perfectas ni porque merezcan ingresar por decreto en la historia de la literatura, sino porque todavía conservan algo de la electricidad con que fueron escritas.

El poeta que fui no es exactamente el que soy, aunque queda parte de él entre mis ruinas personales, mis proyectos abandonados y mis ganas de seguir escribiendo. No tengo por qué avergonzarme de ese sujeto ni necesito convertirlo en un genio retrospectivo. Escribió lo que pudo con las herramientas que tenía. Ahora me toca a mí decidir si aquello merece salir del archivo y enfrentarse al mundo.

He decidido que sí.

La Musa del Blues vuelve, entonces, sin grandes ceremonias, sin promesas de inmortalidad y sin pedir disculpas por su tamaño. Once poemas, unas cuantas decenas de décimas y dieciocho años de espera. Mientras otros libros continúan atrapados en los engranajes editoriales, este se dispone a salir por su cuenta.

No sé qué pensarán los lectores. Yo, por lo pronto, he dejado de verlo como un archivo olvidado y he vuelto a reconocerlo como parte de mi obra. A veces eso basta para rescatar un libro; otras veces basta para meterse en problemas. En literatura, como en el blues, no siempre es fácil distinguir una cosa de la otra.

Aquí está, pues, La Musa del Blues. Que cada quien saque sus conclusiones. Yo ya hice las paces con el cadáver, aunque todavía no estoy seguro de que esté muerto.

Y no hay adiós infinito.


 

 

Última modificación Martes, 13 Octubre 2026 11:19
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