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Una visita a México para encontrar Guatemala

Una visita a México para encontrar Guatemala

La meta era conocer todo lo posible de Ciudad de México en 11 días. Ir a museos y buscar pinturas clave, comer tacos y vivir la experiencia del Día de muertos. Pero terminé más enamorado de su gastronomía en medio de su gente en Coyoacán, enmascarado con los atuendos del Santo y Blue Demon de camino al monumento de la diosa Nike —mal llamado Ángel de la Independencia- el 1 de noviembre cerca de medianoche. Al tercer o cuarto día entendí el metro y mientras la televisión nacional decía de una manera agresiva y cuestionable “A” sobre la presidenta, el peatón decía “B” sin siquiera preguntarlo.

Para esos días no niego que consideré algunas recomendaciones de Tik Tok y de colegas periodistas que por años me dijeron: “Llegás y ¡Ténes que ir….!”. Pero la CDMX es mucho más de lo que uno puede creer conocer por sus noticias, cine, novelas, música y complejidad política: “Nada de lo que dicen las noticias de México es cierto. No les pasará nada, necesitamos mucho de los turistas. Nuestro problema real es el narcotráfico” dijo aquél Uber antes de dejarnos en el Museo Nacional de Antropología. Salta a los ojos que varios monumentos en toda la ciudad están protegidos con barricadas como una medida de prevención de daños durante manifestaciones masivas —particularmente las vinculadas a Derechos Humanos, causas feministas o inconformidad política— recién se vio en la Plaza de Constitución, da la sensación que es un actuar permanente.

Aún así, nadie te dice, “llegá a un lugar y escuchá conversaciones ajenas, te divertirás”. Ahora mismo río al recordar cómo una señora muy entrada en años, de cabello pintado y raíces blancas, le gritaba a una joven de 40 años que se agarraran a golpes. Ella en cambio, le rebatió con mucho respeto: “¡Ay señora, cómo cree, no pelearé con usted!”. -¡Pinche pendeja, párate y nos damos en la madre- así como suena gritaba y así se escuchó también mi carcajada de chapín shute, que evidenció que no era de ahí mientras me comía unas gorditas; todo esto en el comedor improvisado del museo Anahuacalli de Diego Rivera, a propósito del 15o. Festival Cacao para todos.

Es toda una experiencia integral si se está dispuesto a convivir con los mexicanos. Y destaco que fue un viaje netamente cultural con objetivos claros: ver la obra de Remedios Varo y los murales de Tamayo, Diego Rivera, José Orozco y David Siqueiros en Bellas Artes; caminar en el Centro Histórico, acudir a los bares míticos de Tío Pepe, Bar La Ópera y el Museo del Estanquillo. Pero contaré lo que el espacio me permita.


De Tío Pepe al corazón de Saturno

Es una urbe gigantesca que te abraza, te invita a vivir a su ritmo y sin mucho esfuerzo podés mimetizarte con su gente en el metro (con MX$16 (Q7) podés atravesar la ciudad), sólo si abrís la boca te reconocen por el acento. ¿Eres de Chiapas?, -No, de más abajo-. Así explicaba en el bar Tío Pepe, luego de un paseo nocturno de reconocimiento por El Zócalo. “Así sabe una cerveza en un bar fundado en 1869” me decía y comencé a sentir una familiaridad muy grande. Era como estar en el bar Granada, o como ir a la casa de un pariente lejano que visitás poco. Ahí sería nuestro centro de operaciones improvisado esa noche de recién llegados. El 30 de octubre estaría dedicado al Museo Nacional de Arte (MUNAL), caminar por la 5 de mayo para llegar a la Ofrenda de muertos en El Zócalo, almuerzo en el Gran Hotel, una cerveza en Mancera Bar y de regreso al Hotel.

Con la luz del día siguiente y ya en el Metro, recordé lo que se dice de la Nación azteca. Convengamos que en Guatemala hay un rechazo infantil infundado hacia México, y quizá el origen podrá ser histórico, relacionado al fútbol o una envidia rara. No digo que todos, pero hay un eco que rebota en el connacional promedio al escuchar ese nombre. Sin embargo, consumimos su entretenimiento y suspiramos con su comida: Guate y sus ironías. Y no niego que haya estado en ese grupo, por fortuna hace décadas que me desuscribí. Pero ya frente al MUNAL olvidé todo ese ruido.

Te recibe con la exposición Bajo el signo de Saturno. Adivinación en el arte, abierta en hasta el 18 de enero de 2026. El recorrido incluye un gesto casi ritual: la carta astral que André Breton preparó para Jean Schuster y que hoy descansa en el acervo del museo. Desde ese documento, la colección se reordena como si alguien hubiera lanzado a la noche una colección de símbolos, todos para guiar correspondencias entre obras atravesadas por la tradición esotérica.

El guión curatorial dice que la muestra sigue la obsesión humana por leer el porvenir, esa necesidad de iluminar la incertidumbre con astrología, espiritismo, tarot o cualquier herramienta capaz de arañar el mundo etéreo. En las paredes encontré artistas desconocidos que pintaron a la adivinación. Locomoción acuática, el primer cuadro de Remedios Varo con el que me toparía, la escultura The Palmist de Leonora Carrington, grabados de Durero, Kandinsky y Tamayo. Dos horas en la primera sala del museo y a la par de esos titanes también vi piezas de las que te hacen decir: ¿Cómo es posible que estos rayones estén en la misma muestra que Siqueiros? -Seguro alguien con conectes-. En fin.

Ahí supe que el presidente Francisco I. Madero se inició en el espiritismo a finales del siglo XIX. Que practicaba sesiones, escribía textos doctrinarios y llegó a publicar Manual espírita en 1911 bajo el seudónimo de Bhima. Y que él inauguró palacio que ahora es el MUNAL durante su gestión, pero con desdén, porque era una obra que mandó construir Porfirio Díaz. Otro presidente que quería hacer de su ciudad una pequeña París con palacios y palacetes, y que estuvo en el poder 26 años. Joven -le pregunté a la guía- ¿y por qué no llaman al porfiriato una dictadura? –Porque la historia de México aún hiere susceptibilidades en temas políticos–. Las similitudes con Guatemala no faltaron un solo día.

Luego otra hora dedicada a la colección de Arte Virreinal que por más apóstata que se sea no puede dejar de admirarse la técnica y toda la semiótica de su arte. Cuadros de hasta tres metros de altura, martirios de santos, advocaciones de vírgenes y todo en medio del silencio. Le suceden Arte mexicano del siglo XX, una muestra dedicada a Baco y el vino que a su vez arropaba una colección de esculturas en mármol. Hago esa lista porque exponerse al arte te abre la mente, es tanta información que duele la cabeza, por lo que una caminata por la 5 de Mayo para almorzar en una terraza con vista al Zócalo, no estaba mal. Los preparativos para la ofrenda del Día de muertos se veía casi completa, y escuché de un guía que le decía a su grupo que, en efecto, la tradición del desfile de Día de muertos nació de una escena que se realizó para la película 007: Spectre. Daniel Craig como el espía inglés camina entre el desfile de calaveras como escena transitoria de la película. “Y por eso hacemos el desfile. La idea no fue nuestra, pero la tradición sí. Gracias por el aporte”, a lo que su grupo rió. Ya cansados, cerramos el día en Mancera bar, otro fundado en el Siglo XIX. Hoy sé, que el peor café de mi vida fue ese. Q20 tirados a la basura, quizá fue error mió pedir eso en un bar. Pero como primera jornada, satisfecho.

Carlos Mérida, Guatemala siempre estuvo con él

El siguiente día era un circuito pesado. Empezar con el Museo de Antropología, Museo Tamayo de Arte Contemporáneo y Museo de Arte Moderno. Me crispó la piel ver una pieza de Carlos Mérida en los tres recintos. Mares de gente, era agobiante y pensamos en dejar ir la ruta, pero en cambio, en lugar de ver el de antropología en orden, empezamos por el segundo nivel, una muestra permanente dedicada a la etnografía. Aunque vi un fallo severo en su museografía -varias piezas no tenían ni nombre- se entendía que era una muestra sobre el comportamiento gregario humano, fue entonces que volteé y vi la pieza: “Eso es de Mérida o es inspiración descarada”. Y no, un mural de cinco metros de colores neón pastel, te atrapa, lo hace ver tan fácil. Casi una continuación de lo que hay en el Centro Cívico o de las piezas del Tenedor del Cerro en Antigua Guatemala, un pedazo de nosotros, pero allá.

Se continúa la marcha, otras dos horas para ver piezas de Olmecas, Toltecas, Mayas… Había tanta gente frente a la piedra solar que por más que se quisiera lo mejor era seguir. No pretendo demeritar nada de la muestra de todo el museo, se puede estar horas pero la réplica de la tumba de Pakal, un sarcófago complejo, copia fiel de la tumba que está en Palenque de aquel gran señor que representaba a todos los hombres, invitaba a la contemplación.

Pero el mar de gente nos ahogaba y dejamos el lugar, apostamos por el Tamayo, seguro no tendría tanta gente, y aunque mucho más pequeño, dos muestras y una instalación interactiva fue en lo que invertimos media tarde. Te recibe Alien Queen / Paraíso Extraño de Manuela Solano. Te dan un iPod con una colección de música pop de los 2000 para apreciar 30 pinturas de gran formato pintadas con las manos. Algunas copias de fotografías de películas y otros personajes de entonces. Y esas piezas de la artista presentaban retratos de Cristina Aguilera, la saga de películas Alien, Terminator, Species… y el Hombre de Rojo de La Vaca el Pollito. Si en algo coincidimos es que para gustos el arte. 


La decepción duró poco porque justo a la par, la instalación
Espíritus en el pantano de Oscar Murillo cambió todo. Un espacio que da la sensación de caminar en un lodazal de crayón de cera negra donde la gente entra, mancha, raya y lega ideas. Televisiones con DVD que en el suelo transmitían imágenes random en silencio. Ahí el arte te traga, te oscurece las manos y te devuelve un pedazo de crayón, por si querías llevar un recuerdo.

Todas las demás salas del museo estaban en construcción de muestra, la tercera debía tener, en mi opinión, un lugar más privilegiado: Futuros arcaicos. Una exposición que reúne artistas modernos y contemporáneos que encuentran su inspiración en lo arcaico, lo cósmico y lo mitológico como posibles escenarios para imaginar el futuro. De nuevo Carlos Mérida, Joan Miró, Mark Rothko y Antoni Tàpies. En una de sus áreas, un cuarto oscuro en el que a tientas llegas a los cuadros en exhibición y poco iluminados pero envolventes. Una inmersión sensorial claustrofóbica.

Aunque ya hacía hambre, continúamos al Museo de Arte Moderno, sabía que hay una colección pequeña de Remedios Varo que me llevé en los ojos, pero no que estaba con Tamayo, quien levanta un mural atemporal: una vendedora de flores suspendida en el tiempo, un cuerpo abstracto que se escapa del realismo y representa a una habitante de cualquier parte del Continente. Su Homenaje a la raza india no grita consignas: respira geometría, color y un sentido identitario global. 

Tocaba comer, pero antes caminar y decidimos ir por comida indonesia. Todo muy rico, pero un poco caro, un pan de muerto en una cafetería de la realmente es muy rico y que no sabe a ninguno de los que consiguen en Guate. Quiero hacer la distinción que entre el 29 de octubre y hasta el 3 de noviembre era habitual ver jóvenes disfrazados de Catrinas, calaveras, Jokers. Daban ganas de sumarse a la fiesta. Agrego que hice números y en promedio caminamos 7km diarios. 

Soumaya, el ejército alemán y Desfile de muertos

Del resto de experiencias destacaré tres momentos clave o no terminaría nunca. Para ir al Museo Anahuacalli de Diego Rivera hay que tomar Uber, es realmente lejos como de Guate a San José Pinula y no deja de estar dentro de  Ciudad de México. De suerte había una festival gastronómico y poco a poco empecé a distinguir la diferencia de acentos mexicanos, a los pies de un museo hecho de piedra volcánica. Diego Rivera legó la propiedad y se siente realmente apropiada por el mexicano: "Devuelvo al pueblo lo que de la herencia artística de sus ancestros pude rescatar". Una colección de arte precolombino que llena tres niveles, y en la sala principal bocetos de gran formato de murales de Rivera, y al centro, una estantería con máscaras de gas y una serie fotográfica de la alemanía nazi. Aunque eran fotos casi miniaturas, algunas para ver con lupa, comencé a entender esa consigna: "Deutschland über alles" (Alemania, sobre todo) al tiempo que había registro de arte contestatario a esa ideología. En otra sala, una TV transmitía a una chica que huía de un tanque dando círculos, pero de nuevo, un fallo en la museografía. Ni nombre ni protagonista. 



Al salir, en el festival gastronómico, un poeta declamaba en la plaza del museo ante el desinterés de los comensales -los poetas carecen de popularidad en todos lados, pensé- ahí fue donde vi el intercambio de improperios de la señora. Todo por una silla, la viejita se puso tan agresiva que la familia la dejó sola. Es fácil imaginar que no era la primera vez. 

Abordamos otro Uber para ir al museo de Frida Kahlo y solo para saber que las entradas son en línea y que no había disponibilidad sino hasta el 13 de noviembre. “Ah, mirá vos…” dijimos y dimos media vuelta, para caminar en Coyoacán y sin querer terminamos en otro festival gastronómico, justo frente al Mercado No. 89 Coyoacán. Al que le gusta el chicharrón, de ver al cerdo suspira. Yo escribo y suspiro.

El siguiente momento es el Museo Soumaya, gratis e invaluable. Ahí adentro hay cualquier cantidad de dinero en arte, pasamos tres horas y el hambre nos sacó, luego regresamos para terminar de apreciarlo y requerimos de dos horas más. En el primer nivel hay réplicas de Miguel Ángel y Rodin pero es -como dijo otro periodista- una obscenidad que te hace minúsculo, La puerta del infierno es una escultura que te traga, y en otra ala del museo la propuesta que Rodin hizo para la tumba de Dante. La escuela de ese escultor francés cambió el arte mundial, de hecho, los animales que tenemos en la Avenida Reforma y algunos mausoleos del Cementerio general en zona 3 vienen de ese taller. En Soumaya hay réplicas y originales de Renoir, Dalí, Degás hay millones colgados en las paredes… arte de la época colonial y en una de esas, otra pieza “Arcángel Miguel, arte guatemalteco de autor desconocido”. Te confunde tanta información y de alguna manera encontrarte en esos espacios, tanto así que entré sin querer al baño de mujeres, pero esa es otra historia.

La seguridad está a otro nivel y tiene un tacto increíble para reducir al orden. Unos adolescentes franceses con sobredosis de hormonas se pusieron a hacer payasadas frente a las esculturas y cuadros de Napoleón. Se acercó una de las celadoras, no sé qué les dijo, pero la recua de jovencitos dejó de hacer micadas y dejaron el lugar. “Gracias, nos arruinaban la experiencia”. 

El tercer momento fue el desfile de Dia de Muertos en Paseo Reforma. Esperamos por él un par de horas y aunque creo que esperaba mucho de él, valoro más la espera entre su gente. Ahí fue que comí chapulines con tajoy.  Cosa más rica, lo más cercano son tortrix barbacoa con jugo de limón. Es raro sentir las patitas crujir en la boca pero sin duda lo recomiendo. Las conversaciones sobre lo que la gente esperaba y se veía coincidía con lo visto, y ya durante el desfile todo eran risas y cantos. Calaveras que tiraban besos, niños en zancos, comisiones de todo el país, un grupo de patinetos, otro de jóvenes calaveras en sillas de ruedas, comparsas. Como desfile al fin, uno hace comentarios de lo que ve y se nos acercó un mexicano que me comenzó a explicar todas las dudas que se me ocurrían. Sobre las mariposas monarca que tenían un lugar importante en el desfile, los altares y el significado del cempasúchil. -¿Y vos hiciste altar en tu casa?- Fíjate que yo no soy católico pero sí lo hago. Mirá… y en su celular vi su casa. Esa es la actitud mexicana. Me explicó que la celebración son varios días, porque es para los muertos propios, otro día para los desconocidos u olvidados, para los niños, para los nonatos y para las mascotas. La muerte realmente tiene otro significa en esa nación, uno más cercano y carente de miedo.

Pasaron los días, y la última noche la billetera ya gritaba con esa mirada “¡Detente irresponsable!”, y tocaba prepararse para dejar la CDMX. Atrás quedó el Palacio de Bellas Artes abarrotado por curiosos frente al mural Xibalbá, el inframundo de los maya de la guatemalteca Rina Lazo, más Riveras, Tamayos y Orozcos. La Calle Ámsterdam en Polanco, su tráfico y la música que fui capturando en sus taxis. Con una orden surtida de tacos, y una gaseosa, ví que la mexicanidad continuaría en la Taquería Tlaquepaque de Avenida Independencia. La cuenta hacía MX$111 (Q46), atendía una de las últimas conversaciones de una la mesa de la par –“Y entonces le dije: ¡ven tú pinche perro!”-- acompañada de carcajadas de los amigos de quien cuenta el relato. En el ambiente también suena No me llames más de Alcalde La Sonara y por fin descifro la sabrosura de la cumbia. México estará ahí y nos recibirá a todos. Solo hay que ir dispuesto a convivir y conocer su gente; nos tratarán bien.


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