- Ciudad Bizarra
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Una generación entre descargas y papel
Recuerdo los días en que la Internet no tenía restricciones en ningún sentido. Cuando existía Megaupload y usábamos Ares y Kazaa sin pensar demasiado en derechos de autor ni en suscripciones mensuales. Suena como relato del abuelo Simpson bajo el limonar de Springfield, hablando de un mundo que ya no existe.
En esos tiempos se podía descargar de todo, aunque bajar un gigabyte podía tardar hasta tres días completos. Había que tener paciencia y rezar para que la conexión no se cayera al 99%. Tocaba descargar la música y los videos en baja resolución, porque no había otra opción. Mandábamos cadenas por Hotmail, conocíamos gente de otros países en salas de chat e íbamos al café internet como quien va a una extensión del hogar.
En la Plaza Vivar había como ocho cafés internet. Era casi un pequeño distrito digital. Le daban a uno un papelito con una clave escrita a mano para poder entrar, y cada quien se metía en su cubículo a mirar lo que fuera, porque había cierta privacidad. Esa privacidad era suficiente para que pasara de todo. Algunos revisaban el correo; otros exploraban curiosidades que no se pueden decir. Era un mundo paralelo, con reglas propias y supervisión mínima.
Una de las cosas que hice entonces fue descargar una cantidad tremenda de bootlegs de los Beatles, además de discografías completas de bandas que me gustaban, como The Byrds, The Lovin’ Spoonful y The Tremeloes. También bajé montones de libros, muchos que nunca leí, pero que todavía están ocupando espacio en mi disco duro, como una biblioteca invisible que se fue acumulando sin que yo supiera muy bien para qué.
No me imaginé que, entre todas esas descargas interminables, iba a encontrar una moneda de cambio bastante útil, y no precisamente bitcoin (para desgracia mía).
Un día de 2009 andaba caminando por la zona uno, feliz de la vida, sin buscar nada en particular. A un par de cuadras del Parque Colón encontré una tienda de libros usados que nunca había visto. Me llamó la atención que no la hubiera notado antes. Entré por simple curiosidad y descubrí un pequeño tesoro de libros muy antiguos, ediciones gastadas, lomos quebrados, páginas amarillentas que parecían haber sobrevivido varias décadas.
Con el tiempo hice cierta amistad con el dueño del negocio; no recuerdo si llegué a saber su nombre, pero sí recuerdo que en una de nuestras charlas hablamos de música y resultó que era muy fan de Bob Dylan. Yo, casualmente, tenía descargados los treinta y tantos discos de Bob Dylan en mi computadora.
El trato fue sencillo y casi inevitable: yo le llevaba los discos de Bob Dylan, uno por uno, y él me vendía el libro que yo quisiera por cinco quetzales. Era un intercambio curioso pero justo. Darle copia de un disco no hacía que yo lo perdiera; la música seguía intacta en mi disco duro. En cambio, el libro sí cruzaba la puerta conmigo y pasaba a formar parte de mi biblioteca.
Con el tiempo, varios de esos libros se echaron a perder. La humedad y el descuido no perdonan. Aun así, conservo las obras completas de García Lorca, un par de compilaciones de poesía española que se daban como regalo en 1876 y una colección de entrega semanal llamada Los Poetas, publicada en los años veinte del siglo pasado. Esos volúmenes, rescatados gracias a descargas piratas y conexiones lentas, terminaron sirviéndome de base para diseñar la portada del que será mi último libro de poesía.
Pero esa es otra historia.