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Hulk Hogan el real American
Allá por 1986, pronto hará cuarenta años, Canal 13 comenzó la transmisión de las funciones de lucha libre programadas por la entonces World Wrestling Federation (WWF). Las pasaban a eso de las seis de la tarde o las siete de la noche; primero fueron comentadas por Astro de Oro (ya promovido como la máxima figura de Promociones Reyes Alonzo, la empresa seria de Guatemala) y Enrique Bremerman (narrador del programa «Lucha Libre… y algo más», cuyas temporadas rotaron por Canal 5, Canal 7 y Canal 13). Después se basaron en el relato de Miguel Alonso, comentarista de la cadena Spanish International Network (SIN, nótese la coincidencia con la palabra que significa «pecado» en inglés), la remota antecesora de la actual Univisión.
Niños, jóvenes y adultos nos encontramos por vez primera con luchadores como «Mr. Wonderful» Paul Ondorff, el Junkyard Dog, Ricky «The Dragon» Steamboat (quien solía formar equipo con King Tonga, procedente de la isla de Tonga), Ted Arcidi («el hombre más fuerte del mundo»), Hillbilly Jim, Tony Atlas y George «The Animal» Steele (con su característica lengua verde), enfrentados a rivales como Don «Magnificent» Muracco, Greg «The Hammer» Valentine, Brutus Beefcake y el odioso Randy Savage «Macho Man» (lo siento, nunca le perdoné su actitud hacia «The Animal» Steele) acompañado por la bella Elizabeth. Nos identificábamos con Tito Santana, presentado como mexicano procedente de «Tocula» (los gringos y su desconocimiento geográfico) y el puertorriqueño Pedro Morales. Dedico la mención de honor a Steve Lombardi, Sal Gee, «Iron» Mike Sharp, Jim Powers, Paul Roma, Joe Williams, el poeta «Leaping» Lanny Poffo y el enmascarado Mr. X: ocupaban la escala más ínfima, ni babyface (técnicos), ni heel (rudos), siempre jobbers: por mucho que se esforzaran eran utilizados para que los luchadores mejor posicionados se lucieran zarandeándolos de una esquina a otra hasta rendirlos.
También nos encontramos con los apoderados, por lo general ligados a los rudos: «Classie» Freddie Blassie (representante de la pareja formada por el Iron Sheik, procedente de Irán, y Nikolai Volkoff, quien pedía un momento al anunciante para interpretar el himno nacional de la Unión Soviética, impávido ante los gritos de «U-S-A, U-S-A» que le llovían de todas partes, envases con agua gaseosa incluidos), Bobby «The Brain» Heenah (a cargo de King Kong Bundy y Big John Studd, puros pesos pesados), y Jimmy Hart, alias «The Mouth of The South», cantante y compositor que manejaba a la Fundación Hart (Bret Hart anterior a su carrera solista y su cuñado Jim «The Anvil» Neidhart), Terry Funk (quien solía marcar con hierro a sus oponentes) y el adorable Adrian Adonis, representante del bando de los exóticos. Por supuesto, no me olvido del «Captain» Lou Albano, no sea que me reclamen.
Pero había un luchador que se alzaba por encima de los demás: era el campeón mundial y la cara de la WWF durante su expansión nacional por los Estados Unidos, haciendo caso omiso de la división territorial que prevaleció por décadas, cada compañía segura en la porción de país que le tocaba con sus propios monarcas y sus programas de televisión. Salía preparándose en camerinos cada vez que empezaba el programa, al ritmo de «Thriller» de Michael Jackson. Se persignaba, caminaba chocando los puños y salía rumbo al cuadrilátero instalado en el centro del Madison Square Garden de Nueva York para ponerle fin al breve reinado de transición del Iron Sheik y alzarse el 23 de enero de 1984 con su primer título.
Apenas tres años antes, el promotor Vincent J. McMahon le advirtió que nunca volvería a trabajar para la WWF luego de que aceptara aparecer en la película Rocky III como el engreído luchador Thunderlips. Su hijo Vincent Kennedy McMahon lo pensó mejor, supo que tenía una montaña de dólares a su alcance y lo trajo de vuelta después de comprarle la empresa a su padre para proyectar el wrestling estadunidense a todo hogar que quisiera verlo sin distinción de edad y procedencia, más allá del público cervecero que solía frecuentar las arenas para arengar a sus favoritos entre tacos y juramentos. Así, los patojos de entonces, los que vimos años después la transmisión de Rocky III vía cable, nos encontramos con Terry Gene Bollea, siempre conocido como Hulk Hogan.
Ahora bien, a Hulk Hogan sólo lo vi una vez en plena acción cuando defendió su título contra King Kong Bundy en la lucha estelar de Wrestlemania 2, librada dentro de una jaula de acero el 7 de abril de 1986 en el Memorial Sports Arena de Los Ángeles. Yo la contemplé, sin escuchar la narración, a través del televisor a blanco y negro instalado en la recepción del hotel donde nos alojamos con mis padres y mis dos hermanos de entonces durante nuestras vacaciones pasadas en Quetzaltenango (mi primera estancia en la ciudad), en noviembre de ese año. Al tiempo la retransmitieron; así nos enteramos que King Kong Bundy emboscó a Hulk Hogan con la ayuda de Don Muracco y le dañó las costillas tras aplicarle repetidas veces el movimiento conocido en inglés como avalanche y en español como «bomba splash»: se le dejó caer encima con todas sus 458 libras de peso hasta cansarse.
Luego se manejó la historia de que Hulk Hogan no podría cumplir con el compromiso de encabezar el cartel de Wrestlemania 2, debido a la gravedad de la lesión, pero el Hulkster mayor no iba a defraudar a los miles de hulkamaniacs que iban a abarrotar la arena, ya no digamos a los que pagarían la transmisión por circuito cerrado, y salió con su vendaje protector para encarar a King Kong Bundy. Para gran contrariedad del comentarista Jessie «The Body» Ventura (delatado por Hogan ante Vince McMahon cuando se propuso crear un sindicato de luchadores que les aseguraran mejores salarios, prestaciones laborales y licencia con goce de sueldo para reponerse de los golpes sufridos, obligados como estaban a luchar los siete días de la semana, de ciudad en ciudad y de estado en estado), el campeón fue el primero en salir de la jaula tal como lo estipuló el reglamento leído a viva voz por Tommy Lasorda, el legendario entrenador de los Dodgers de Los Ángeles. Hogan resultó victorioso ante la amenaza representada por el monster heel y celebró buen rato tras estampar a Bobby Heenah contra el acero. Su primer reinado, de los cinco que tuvo hasta su marcha de la WWF en 1993, terminó el 5 de febrero de 1988.
Aparte de esa función, vimos con frecuencia a Hulk Hogan durante el video de la canción «Real American», compuesta e interpretada por el cantante y guitarrista Rick Derringer (las voces de fondo estuvieron a cargo de Cindy Lauper) para el disco The Wrestling Album, editado en 1985 por el sello Epic. Al principio la canción estaba destinada al equipo US Express, formado por los cuñados Barry Windham y Mike Rotunda (padre de los luchadores Bray Wyatt y Bo Dallas). Ambos abandonaron la WWF antes de que terminara el año (yo me los encontré por primera vez en la Jim Crockett Promotions, afiliada a la National Wrestling Alliance, renombrada en 1988 como World Championship Wrestling; Barry Windham pasó de favorito del público a rudo despiadado como integrante del bando The Four Horsemen; Mike Rotunda probó suerte con personajes como Captain Mike Rotunda y Michael Wallstreet, aparte de integrar la facción The Varsity Club, inspirada en los equipos universitarios de lucha grecorromana) y «Real American» fue reasignado como tema de entrada para Hulk Hogan. Sin querer le atinaron con la canción adecuada para el Hulkster y para nadie más: su actitud, su porte, su puesta en escena, estaban a tono con la letra y la música.
El montaje de imágenes ideado para el video de «Real American» marcha parejo con la primera estrofa. Rick Derringer dice «when it comes crashing down and it hurts inside», al mismo tiempo que Hulk Hogan, de trusa y botas celestes, rodilleras rojas, cae sobre la lona con gesto de dolor impreso el rostro mientras Jimmy Hart, de espaldas, alza los brazos en señal de celebración. Más tarde, Hogan sale con los puños en alto para descargarlos encima de King Kong Bundy y Big John Studd, al rescate de su compañero André el Gigante, al mismo tiempo que Derringer dice «well, you hurt my friends, and you hurt my pride; I gotta be a man, I can’t let it slide». Todo esto combinado con imágenes de los próceres estadunidenses (George Washington, Thomas Jefferson, Abraham Lincoln), junto a guiños a quienes se fajaron por los derechos civiles (Martin Luther King, Jr.) y un vistazo a la población nativa arrinconada en reservas (Toro Sentado), sin que faltaran los desembarcos de marines, el lanzamiento de misiles teleguiados desde portaviones y la inevitable alusión al polvorín sembrado por las dizque democracias occidentales en el Levante y el norte de África (Hulk Hogan apuñuscaba una foto del coronel Muammar al Gadafi, el dictador que aseguró la estabilidad de Libia desde que tomó el poder en 1969 hasta su linchamiento en 2011, producto de la euforia causada por la gratamente defraudada primavera árabe).
En resumen, visto con el ojo crítico del adulto, ya instruido y leído, el video de «Real American» es una oda al supremacismo estadunidense (desde los dos primeros versos, «I am a real American, fight for the rights of every man; I am a real American, fight for what’s right, fight for your life!»), a tono con lo que vimos en películas como Invasión U.S.A. (Chuck Norris midiéndose contra guerrilleros desembarcados en la Florida, patrocinados por el régimen cubano), Rambo II (Sylvester Stallone al rescate de prisioneros de guerra aún retenidos por los vietnamitas en jaulas construidas con cañas de bambú) y Depredador (Arnold Schwarzenegger enfrentándose él solito a la amenaza procedente del espacio exterior camuflada entre la selva guatemalteca)…
…pero resulta muy emotiva para el niño que sigue en nuestro interior, bien robusto y saludable, dándose gusto al reencontrarse con los programas que no alcanzó a ver completos pronto hará cuarenta años (si es que lo consiguió en su tiempo: nunca faltó el adulto razonable que le cuestionara «y vos te creés que todo eso es cierto», o bien que papá, mamá, la abuela o el hermano mayor, faltaba más, dispusiera ver su programa favorito que coincidía, vaya calamidad, con la transmisión de las luchas en el único televisor disponible en casa), casi todos a su alcance en plataformas digitales. Los que saben de lucha libre explican, con toda razón, que la técnica de Terry Bollea era muy limitada, más pantalla que versatilidad, cero llaveo y contrallaveo, pero aceptan que sabía obtener las reacciones que se esperan del público para mantener a flote el negocio y reventar la caja receptora de billetes con la venta de mercadería asociada al personaje.
Hulk Hogan sobrevivió al consumo de esteroides que negó durante su comparecencia en el show de Arsenio Hall para morir a pocas semanas de cumplir los 72 años. Primero se comentó que se debió a un infarto; a los días se reveló que también padecía leucemia, el cáncer que invade la sangre, y fibrilación auricular, problema del corazón que acelera el ritmo cardíaco. Se defendió como bajista aficionado: quiso unirse a los Rolling Stones («me sé todas sus canciones»); también mandó cartas y grabaciones durante dos semanas a la oficina de Metallica cuando buscaron reemplazo para Jason Newsted («nunca me respondieron»). Fue presentado como modelo del buen estadunidense y le pasaron la aplanadora encima cuando se divulgaron sus declaraciones despectivas contra los negros. Murió a los dos días de que se anunciara el deceso del cantante inglés Ozzy Osbourne: doble castigo contra nuestros referentes de infancia y juventud. A los años me enteré que Ozzy también estuvo en Wrestlemania 2, en la función celebrada en el Rosemont Horizon del suburbio de Rosemont, Chicago, donde respaldó a sus compatriotas los British Bulldogs (Davey Boy Smith y Thomas Billington, alias Dynamite Kid) cuando les arrebataron los títulos de campeones mundiales de parejas a Greg Valentine y Brutus Beefcake (amigo cercano de Hulk Hogan, me faltaba mencionarlo).
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