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¿Te bautizaron en la Usac? cuando la tradición insiste y la institución titubea

¿Te bautizaron en la Usac? cuando la tradición insiste y la institución titubea

El episodio del 22 de enero en la Facultad de Ciencias Químicas y Farmacia de la Universidad de San Carlos reactivó una escena conocida: encapuchados en aulas, versiones cruzadas, alarma pública y una corrección posterior que llegó tarde. El Ministerio Público confirmó actividades asociadas a los bautizos y abrió una investigación de oficio por vejámenes; también descartó la desaparición de estudiantes, pese a la denuncia inicial amplificada en redes y por la AEU.

Los hechos comprobados son menos espectaculares que el relato viral, pero no inocuos. Hubo retención de estudiantes, cambios forzados de ropa, cortes de cabello y acciones intimidantes dentro de espacios académicos. La práctica se encuentra prohibida desde 2019 por acuerdo del Consejo Superior Universitario. La prohibición existe; la autoridad, no tanto.

Las declaraciones de exestudiantes describen la persistencia del rito y su mutación. Wilfred Cruz, de Ingeniería, recuerda que en 2002 vio que en Arquitectura “los raparon” y que la facultad “olía a ajo y orines”. Ahora ya no es así dice, antes se fuma en la plaza ahora falta que jueguen manitas calientes.

Hugo de León, de Humanidades, señala que no participó en su momento: “en Humanidades no se aplicaba esa práctica, por ende no tuve. Me tocó ver a las generaciones de otras facultades recorrer el campus central. Si bien me parecía un poco humillante y exagerada (vestir a los hombres de mujer, trasquilarles el pelo, untarles a las mujeres toda clase de cosas, cortarles la ropa, tirarlos a las piletas), fue una práctica que la considerábamos parte del proceso de ser de nuevo ingreso. Es muy probable que nuestra generación lo toleraba porque eventualmente tendríamos nuestro turno de hacerles lo mismo a los nuevos. Pero considero que tendría que haber sido algo de decisión personal si querías ser parte de esa práctica e involucrarte del “espíritu sancarlista huelguero”.

Isidro Baltazar, de Ingeniería, traza la línea que muchos aceptan y pocos definen: tradición con límite. Evitó su propio bautizo por miedo a perder el cabello; hoy cree que habría participado, aunque insiste en el control. Su memoria del bautizo de su hermano en 1996 resume la paradoja: “Lo hicieron mierda… pero la pasó deahuevo más porque estaba con sus cuates”. El vínculo grupal opera como coartada moral.

El caso de Farmacia mostró otra capa. Leonel López afirma que se bautizó quien quiso y que el pánico surgió por la entrada de encapuchados con bates y cohetes. Varias estudiantes se retiraron y dejaron sus pertenencias; de allí nació la versión de desapariciones. El MP confirmó que no hubo personas desaparecidas. El daño existió, aunque el titular exageró.

López: “por si necesitas material gráfico, esta foto es de mi hermano. Baltazar fue su padrino  en el 2010 -pero lo trate bien y sin perder las tradiciones jajaja- simon, me consta. Aquel –mi hermano– lo recuerda con honor jajajajaja.

Aquí aparece la acidez inevitable: una universidad que prohíbe, pero no gobierna; una dirigencia estudiantil que denuncia antes de verificar; una tradición que necesita intimidación para sostenerse; y un ecosistema mediático que prefiere el incendio al acta. Nadie queda bien parado.

Los bautizos no son el problema central, sino el síntoma de una crisis de autoridad y de relato. Cuando la identidad sancarlista se defiende con capuchas y la crítica se formula con hipérbole, la discusión se vuelve teatro. La Usac queda atrapada entre el mito y la prohibición, con estudiantes en medio.

El repunte no sorprende. Lo preocupante es la normalidad del ciclo: irrupción, escándalo, desmentido y olvido. Mientras no exista una política sostenida que se aplique sin ambigüedad y sin épica, la tradición seguirá reapareciendo como fantasma y la institución seguirá reaccionando cuando el daño ya ocurrió.

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