- Gonzo²
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Decir adiós a papá
Hoy son los 40 días de su muerte y no pasó nada, no es que lo esperara del todo pero no está de más dudar. No hubo alivio místico, no cayó una cortina celestial que ordenara el escenario que la muerte de un padre deja. El mundo sigue como siempre, torcido, funcionando a medias, incluso peor si hablo de geopolítica, cosa que él me enseñó a poner atención. Si los egipcios tenían razón, si esos 40 días servían para preparar el cuerpo y al alma para otra forma de existir, entonces el problema no fue el ritual: fue la expectativa o ausencia de ella. ¿A 40 días de su muerte vendría una transformación espiritual en su hijo?
En la época faraónica se entendía la muerte como un trámite largo, casi administrativo y mucho no ha cambiado en los últimos 45 siglos. Entonces, esa preparación de 40 días del cadáver también era para que el alma lo hiciera antes del encaramiento con el juez Anubis. Una lógica para domesticar la incertidumbre de lo que pasa después de la muerte. Yo, en cambio, llegué a este día 40 igual que como empecé.
—Consciente o no— con la muerte de mi papá esperaba el cierre. Esperaba un descanso. Tal vez una liberación mínima después de una relación hecha de daño mutuo, acomodados a silencios largos de años y heridas mal cerradas. Nada de eso ocurrió. El mundo no se volvió más liviano. Se volvió más denso. Como si alguien hubiera añadido peso a una estructura ya fatigada, cuando salimos luego de un turno largo de trabajo. No, no tuvimos una relación sana, y no está del todo mal. Así es la vida, hacía tiempo, mucho antes de la muerte de mi mamá que no nos lastimábamos con palabras, pero la cicatriz estaba en la habitación. Fueron casi diez años de remanso filial.
Quizá es una suerte de trampa creer que la muerte limpia. Quizá no lo hace. La muerte subraya. Marca con hierro aquello que nunca se resolvió, pero debo insistir que de manera ocasional, no es que siempre se piense en ello. Aún así defiendo que, incluso un padre que hiere, forja algo: un eje torcido, sí, pero eje al fin y que me ayudó mucho, más de lo que quiero aceptar. Uno crece reaccionando, defendiéndose, midiendo el mundo a partir de ese punto fijo, incómodo, siempre presente, inmaduro y a veces miope, pero es la mano de cartas con la que trabajamos. Y conmigo ese eje era mi papá y eventualmente, antes que el Alzhéimer lo transformara por completo, pedía su opinión solo para ver cuán distintos éramos.
De las cosas que le aprendí fue no rendirme, aún en la pérdida seguir caminando… el carácter no se forja solo, se hace andando bajo una lluvia de problemas que a veces descampa, pero no termina. Con la muerte de mi papá no sé cómo se supone que debo sentirme. Tampoco busco consejo de qué hacer, luego de la muerte de mi madre creo que tengo una idea de cómo vivir un día a la vez, de cómo honrarlos y hacer lo posible por evitar repetir errores.
Diré que no lo quería de forma convencional, de esas que caben en discursos de día del padre, o fotos de fin de semana “mi mejor amigo es el mejor padre que dios pudo darme”... pulgares arriba… bien por vos, pero hay algo de mentira en tu verdad.
Luego de la llamada de su primer infarto y por más que medité qué decir, en su funeral no pude hablar. Fallé por más que creí estar preparado. Y no era por el llanto y la congoja leves, sólo no salían las palabras que tenía en la cabeza. Tampoco fue por indiferencia. Fue una mezcla espesa, sin nombre, que no avanza ni retrocede. Una sensación opaca que aún no entiendo.
Tal vez por eso los egipcios necesitaban esos 40 días, más allá de la coincidencia en el tiempo requerido para momificar un cadáver. Ese tiempo no es para el muerto, sino para los vivos. Esos días son para aceptar que nada se recompone de inmediato. Que el juicio divino, si existe, no es para el difunto, sino para quienes le sobreviven en este plano.
Diré otra incomodidad: mi malestar no no es únicamente la huella que dejó mi padre. También es lo que he construído dentro de mí como hijo. Su muerte no reparó. No redime. No equilibra la balanza emocional, sé que es mi responsabilidad. Durante la adolescencia deseé su muerte como quien pide librarse de un tormento, pero años después aprendí a vivir con la relación y en silencio construimos una relación cómoda, quiero creer. Se pidieron disculpas en su momento, pero simplemente no avanzaría la relación. Alguna vez me dijeron que “tenía que perdonarlo”… -¿Quién te dijo que le guardo rencor? en su momento hablamos lo que teníamos, sé que hizo lo que pudo con una familia grande en una época convulsa… pero no sos quien para recibir una explicación. Claro, lo último no lo dije.
Mi papá… Alejandro Gabriel Arana Velásquez… Falleció el 1 de diciembre de 2025 a las 21:13 horas a consecuencia de un infarto agudo al miocardio, y de la insuficiencia cardíaca que padecía y luego de un infarto el mes anterior. Fue una gran persona para mucha gente, lo confirmé en su velorio y en los días posteriores cuando amigos y conocidos se acercaron a hablar. Fue el revolucionario de Guatel, el líder sindical que ayudó a muchos y lo que al final lo dejó sin trabajo. El guerrillero de ciudad al que le arrebataron amigos durante la guerra. Sé que mi padre fue un hijo de su tiempo a mucha honra y para lo que pueda servir la historia, sé que así lo veía. Aunque muchas veces lo vi con amargura frente al televisor al momento de las noticias, remordimientos marchitos de la Guatemala que no llegó.
Su ética era demasiado alta, tanta que alguna vez le dijeron que eso les diera de comer a sus hijos. Y lo hizo. Hubo muchas épocas de escasez. En una ocasión, a principios de los noventa, le ofrecieron un buen trabajo, pero a cambio le exigían abrazar a Cristo, ser Mormón, o Testigo de Jehová alguna de esas, y claro, no aceptó. Otra de las cosas que me enteré el día de su funeral. Pero eso era lo que quería enseñarnos, que nunca tomáramos el camino corto, una lección dolorosa por lo cierta que es, fundió eso en la cabeza de sus hijos. Era necio y cuando no, terco, y si se podía obcecado… recalcitrante. Pero sé que creció en un entorno muy complejo en la década de los 50 y 60… en este triste país… en la clase obrera y con altos índices de empatía debido a la educación de mis abuelos… ¿Cómo no iba a terminar con un alto espíritu social? Claro que tengo mucho que agradecerle, me enseñó a manejar la frustración. A leer entre líneas, a poner atención de mi entorno, qué camino o calle se tomó para estar orientado.
Tras la muerte de mi mamá se vino abajo. Cómo me decía uno de sus grandes amigos la noche que notifiqué su muerte. “Nunca se recuperó”. Luego de mamá, vino la muerte Matilde, la gata de casa, luego Yuki, la perra guardiana que lo acompañaba... Le dolió mucho sus pérdidas, aún, los últimos días que estuvo en la casa familiar estaba atento del Mesho, el último gato de su compañía. A todo eso sumó que en 2025, y casi aseguro que desde el 1 de enero de ese año, su salud se deterioró mucho más.
La última vez que lo ví, antes de salir de Guate por un tiempo, en el asilo donde lo cuidaban lo vi bien... Realmente, lo vi entero, San José de la Montaña se llama el lugar, solo un grupo de monjas tendría la paciencia suficiente para atender a un viejo cascarrabias. Ese sábado de septiembre lo llevamos al estudio de béisbol, al final de la Simeón Cañas, había un partido bien culero de Guatemala con Costa Rica y vimos un par de innings. en esas le pregunté... “¿Vos conociste a Trapo Torrebiarte?” -Ese es un estadio- dijo… Con su respuesta supe que ya no era él. Mi papá conocía a toda Guate y un poco más... o eso decía. Sabía que ya había comenzado una cuenta atrás acelerada, otra vez dijo estar en 1996, quizá porque fue el año de la firma de la paz. Siempre dijo que se lo debían a Vinicio Cerezo.
Tengo un par de recuerdos positivos. Tendría yo menos de 10 años pero lo recuerdo casi todo, hasta lo que comí. No puedo dar la fecha pero sí lo reconozco como el momento en el que conocí mi lugar en el mundo. Durante esas vacaciones de fin de año tuve que acompañar a mi papá a trabajar –cosa que odiaba hasta el tuétano-, él debía instalar una planta telefónica en una mansión, al final de Bulevar Vista Hermosa.
La distancia y la impresión hacen que la recuerde como la casa más grande y genial que he visto. El dueño, de apellido alemán, necesitaba entre otras cosas un teléfono en su estudio, una casita en el jardín Norte de la propiedad y mientras ocurría la instalación, la señora de la casa me dio un cachorro de perro salchicha y me dijo:
-“Jugá con él pero no lo vayas a lastimar. Puedes caminar por toda la casa, solo no rompas ni toques nada, ni entres en las habitaciones”-.
Me recorrí toda la propiedad. Un ratito en las canchas de tenis, otro cerca de la piscina. Perseguí al perro entre los setos del jardín, en el garage “para muchos carros”, pero no me acerqué a las motos acuáticas… Incluso una de las cocineras me dio un vaso de limonada. Recuerdo que en el jardín central estaba el ancla de un barco, la que obviamente intenté levantar mientras chineaba el perro. Estaba yo tratando de ser Popeye cuando mi papá dijo que fuera a devolver al perro y que tenía que ayudar a cablear los cuartos. -Agarrá ese tubo de patex y tomá esa bobina-.
Regresé y entramos en la habitación de uno de los hijos, que en esas vacaciones andaba por Berlín. Un ventanal inmenso con vista a la ciudad, una mesa con maquetas de lego cubierta por una caja de vidrio de pared a pared, una colección de lociones. Discos LP… era como estar en un centro comercial. Memorizaba todo mientras jalaba el cable para instalar el teléfono en la habitación, no puedo imaginar mi cara de asombro, pero debió ser evidente, creo que no debo decir que no me quería ir nunca. Quizá media hora después, apareció otra cocinera a decirnos que la comida estaba servida. “¿La comida?, ¿Pero qué lugar es este? -me decía-, ¿Cómo es posible que hasta me den de comer?”. Comimos en la cocina, supongo que en la mesa principal hubiera sido una exageración. Pollo en estofado, arroz al dente, pan hecho en casa (para eso era el horno que estaba en la pared, me dijo la cocinera), y más limonada. Me alimentaron, pero ese día comí con los ojos.
Al final de la tarde, mi papá explicó cómo iba el proyecto y lo que faltaba. Dimos las gracias, y la señora de la casa le dice a mi papá: “Que su hijo se lleve al perro, está muy pequeño y la casa es muy grande, se puede perder”. La alegría que sentí fue inmensa, pero no duró mucho, antes de que respondiera, sabía lo que diría mi papá, uno de sus ilógicos, carentes de fundamentos, y crueles, “No”. “Gracias, pero mi hijo no podría cuidar un perro”. Solo lo ví con odio y rencor, una mirada a la que se acostumbró muy rápido, y nos regresamos a casa y yo con la certeza de que era muy muy difícil de que en algún momento de mi vida viviría en un lugar así, puedo decir que conocía otra cara del duelo allá por 1991.
Jamás volví a ese lugar, no sé si existe aún, seguro los señores de la casa, si viven, estarán en sus últimos días, y de aquél dachshund rojo ni cenizas han de haber. Recuerdo que de regreso, en la ruta 1 le pregunté en la camioneta -”Papá ¿de qué tengo que trabajar para tener una casa así?”- rió con un dejo de sorna. -”No lo sé, pero no importa cuánto trabajés de manera honrada, solo si tenés suerte quizá podrías”-. Luego siguió con la mirada al frente.
El otro recuerdo positivo, y que pasó justo antes de su crisis de 2025, la que lo llevó al asilo, a la silla de ruedas y a no poder sostener una conversación. Llegué a visitarlo y le inventé que fui a pasar el tráfico. Qué viéramos una película, que qué quería ver. -“Ponete la del Kubrick, la de Ojos bien cerrados”-.
Comenzó a comentar la película y desde la memoría cito algunos de sus comentarios:
“Este Ziegler siempre puso a prueba al Doctor William. Si ves, le da a entender que el dinero y el estatus no hay profesión que lo consiga. ‘Sos invitado a mi fiesta, pero seguís siendo un empleado, vení y resolvé este problema que tengo con esta prostituta en el baño’”.
Escucharlo fue recibir un batazo. Hasta cambié la postura con la que veía la película en la cocina junto a él. Y me enternece recordar eso, descubrí cosas que no veía y eso que digo ser fan de Kubrick. Esa sensación de que aprendía algo de mi papá, después de tanto tiempo... Quizá era un regalo, la disfruté mucho.
“El personaje de Tom Cruise cree que tiene poder y dinero por el apartamento que tiene, una esposa e hijas hermosas y su título, pero no. El apartamento es hermoso, pero lo más hermoso es la mansión en la que vive el Ziegler, y la de la fiesta en donde ocurre todo el vergueo, es un palacio que él jamás tendrá. Lo que pasa es que ese doctor -Cruise- no sabe que nunca es suficiente. Gato nació, gato murió, y que de las gracias. A vos que te gusta el cine, deberías saber eso”.
“Ese Kubrick es el que dicen que filmó el alunizaje y que todo es mentira… dicen eso y luego ves esta película de sectas y millonarios mierdas… es fácil dudar”.
“Fijate, el vergueo que tiene con su mujer el doctor, si ves es por las cosas que se imaginan, no por lo que pasa de verdad. Eso detona en que uno la cague, por eso les dije, ser celoso no es de hombres de verdad. Todo lo que te quieren decir es que hay cosas que funcionan en secreto, y así es, pero no lo aceptamos. Esas sectas con los millonarios, las cosas que sienten y no se dicen en el matrimonio, es mejor callar y aguantar el silencio de tu mujer, ella soporta el tuyo. De eso trata la película. De nuestros secretos”.
Terminó la película, le cocí avena con leche y le dejé hecho café. Quedamos que veríamos otro día El Padrino, pero no llegó la ocasión. Su desmejoramiento ocurrió menos de una semana después. Primero enfermeras 24/7, luego el hospital, luego el asilo y menos de un año después, su muerte.
Tengo una frase acuñada: “No creo en ningún dios, mito, fantasma o extraterrestre –pero me informo–”, y con ella recolecto un par de risas con el comentario. Lo digo porque a los 15 días de su entierro lo soñé. Y sólo los sueños sí me hacen dudar de que estemos solos en el universo. He tenido sueños demasiado reales, demasiado vívidos. Pues en este sueño todo estaba normal, estaba en la casa familiar pero me pareció raro verlo. La rareza caía en que él estaba relativamente joven, era lo que me confundía, como de unos 50 años. Y me sorprendió aún más verlo feliz, carcajeándose, eso no estaba bien —entiéndase el sarcasmo—. Y yo lo veía, y me decía “¿qué es esto? mi papá se ríe, ¿qué va pasar?”. Yo estaba sentado en la mesa y se acercó a mí y me abrazó por la espalda? Solo le dije -”¿Papá y vos qué putas tenés? ¿Esto no es normal?”, y él solo reía. Y luego desperté. Ojalá sea así papa, reí todo lo que no pudiste mientras viviste con nosotros. Pusimos la del padrino mientras te enterramos. Reí y descansá en paz. Adiós.
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