Logo
Imprime esta página
Midnight Cowboy sigue vigente: Nueva York aún es voraz, y el sueño americano sigue sin cumplirse

Midnight Cowboy sigue vigente: Nueva York aún es voraz, y el sueño americano sigue sin cumplirse

El asfalto de Nueva York carece de compasión con los ingenuos que cruzan sus puentes buscando un espejismo y en esta película que tiene 57 años desde su estreno lo podemos ver. John Schlesinger lo demostró al construir una trituradora de inocencia en Midnight Cowboy, una obra que desnuda la brutalidad urbana de los años sesenta y esconde una tragedia sombría bajo su mugre. La debacle de Joe Buck y Ratso Rizzo (Jon Voight y Dustin Hoffman) no es consecuencia exclusiva de una metrópolis voraz que mastica forasteros. El conflicto central que pudre esta narrativa radica en la obstinación patológica de dos marginados. Ambos eligen deliberadamente su ruina. El sistema ofrece salidas, trabajos mediocres que garantizan la supervivencia básica dentro del engranaje social, pero ellos los escupen con desdén. Prefieren ahogarse en la fantasía de sus reglas callejeras antes que ceder ante un modelo de vida que detestan, firmando así su sentencia. Uno quiere ser prostituto de alta sociedad, el otro un estafador que no queda claro cuál es su talento.

El peso asfixiante de la masculinidad rota

La película disecciona una masculinidad fracturada y arrojada al abismo de la indiferencia. Joe llega ataviado con el arquetipo clásico del vaquero, ese símbolo inmaculado de la testosterona estadounidense, solo para descubrir que en las aceras de cemento ese disfraz sirve para atraer miradas de burla despiadada o transacciones sexuales deprimentes. Resulta una demolición absoluta del mito fundacional del Sueño Americano (y porqué no, del Destino Manifiesto). 

En medio de esa miseria palpable surge el único salvavidas genuino al forjar una amistad honesta en la intemperie. El director captura la ternura en su estado más primitivo. La lealtad incondicional entre estos hombres no nace de la virtud moral, sino de la desesperación compartida. En un entorno fallido que los empuja hacia el vacío, el compromiso férreo de querer que el compañero sobreviva conforma el motor principal para mantenerlos respirando. Es una exploración incisiva de la soledad donde el afecto mutuo se convierte en el acto de rebeldía definitivo contra una sociedad dispuesta a desecharlos. Además, hay otro enemigo que viene en camino… el invierno: ¿Cómo será vivir en la calle sin calefacción en Nueva York? los protagonistas nos lo anuncian. En serio, esta película te dolerá.

El ruido innecesario frente a dos titanes

La cinta arrastra cicatrices de su época y decisiones de montaje que hoy resultan torpes bajo el escrutinio crítico. Los flashbacks intermitentes sobre el pasado del protagonista (Joe) irrumpen como martillazos confusos que rompen el ritmo dramático en lugar de aportar verdadera profundidad psicológica. A esto debemos sumar el abuso reiterado de la canción Everybody's Talkin' de Harry Nilsson. La pieza funciona maravillosamente para establecer el tono inicial, pero su repetición constante termina transformándose en un tormento auditivo que subestima la capacidad de la audiencia para sostener la emoción por sí sola. Y eso es producto de la época.

Aún asi, cualquier fallo estructural queda congelado por la fuerza sísmica de las actuaciones protagónicas. Jon Voight y Dustin Hoffman, titanes en pleno ascenso hacia la madurez artística, sostienen el peso del largometraje sobre sus hombros. Voight desarmándose en silencios prolongados, arrastrando ese apabullante acento de hombre de pueblo que esconde una vulnerabilidad letal, ofrece el contraste perfecto frente a la fiebre mugrienta que transpira el cuerpo de Hoffman, la tuberculosis ya le puso fecha límite, pero no lo sabemos. Juntos logran que la empatía surja desde la incomodidad física, haciendo que el espectador se preocupe visceralmente por dos seres que en la vida cotidiana cruzaría de calle para evitar. El impacto de sus miradas vacías te persigue durante el fin de semana entero tras ver caer los créditos finales. Así me pasó.

El cine actual perdió el pulso para gestar estos ejercicios imprescindibles. Las carteleras contemporáneas carecen del coraje necesario para lanzar una entrega ineludiblemente masculina, áspera y directa que exija al público confrontar sus propios límites. Todos deberían exponerse a esta experiencia porque Midnight Cowboy permanece como una prueba de fuego insoportable. Contemplar el descenso en espiral de los protagonistas obliga a tragar saliva frente al espejo. Cuando las luces se encienden, la reflexión final golpea directo en la mandíbula al plantar una duda venenosa sobre nuestra propia fragilidad. Inmersos en esa misma pestilencia urbana, arrinconados por el hambre feroz y con el orgullo intacto frente a un abismo inminente, resulta aterrador reconocer que nosotros no haríamos las cosas distinto.

 

(0 Votos)
© 2017 Gonzo Gonzo. Todos los derechos rservados. Al usar este sitios estás de acuerdo con los términos de uso.