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Beef S2: ataca la supuesta decencia de las clases sociales

Beef S2: ataca la supuesta decencia de las clases sociales

Beef  (Temporada 2) no busca el choque explosivo y visceral del asfalto que definió su inicio, sino que prefiere el goteo lento del veneno en un campo de golf donde la meritocracia ha muerto definitivamente –por si había alguna duda-. En este ecosistema de privilegios heredados y estancamiento espiritual, la serie funciona como un laboratorio de hipocresía donde tanto los jóvenes, que no tienen nada que perder, como los matrimonios consolidados, que temen perderlo todo, recurren al chantaje para sostener un estatus que les pertenece solo en apariencia. La tesis es clara y punzante: la decencia se presenta como un lujo que nadie puede costear, transformando la historia en un espejo incómodo. Nos cuestiona hasta dónde llegaríamos para salvar nuestro propio estilo de vida cuando la ética se convierte en un estorbo.

Por antonomasia, símbolo del poder

El escenario del club de golf no es accidental; funciona como una analogía perfecta de la proximidad al poder y al dinero. En este lugar, todos parecen estar a disposición de los miembros del club, creando una atmósfera donde la integridad se subasta al mejor postor. No se trata de un fallo en el sistema del club, sino de su diseño inherente: un espacio donde la gente está dispuesta a hacer lo que sea necesario para orbitar cerca de los millonarios, buscando una posición que el trabajo diligente ya no garantiza. Es aquí donde la serie nos lanza la primera bofetada al mostrar que el esfuerzo desmesurado no conllevan mérito alguno, sino que el sistema premia sistemáticamente la lisonja y la falsedad. Y si soy más honesto, tampoco es que ese sea el único lugar, los serviles se encuentran en todas las capas sociales y trabajos.

Dos parejas para verse reflejados
Dentro de esta fauna, los personajes de Austin Davis (Charles Melton) y Ashley Miller (Cailee Spaeny) representan una hazaña de delincuencia juvenil tardía que resulta tan repudiable como fascinante de observar. No existe en ellos una rebelión justificada contra el sistema ni un idealismo romántico; su recurso al chantaje nace de la inexperiencia y de una vida estancada antes de llegar a los 30 años. Son personajes que llegan a ser insoportables porque actúan desde una superioridad moral falsa, vendiéndose como figuras alternativas o bondadosas mientras ejecutan actos profundamente desagradables -eso es un gran FUUUCK THEM.
Su "hazaña" es en realidad el síntoma de una generación que busca el crecimiento a través del atajo porque el camino largo parece bloqueado, aunque ese atajo los convierta en versiones distorsionadas de aquello que pretenden despreciar. Pero de nuevo, si me lo pregunto, quizá no sea síntoma de su generación, quizá siempre ha estado ahí y por edad no lo percibí, pero me desvío.

El contraste con el matrimonio de Joshua (Oscar Isaac) y Lindsay (Carey Mulligan) eleva la densidad crítica de la obra. Aquí, el temor a verse reflejado no proviene de la maldad pura, sino de la fragilidad de los vínculos humanos bajo la presión del estatus. Este matrimonio es el retrato de dos personas que se aferran a la idea de vivir juntas sin aceptarse realmente, habitando una casa donde el amor existió pero no se trabajó para mantenerlo. Lo que resulta verdaderamente aterrador de su dinámica es la revelación de que la moral y la ética son vestiduras que se desechan en el momento exacto en que el estilo de vida se ve amenazado. No es un miedo a la soledad lo que los mueve, sino el miedo atroz a no vivir como quieren. Son pulcros y éticos de cara a la sociedad en ese miniuniverso del Club de Golf, hasta que el abismo los mira de vuelta y deciden que cualquier crimen es preferible a perder la comodidad.

Esta Beef no es como la otra
Esta temporada es más complicada y densa que la primera porque sustituye el impulso momentáneo de la ira por la premeditación fría del chantaje. Mientras que un choque de autos es un estallido de un segundo, un chantaje requiere una decisión meditada de la que no hay vuelta atrás. La serie demuestra con maestría que mantener una mentira o una extorsión a través del tiempo exige una energía física y mental agotadora que termina por controlar la vida de quien la perpetra. Es una espiral donde los actos amorales crecen como parásitos, consumiendo el tiempo y la paz de los involucrados. Atravesar ese umbral ético no es un acto de liberación, sino la entrada a una prisión de vigilancia constante donde la mentira se convierte en el único lenguaje posible.

La globalización del relato, que conecta las miserias de Corea con las de Estados Unidos, refuerza la idea de que la decadencia y la falta de ética no son patrimonio de una clase social específica ni de una geografía determinada. La serie destruye el prejuicio de que la corrupción es un vicio de "los otros"; por el contrario, nos presenta una amoralidad universal que atraviesa fronteras y estratos. Al final, no importa el saldo bancario ni el origen: la hipocresía y la mentira son herramientas de supervivencia en un mundo que ha dejado de valorar lo justo. La obra nos recuerda que hacer lo correcto es el camino más largo y complicado, mientras que lo incorrecto ofrece una gratificación inmediata que, a la larga, arrebata el control de la propia existencia. Pero, escojás lo que escojás…. quizá te arrepintás.

¿Realmente crees que tu ética resistiría el peso de perder todo lo que has construido, o simplemente no has tenido aún la oportunidad de ser tan despreciable como ellos?

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