Logo
Imprime esta página
Eso te pasa por estudioso. 
Ana Luisa Arévalo

Eso te pasa por estudioso. 

En Guatemala lo que queda del comunismo es la reacción a la palabra. 

No queda la definición –seamos honestos si le preguntas hasta a sus más acérrimos odiadores difícilmente sabrán decirla–  igual no importa. 

Hace tiempo que cualquier cosa que suene a sistema de bienestar, Derechos Humanos, justicia social o hasta pedir un salario justo o tus vacaciones se relaciona con socialismo, comunismo o lo que sea, pero de izquierda. 

Y este pensamiento existe sin importar la clase social, –ricos, pobres, clase media cosas bonitas y un par de tragedias–, como diría Calle 13, piensan así. 

Años y años de propaganda y adoctrinamiento gringo funcionó espléndidamente en Guatemala –y toda Latinoamérica, la verdad...

Y es que nuestro terruño puso el pie definitivo en el escenario de la guerra fría al momento en el que Jacobo Arbenz, ya sentado en la presidencia, en lugar de aprovechar para hacerse rico y venderse a los estadounidenses como se esperaba de él,  anunció que la reforma agraria sí o sí iba.

Y ya se imaginan la reacción. 

Si desde la revolución los gringos ya le tenían un ojo puesto a Guatemala, con esto se había vuelto un problema para la Casa Blanca, pues cualquier mala influencia por mínima que fuera en el hemisferio, no podía ser tolerada.

Qué necesidad tenía ese mudo1 de ojos claros de ponerse a hablar de justicia, de  repartir tierras a los indios, –si esa era la fuerza que movía toda la industria de café, bananos y demás cultivos–. Una masa de indios andrajosos siempre enfermos, pagados con jornal de ralla o a cuartillo, que solo servían para trabajar y votar por quien el patrón les dijera y con apoyo estatal claro está. Que nacían y morían sin ver más que montañas y montañas de hileras de café y sombra, o los bananales de la costa sudando entre culebras y arañas que si te mordían podrías pasar días con el cuerpo tieso de la calentura o cortar algodón con las manos heridas y la piel asada por el sol. 

–Si son como animales decían en las fincas los “grandes” señores en los salones sociales y como plática casual– solo el látigo entienden y la verdad sin amo, ni sobrevivirían, se dedicarían al vicio y a robar, solo míralos...2

Pero recuerden que Jacobo no era como cualquier político, él llevaba años leyendo de todo y entre ese todo se había instruido sobre los problemas agrarios del país y sus necesidades, sobre cómo solucionar los problemas fundamentales del país, sobre la cantidad de tierras cultivables disponibles y quiénes las tenían y cuánta de ella no se usaba. Jacobo sabía que la mayoría de los 2,250,000 guatemaltecos estaban distribuidos en comunidades pequeñas de no más de 10,000 personas o menos, menos, y menos. Guatemala era un país de gente de campo, de pueblo, de aldea –para que me entiendan–. 

La Guatemala que vio y vivió Arbenz era una Guatemala agraria, ignorante, harapienta, pobre y hermosa, profundamente pobre en su mayoría. 

Y para cambiar eso había que darles herramientas, educación, asesoramiento, salud, y la más importante: tierra.

El tener tierra, tu propia tierra, para trabajarla tú, ganarle tú, y gozar tú del fruto de tú trabajo y no por un jornal miserable, poniendo tu huella en contratos que ni leer puedes y donde siempre sales perdiendo, siempre endeudado, atrapado, una semana más de trabajo gratis, un mes más, un año.  

Y es que sí, el comunismo sí, -para reconocerle a los llorones de derecha- sí estuvo y fue parte de ese muy necesario proyecto. 

El más querido por Jacobo por cierto.

Para empezar porque Jacobo era culto –algo raro en este país–  y sabía lo que estaba sucediendo en el mundo, que tenía éxito y cómo lo estaban logrando. Pero no era eso lo que les hacía desconfiar de él y su proyecto de gobierno. Y no necesariamente por las razones que muchos pensarían.

El asunto está en que la mayoría de los triunfantes revolucionarios, burócratas ahora –estamos en 1952–, consideraban que no era necesaria, que para qué, si así estamos bien. Le temían al caos económico y a lo que esto pudiera provocar. 

La revolución de 1944 fue burguesa y urbana. 

Además, desconfiaban de las masas rurales y estaban tranquilos y contentos disfrutando las mieles del éxito político y disputándose los puestos. Los únicos interesados en darle seguimiento al problema de la desigualdad de la propiedad de la tierra -y esto es en parte el problema- eran los revolucionarios comunistas del tan temido PGT (que eran repoquitos por cierto).

Los comunistas como Fortuny, Gutierrez y Silva Jonama eran los únicos que no asediaban buscando el favor del presidente o para pedirle prebendas, sino que además, eran los más disciplinados y trabajadores3, no buscaban beneficio para sí mismos si no para el proyecto revolucionario guatemalteco. 

Entre ellos y otros no comunistas como el economista Guillermo Noriega Morales desarrollaron el proyecto de ley. Lo entregaron a Jacobo para las múltiples revisiones y mejoras que le hicieron tanto él como Leonardo Castillo Flores, quien tampoco era comunista. 

Pero eso no importa, tampoco importa que fueran los más trabajadores, comprometidos, cultos y que trabajaran para Guatemala y no solo para ellos. Eran comunistas y eso es lo único que importa, tanto en ese momento como ahora, incluso a la distancia que da los años. La muy necesaria reforma agraria fue derribada no solo por el enemigo del mundo, que es Estados Unidos, sino por mucha de su propia gente. 

Hace unos años los gringos en sus documentos desclasificados por la CIA –esos donde cada tanto liberan para confirmar sus crímenes–, admitían que era una tímida y necesaria reforma que si se llegara a lograr, beneficiaria a muchos de los más pobres del país4

Supongo que si los revolucionarios comunistas del PGT hubieran sido mediocres en su trabajo, corruptos, huevones y brutos de intelecto tal vez, tal vez, otra cosa hubiera pasado.

En fin. 

Apodo que tenía Jacobo Arbenz.

Si bien es un monólogo inventado por mí, es normal encontrar este tipo de justificaciones y juicios contra los indígenas tanto en prensa, revistas de opinión y literatura “científica” que usaba criterios seudocientíficos para explicar la “natural inferioridad” de los mayas.
3 Todo esto lo dice Piero Gleijeses en su libro La esperanza rota, por si no me creen, lean las páginas 190, 191,192 y 193. 
También lo pueden leer en La Esperanza rota, de Piero Gleijeses.

 

 

(5 Votos)
© 2017 Gonzo Gonzo. Todos los derechos rservados. Al usar este sitios estás de acuerdo con los términos de uso.