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Filgua, una utopía
¿Filgua y el fetiche de comprar lo que no se lee?
Nunca me imaginé viajar más de 200 kilómetros por los libros. Quiero decir, para quienes habitamos el interior del país, debe existir una razón de peso para desgastar tantos recursos económicos y de tiempo en peregrinar hacia la gran metrópoli; esa tierra prometida donde, supuestamente, todo sucede.
Siempre he imaginado que mi pequeño poblado subsiste en una burbuja que trata de alejarse lo más posible del bullicio capitalino. En Xela el acceso a los libros es muy limitado e imaginarse un recinto llenó de ediciones y de libros que su distribución es nula en el interior es demasiado tentador; sobrevivimos gracias a un par de puntos de resistencia donde aún se puede conseguir literatura de calidad, Órbita librería y Santiaguito, y nada más.
Es de celebrar el esfuerzo descentralizado. En todo el tiempo que he estado apoyando en el stand de Metáfora durante la FilXela, he visto un cambio gigante. Se nota que las semillas en las nuevas generaciones de lectores ya están sembradas, construyendo de a poco un encuentro para librerías y editoriales que antes ni nos imaginábamos por este valle. Sin embargo, al terminar nuestro evento local, la conversación muta inevitablemente hacia lo que sigue, preparándose para el magno evento. Pareciera que todos los caminos llevan hacia un solo lugar: la Feria Internacional del Libro en Guatemala (Filgua).
Llevaba tres años postergando ir. Como estudiante, pensar en semejante gasto era un sueño. Pero entre las ganas de saber que me perdía y el empuje de mi novia para motivarnos a hacerlo, tomamos las maletas y nos fuimos. Recuerdo que fue un viaje cansado; con todo el caos que conlleva un viernes por la tarde, arrancamos. Siempre me ha parecido y me parece intimidante la ciudad: entrar por esas calles excesivamente anchas, iluminadas por ese tono tétrico que tiene el alumbrado público.
Ya en Filgua, la experiencia fue un choque de realidades. Estar allí, sin la disponibilidad de gastar a manos llenas, era elegir entre mantenerse fiel al presupuesto que habíamos armado para el viaje o dejarse tragar por el descontrol y terminar pidiendo jalón en la carretera para volver a casa. No les puedo mentir: me vi inmerso en una oda al consumismo de algo que, he de aceptar, consumo como si mi vida dependiera de ello. Llevo meses con mis librerías colapsadas, con libros apilados en el suelo porque no encuentro una solución de espacio, pero allí ese deseo cobraba otra dimensión.
Pero ese no es mi punto. Lo que realmente busco es comprender el fenómeno de un lugar que, de pronto, pareciera que sí lee; que tiene en su cultura ir a un recinto a comprar libros y se emociona con todo lo que gira a su alrededor. Estoy tan acostumbrado a convivir en entornos donde hablar de literatura raya más en la pedantería que en un acto cotidiano (y hago un paréntesis: no pienso discutir la problemática de elitizar el conocimiento y las artes; que todos los que con soberbia dicen ser más dignos de saber desaparezcan, me desagradan profundamente). El desconcierto total me golpeó el domingo por la mañana. Cuando todo parecía ir más lento, alguien de la organización se acercó y, dentro de toda la información que me pareció ruido blanco, lo único que procesé fue: «Hay más de 5,000 personas en el recinto». Esa cantidad de gente, en mi cotidianidad, solo la visualizo con la camisola del Xelajú, recitando las injurias más coléricas en el estadio, pero nunca reunida alrededor de los libros.
Nunca vi a tantas personas comprando tantos libros, sabiendo lo caros que siempre han sido. Un ejemplar nuevo promedia los Q250, y si es la versión con ilustraciones y pasta dura, estoy seguro de que vale el doble sin problemas. ¿Cómo es posible ver desfilar tantas bolsas repletas de textos en un país cuyo salario mínimo es de Q105.90 al día, y a menudo mucho más bajo en la informalidad? Desde la perspectiva editorial y de los artistas lo comprendo, tienen que subsistir y todos los caminos llevan a Filgua. Pero, ¿en qué momento olvidamos que estamos en los primeros lugares de analfabetismo? ¿En qué momento normalizamos reunirnos en un recinto privado y exclusivo para discutir sobre nuestro país, sobre nosotros, exponiendo y contándonos el mundo detrás de una murallada bien difuminada de portadas atractivas? No quiero que esto suene a una queja llorosa ni a una cantaleta contra la capital y su organización; es sentirse profundamente desorientado desde la periferia, aun sabiendo que vengo de un lugar que, dentro del interior del país, sigue siendo privilegiado.
Esta visita me dejó desubicado, obligándome a problematizar qué significa realmente la cultura y su difusión. Ya no sé si somos un país que no lee, o si leer es simplemente una distinción de clase, un hábito reservado para quien posee el capital, mientras los demás nos chingamos, dependemos de bibliotecas desactualizadas y de la suerte de tener amigos con grandes colecciones. Avísenme cuando todos sepan dónde amaneció el dinosaurio y que a Cara de Ángel lo destruyó el amor antes que la dictadura. Hasta entonces, Filgua seguirá siendo eso: una hermosa utopía, un espejismo de papel en medio de un país que todavía no ha aprendido a leerse a sí mismo.