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Frankenstein, un monstruo al cuál llamar padre

Frankenstein, un monstruo al cuál llamar padre

La reciente adaptación de Frankenstein de Guillermo del Toro no busca revivir al muerto despedazado: busca entender por qué intentamos amar o ser aceptados por el que nos dio vida, aunque nos haya creado con miedo o por ego.

Hay películas que dividen audiencias y otras que exponen fracturas personales. La Frankenstein de Guillermo del Toro pertenece a esa segunda categoría. No se trata solo de una reinterpretación del clásico de Mary Shelley, sino de un reflejo con luz de laboratorio que devuelve la imagen del creador y la criatura como padre e hijo condenados a reconocerse tarde en medio del gélido frío del remordimiento. Quien la vea sin mirarse hacia adentro no percibirá la verdadera tragedia. Un hijo no amado se vuelve monstruo.

El debate entre quienes la aman y quienes la odian no es nuevo. Del Toro ha estado allí antes: La forma del agua, para muchos, fue un delirio cursi (yo entre ellos creo que fue un fraude); para otros, poesía. Pero esta vez no hay fábulas acuáticas ni monstruos románticos: solo un creador que fabrica su propio castigo, rechazando al padre para convertirse en él. Oscar Isaac, en su papel de Victor, no interpreta a un dios menor, sino a un hombre que quiere corregir su destino: vencer la muerte como no lo hizo su madre. Jacob Elordi, como la criatura, no ruega por piedad: exige amor, demanda calor humano. Entre ambos se levanta una tensión tan incómoda que uno podría confundirla con una discusión familiar. 

Del Toro no filma escenas: compone cuadros que respiran. Cada plano parece un óleo en movimiento, iluminado por velas que titilan sobre un mundo donde el barroco y la putrefacción se tocan, es como ir a un museo naturalista y caminar entre sus piezas, saltar de un lienzo a otro. No verla en el cine fue un pecado que cometí; pero en tiempos donde las salas son templos profanados por pantallas de teléfono encendidas y conversaciones sin sentido de adolescentes, quizá el hogar sea el único laboratorio posible para revivir esta historia.

La película avanza como una elegía. En ella, el horror no nace de la creación sino del abandono. Los hombres que juegan a ser dioses terminan solos alimentados de culpa, intentan entender qué salió mal como hombres de alma enana. Isaac y Elordi se mueven entre el rechazo y la necesidad, como si cada frase del libro original fuera una herida abierta, que según Del Toro incluyó en el guión. No hay redención, solo una búsqueda que acaba por revelar que el verdadero monstruo no es quien mata, sino quien huye y se niega a crecer.

Mia Goth, en su breve pero decisiva aparición, es el catalizador del caos. No necesita gritar ni reclamar protagonismo; su presencia basta para trastocar el equilibrio, como si recordara a los hombres que por más determinados que estén en un plan, basta una presencia femenina para renunciar a todo.

Esta versión de Frankenstein no es mejor ni peor que las anteriores: es el reflejo de una época que no sabe si logró perdonar a sus padres ni comprender a sus hijos. Cada plano es una plegaria visual, cada silencio una confesión no dicha. Del Toro filma con la ternura de quien intenta pedir perdón a través de una cámara y creo que nos cuenta cosas muy personales. La versión de Kenneth Branagh de 1994 fue mi primer acercamiento a la historia y la de James Whale, mi segunda, pero primera en realizarse es formidable. Ambas tienen tienen lo suyo, aquél grito embriagado de locura: "It's alive!" de Colin Clive como Henry Frankenstein en 1931 jamás se repetirá en nuestra era.

Quienes desprecien la versión de 2025 quizá vean solo un ejercicio estético. Pero quienes la sientan entenderán que la película habla de todos nosotros: criaturas que buscan en la oscuridad la voz de quien nos nombró por primera vez y que quizá no nos quiso del todo o como queríamos. Y, aunque el eco ya no responda, seguimos intentando amarlo: "Papá, soy yo". Porque en el fondo, toda historia de horror es una historia de familia. Mary Shelly lo dijo en piedra y acá estamos, sin olvidarlo.

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