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GENTES
Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte (1884-1886) Georges Pierre Seurat (extracto)

GENTES

Pasan de largo los rostros ajenos; pasos acelerados en busca de un destino.


IMAGEN
Entre la inconsciencia del sueño escucho tus pasos muy de mañana; sales a trabajar.
Con la fe de siempre, esa que tuviste de pequeño.
Cumples tu promesa, aunque aún no hayas logrado del todo tus sueños.
A veces te veo bajar un poco la guardia, pero sé que eras fuerte como el roble que no se doblega fácilmente.
Te aguantas el frío, pero cumples. Te aferras a tu taxi y cumples.
Los años siguen pasando y tu sigues allí, infranqueable, sin rendirte.
Y yo cuánto habría de darte para compensar tu entrega.
Qué clase de presente habría de brindarte para devolver un poco de lo mucho que me has dado.
Y sé que no alcanzaría todo lo material.
Y sé que solo viviendo con la intensidad y la entrega que tu has tenido en tu más de medio siglo de vida, podría hacer lo que tu hiciste, lo que haces y lo que significas.
Gracias por todo, papá.

LUNAS GEMELAS
Emergen con la fuerza de la hirviente lava de un volcán en erupción.
Ya casi al crepúsculo del día sus límites sólo son piezas de encaje que las hacen más bellas, intensas y vivificantes.
Perfectas para establecer una exquisita relación, al norte de ese universo de tersa piel que posees.

Lunas gemelas que vomitan pasión y excitación desde sus redondeces hasta sus mismos extremos.
Suaves, pequeñitos y que florecen en una dura manifestación, casi subversiva al contacto con la humedad de la palabra hecha caricia...

Lunas gemelas, que al compás de sus tenues movimientos, expelen fugaces llamadas de atención al raciocinio del animal sexual que hay en mí.
Lunas gemelas capaces de erigir un remolino de pasiones que endurecen carne de mi carne, y hacen que la sangre se aglomere en cada una de mis venas, raíces hirvientes.
Emergen con la fuerza de la hirviente lava de un volcán en erupción. Ya casi al crepúsculo del día, y teniendo como límites un par de piezas de encaje blanco y delicado.

GENTES
Pasan de largo los rostros ajenos; pasos acelerados en busca de un destino. Van, vienen, corren, se quedan petrificados.
Las miradas, inquietas, nadie atiende a nadie. Cada quien devora su camino. Nadie se fija en nadie. Bolsas en la mano, libros bajo el brazo, utensilios importantes para el que los compra. Los veo a todos, nadie me observa a mí, ¿o sí?

Miro desde lejos, sin escuchar sonidos, despreocupado, sin lucidez alguna. Cierro los ojos, el sueño pesa, pesan las horas y quedan atrás los rostros. El vidrio deja pasar imágenes, las imágenes dejan verse, no escucho voces, ni gritos, ni risas, solo un chocante ronquido, el transporte es la causa, el ruletero camina lento y rápido, como le ronca la gana.
La gente sube y baja, no se sienta, no hay lugares. Los sentados volteamos el rostro, preferimos ver a los de afuera, los que no suben, los ajenos, y dejamos atrás a los que van pegados, calentando el clima, absorbiendo el oxígeno.

Cierro los ojos, despierto más allá y la gente sigue ahí, pegadita una con otra. Todos se sientan, nadie se enreda. Se miran, chocan, nadie opina. Sigo sentado, me hago, como dije, el loco. Vengo cansado, inmune al cansancio ajeno, total no es mío. El camino se alarga, el camino agobia, las filas de gente y carros matan las fuerzas, hieren la sonrisa, exterminan lo poco de humano que todos tienen.

Última modificación Domingo, 17 Marzo 2024 11:28
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