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Anexión a México: Un matrimonio corto con un divorcio caro
Cuando no se tienen las cosas claras y se trabaja desde el yo y no desde el nosotros –desde el egoísmo, pues– se nota, y en la historia también.
Y si hablamos de un proyecto de nación peor.
Eso me hizo pensar en la casi olvidada y poco gloriosa anexión de la capitanía general de Guatemala, recién independizada de España, al naciente y nada lustroso imperio mexicano (antes Nueva España).
Estamos a inicios del Siglo XIX donde los cambios políticos, las revoluciones e independencias están transformando tanto a la península como a las grandes, vastas y muy ricas indias occidentales.
Este nuevo comienzo monárquico inició con poco dinero, muchas balas, cero organización y múltiples personajes con intereses diversos, que después de una guerra de más de una década, estaba desgastada. Es decir, no nos iba tocar el imperio más lustroso que digamos.
–Como que es histórico eso irnos con el caballo perdedor–
Pero ese nuevo imperio aunque medio hecho le ofreció algo a la recién nacida Guatemala, que surgía de los restos de la antigua capitanía y que tampoco tenía claro su proyecto político: continuidad.
Continuidad de un sistema que no contempla constituciones como la de 1820 que tiene la audacia de considerar a todos (menos a las mujeres) pero sí incluidos los indios, como ciudadanos con derecho a tener tierras, movilizarse a voluntad y capacidad de decisión, entre otros derechos y libertades que los criollos, el clero y comerciantes ricos consideraron no menos que aberraciones, pues eran ellos los ganadores y beneficiarios de la estructura política, económica y social colonial.
De hecho fue la reisntauracion de la constitución de 1820 (la pepa) la razón principal de la independencia de España.
El botar la estructura de segregación que tan bien había instaurado España –con todo y sus justificaciones filosóficas, religiosas y ahora hasta científicas del porqué los indios eran inferiores y hasta casi menos que humanos–, venía a desordenar la estructura de explotación y por lo tanto de producción.
Y eso sí que no.
Una estructura social política y económica basada en la explotación de los indígenas de la forma más cruel, y el mantenimiento de castas menores como comerciantes y artesanos de pocos ingresos que se aseguraba que siguiera así.
¿Y que ofrece Agustín de Iturbide que hace que a los criollos guatemaltecos, les parezca una buena idea ceder la oportunidad de oro de ser tu propio país y decidir tu futuro con libertad?
Dos cosas:
Uno: continuidad, (como ya dije) una monarquía católica, conservadora y jerárquica.
Y dos: el miedo.
El miedo a la pérdida de privilegios, al cambio social, a que los movimientos sociales (que existían aunque en la historia los barra bajo la alfombra) tomara el poder y decidiera su propio destino de forma plural e incluyente.
Y la verdad también un poco de miedo al propio Iturbide que formalmente preguntó si queríamos anexarnos aunque con las pistolas cargadas y apuntando.
Claro, el matrimonio duró poco, la anexión se hizo formalmente el 5 de enero de 1822 y para el 19 de marzo de 1823 el gran Agustín I ya había abdicado y poco después sería fusilado...
El experimento termina y como en todo mal matrimonio Guatemala –en este caso la la Federación Centroamericana– saliendo de la casa con algunas de sus cosas pero ya sin Chiapas y Soconusco.
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