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Jueces pequeños, leyes frías y el fantasma del viejo taxi

Jueces pequeños, leyes frías y el fantasma del viejo taxi

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¿JUSTICIA?

Salió con la consigna de hacer justicia a como diera lugar. Él era el dueño del destino de dos ciudadanos.

Camino del juzgado que preside, veía pasar al resto de mortales que iban en sus vehículos y a los que iban a pie. Se sentía el omnipotente, el ungido, el rey, el emperador. Y aún esos títulos, según su perspectiva, le quedaban pequeños.

Llegó a su palacio, terminó de leer sus conclusiones sin decir una palabra en una pequeña sala personal, tomó aire y se encaminó hacia el espacio donde junto con otros casi como él, debían hacer saber su decisión.

Del otro lado del trono del todopoderoso, un hombre que lucía una sonrisa sarcástica, como sabiendo que era lo que se venía.

Lejos de ahí, una anciana, sentada en una silla de madera que apenas la sostenía. Su mirada parecía perdida, sin imaginar lo que el futuro le deparaba.

En el juzgado, el hombre que esperaba al ungido sudaba con desenfreno. Estaba desesperado, le urgía saber el desenlace que estaba seguro era a su favor.

El obtuso emperador, junto a otros dos que se sentían igual de majestuosos, tomaron su lugar. Después de dar un discurso acerca del cumplimiento firme, rígido e incólume de las leyes, dictó su falló.

No rompió del todo las reglas, se guió por la fría letra de los códigos, dijo. Su determinación era lo más apegado a lo conducente en estos casos.

Y aseguró que su actuación en ese proceso fue ecuánime, equilibrada.

Su decisión era desalojar a la anciana de 80 y pico de años de la casa que le construyó su marido, muerto hace unos años.

La decisión era a favor del hijo de la mujer. Que peleaba esa propiedad como suya por el mero hecho de ser pariente en línea directa con la pareja que con esfuerzo de muchos años levantó ese techo.

Llegó la policía y con la orden del omnipotente tuvo que cumplir lo que le mandaban. Sacó a la anciana, quien ahora depende de la caridad o el apoyo de un lugar de refugio para mayores.

El beneficiado no cabía de alegría. Esa casa ya era suya y no le importó echar a su progenitora, mientras que al juez no le importó sumar a sus estadísticas un triunfo más en nombre de la justicia.

 

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UN BARRILITO DE CERVEZA…

Sabía de su gusto por este elixir embriagante. Una chelita no le caía nunca mal y cuando descubrí unos barrilitos de la bebida, de cuando en vez le regalaba uno.

Tuvo sus excesos algunas veces echándose los tragos, pero la cerveza era más para disfrutarla con menos compulsión, según recuerdo.

Pero en excesos también era bueno para trabajar, para ser responsable, para cuidar de su familia, de sus cuatro hijos, de su esposa.

Nunca le importó madrugar para irse a cumplir su rutina diaria, en especial cuando se independizó y compró su taxi y decidió dedicarse a ello.

Siendo yo adolescente, su esposa, es decir, mi madre, le enviaba su desayuno conmigo. Me sentía feliz por el viaje, por apoyarlos así, sin saberlo. Compartíamos un pan, unos huevitos revueltos con salsa, café, un atol.

Cuando estaba en casa le gustaba hacer ejercicio, levantaba pesas. Yo lo veía y sin reflexionar sobre el asunto, le tomé el gusto a la actividad física que muchos años después comencé a practicar y que aún intento mantener.

Me transmitió el placer por leer, sin obligarme a ello. Ver tanto libro en su librera, hecha especialmente para albergar todas sus colecciones de libros, revistas, enciclopedias y las inolvidables Selecciones.

Debo decir que en ese espacio fabricado de madera y hecho realidad por mi tío, hermano de mi madre, se dejó un bloque para su radiola, un aparato que antecedió a los equipos de sonido. Esta máquina moderna tenía para escuchar radio y para poner discos 45 y LPs. Fantástico.

Creó una imagen, no de perfección, sino de nunca rendirse. De no mostrar fisuras o de debilidad, y no por machismo, porque esa postura ante la vida nunca la tuvo.

La única vez (en ese lapso de la vida) que lo vi derrotado, ya yo con unos 20 años de edad, fue cuando le ayudé a llevar en hombros el féretro de su mamá. 

Ese es un golpe que a todo hombre le duele en exceso. En fin. 

En este octavo mes, el día 9, él cumplía años. Ahora estaría llegando a los 84, pero la verdad es que se fue para no volver, hace 22 años.

Hoy, pensé en él de manera consciente, porque la vida y el tiempo son tan implacables que, aunque nos queden cicatrices, van haciendo menos pesado el dolor de las ausencias.

Nunca volví a ver en los supermercados esos barrilitos de cerveza. Igual, a quien me daría gusto regalarle uno de cuando en vez, ya no está.

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