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El segundo acto de Justin Cary
El último acorde de Justin Cary: La muerte sin maquillaje de la nostalgia pop.
Era 1998, yo estaba en quinto bachillerato. Por MTV empezaban a pasar el video musical de una canción pegajosa que terminaría convirtiéndose en el clásico por excelencia de San Valentín: Kiss Me, interpretada por una banda con un nombre raro, Sixpence None the Richer. Ya luego supe de dónde venía ese nombre.
Quedé fascinado con esa canción: la guitarra —estaba yo empezando a aprender a rasguear—, el bajo, la batería, el acordeón y, obviamente, la voz de Leigh Nash, que sonaba maravillosa.
No sé por qué, pero a pesar del éxito de ese sencillo, no era fácil ni barato conseguir el disco. La portada, el diseño del folleto y toda la presentación ya son una obra de arte total. La portada está impresa en el reverso del estuche y el folleto trae las letras. Me costó Q.150 y me tuve que ir hasta Unicentro para comprarlo.
Obviamente, la primera canción que escuché fue Kiss Me. Era como un sueño: tres variaciones de Do con un sonido cristalino, no el de la radio ni el de la tele. Ya luego me di tiempo de escuchar el disco entero y me di cuenta de que todito es una obra hermosa. Tal vez el punto débil sea la adaptación de un poema de Neruda; el español de Leigh Nash es, digamos, muy particular.
Luego salió Divine Discontent y después el primer disco de grandes éxitos. Con esos discos terminé mi colección. Ya los demás, pues, a pura descarga.
Pasó el tiempo. Leigh Nash hizo una carrera como solista y ya no supe mucho más de la banda hasta el año pasado.
Sixpence None the Richer hizo su primera gira por Latinoamérica y me dio mucha tristeza no haber podido ir a verlos a Costa Rica. Era demasiado pedir que vinieran por acá. Lo más bonito era que se trataba de la alineación más célebre de la banda: Leigh Nash en la voz, Matt Slocum en la guitarra y otros instrumentos, Dale Baker en la batería y Justin Cary en el bajo.
Recuerdo haber visto las historias de Instagram de la banda y cómo se miraban todos tan contentos, disfrutando ese segundo aire. Era chilero verles así.
Por eso, enterarme del fallecimiento de Justin Cary me dejó una sensación agridulce. Se fue alguien que fue parte de una parte del soundtrack de mi vida, pero al mismo tiempo me queda la imagen de esos últimos años alegres, viajando y haciendo lo suyo: la música. Quizá por eso la noticia no se siente solamente triste. También se siente como el final de una historia que, por suerte, tuvo un segundo acto.
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