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Tenemos lo que creemos merecer
Ana Luisa Arévalo.

Tenemos lo que creemos merecer

Lamento importunarles la cena, el desayuno o la merienda, pero el mundo es de quien lo trabaja (y si no lo es debería), el amor es de quien enamora, y la vida solo pensada no es más que un sueño. 

Entiendo que queremos que las cosas se hagan bien con formalidad y respeto. 

Pero no, esta tierra de árboles que es nuestro país, las esferas públicas y poderosas no se mueven así. 

¡Qué más quisiera yo! 

¡Qué más quisiéramos todos! 

 

Sé que somos formales y ceremoniosos (herencia maya que tenemos todos) y claro, no queremos conflicto (36 años fueron suficientes gracias).

 

Pero bajo esa idea de elegancia y formalidad también hay mucha negación, y permisividad.

 

Nos volvimos tolerantes hasta excesos criticables, no quiero usar la palabra pasivos pues no somos seres inertes. 

Pero creer, esperar lo mejor aunque las acciones nos digan lo contrario, con tal de mantener la ilusión de que al fin, hoy sí, encontramos un representante justo, inteligente, desinteresado y capaz, puede llegar a ser ingenuo.

 

–No roba– dicen muchos y eso parece alcanzar, aunque lo demás se derrumbe a nuestro alrededor. 

Y créanme yo también quisiera esa fe, confiar. 

 

Sentarme y relajarme mientras me siento a ver el fruto de mi muy democrático voto y como una a una las promesas de campaña se cumplen. 

Pero no es así. 

 

Eso se parece mucho al viejo dicho machista de: “es buen marido porque no me pega”. 

 

La vara, la escala, el sitio de medición de nuestros estándares como nación está en el centro de la tierra, abajo, bien abajo, dentro del espacio territorial guatemalteco, pero tan, tan, tan abajo que en algún momento terminará por derretirse por el calor que emana el centro de la tierra. 

 

Merecemos más:

Más que buenas intenciones. 

Más que un buen intento. 

Merecemos lograrlo.

Merecemos éxito.

 

Merecemos un rector digno.

Merecemos un gobierno justo 

Merecemos políticos serios, intelectuales y comprometidos con el proyecto que es Guatemala, no sus proyectos personales, no sus riquezas. 

Y no conformarnos contentos con los restos que deja la olla untada. 

 

Merecemos sacar la vara de medición del centro de la tierra, quitarle la lava, lavarla, plancharla y subirla hasta que flote en el aire. 

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