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El disco más caro del mundo
Walter González

El disco más caro del mundo

El disco más caro del mundo: Una entrevista imposible con la leyenda que ya no canta | gonzo-gonzo.com

Llegué al lugar acordado con una hora de anticipación, como si el tiempo pudiera prepararme para verla. Sabía que era exigente. Yo, en cambio, no estaba preparado para nada. Nunca la había visto en persona.

Me estaba tomando un café a un par de cuadras mientras veía videos de ella de hace 50 años. Era tan hermosa y tenía una voz prodigiosa. Increíble. No pude evitar llorar mientras escuchaba su voz y la guitarra.

No recuerdo cuándo llegué a su música por primera vez, pero se me ha hecho imprescindible. Inevitable. Sentía que este momento era un sueño imposible. Escuché un álbum entero y, cuando miré la hora, faltaban 20 minutos para lo acordado. Mejor me iba.

La casa era enorme, limpia, ordenada. No había recuerdos de otros tiempos ni premios exhibidos. A pesar de lo que creía, no había tanto lujo. Más bien parecía un espacio cómodo. Había un tocadiscos, eso sí, y música variada: boleros, mariachi, rock sesentero, baladas.

La señora que me recibió me pidió que me sentara y esperara. Ella había desayunado hacía poco y acostumbraba reposar después de cada comida.

Esperé 20 minutos. Estaba nervioso.

La trajeron en silla de ruedas.

No hizo falta que hablara para entender su mirada: una experiencia que iba más allá del tiempo vivido. Se adivinaba todo lo atestiguado, todo lo sufrido. Tenía ganas de abrazarla y llorar, pero sabía que no era adecuado.

Aunque lloré. No pude evitarlo.

Ella se rió.

—Si vas a llorar, mejor me regreso al dormitorio y espero a que se te pase lo triste.

—No, no es tristeza. Perdone, es que…

—No importa —rió—. Yo soy una persona también. Créeme, conocí gente por la que lloré al conocerla. Pero dime, ¿cómo estás? ¿Estás cómodo? ¿Te costó venir?

—Es raro que usted me pregunte cosas, ¿sabe?

Ella se rió y tosió un poco.

—Es que no veo acción de tu parte. ¿Quieres beber algo?

—No, estoy bien por ahora. Tiene razón, disculpe. Bueno, respondiendo sus preguntas: sí, estoy muy bien. Me han tratado muy bien aquí. Y no, no me costó llegar; la casa se distingue. He escuchado su música y he visto algunos documentales sobre usted.

—Bueno, te voy a decir: ahí sale lo que se puede contar. Tampoco me preguntes mucho. Oficialmente ya no me acuerdo de nada. Ayúdame a sentarme en el sofá, la silla no es cómoda.

La asistente la sostuvo por los brazos y la ayudó a sentarse a mi lado.

—No quisiera preguntarle nada —le dije—. Me conformo con decirle lo importante que es para mí.

Ella se rió estrepitosamente.

—Me pudiste mandar un correo para eso, ¿no? Vienes y no quieres charlar conmigo.

—No, no es eso. Claro que quiero hablar con usted. Es solo que es una emoción demasiado fuerte.

—Bueno, charlemos. ¿Qué disco te gusta más?

—Es difícil decir pero hay uno muy bonito de los 70's que fue muy exitoso. Trae covers muy interesantes.

—Es un buen disco, eh.

—Sí. ¿Por qué hizo esos covers?

—¿Ves que sí querías preguntar?

Me reí, avergonzado.

—Son canciones conocidas. Es arriesgado. Pero ya había hecho esos temas en vivo y sabía que iban a gustar. Y mira, no salió mal.

—Para nada. Creo que mi favorita es It Doesn’t Matter Anymore.

—No me vayas a pedir que cante, eh.

—No, yo sé que no le puedo pedir eso.

—La vida pasa como un sueño. Despiertas y ya pasaron 60 años.

—Pero su legado se va a quedar para siempre.

—Eso no lo sé, ni tú tampoco. Y no importa. Ya viví y gocé mucho. No me puedo quejar. Con la vida estamos a mano.

—Admiro que haya hecho lo que quiso.

—Tampoco así. No me han regalado nada. Hay precios muy caros que he tenido que pagar. He perdido muchas veces. No sabes lo dura que es la vida hasta que aprendes a dejar de llorar, mijo. Si un consejo puedo darte es que aprendas a llorar por dentro. “Canta y no llores…”

Intentó un falsete, no pudo y tosió. Se rió.

—Una cosa que admiro de usted es que ha sabido cuándo detenerse y ha logrado cumplir muchos sueños.

—Mira, no sé qué documental viste porque lo que me estás diciendo no es cierto.

Me reí sorprendido.

—Ya te dije: no me han regalado nada. Y quiero que te lleves esto también. Gente abunda que cree que porque medio cantan bonito son artistas. Eso es mierda. Óyeme bien: mierda. Yo trabajé y puse literalmente todo para lograr las cosas que dices. Y sobre lo que logré, no tienes idea de lo que no logré y de lo que me arrebataron.

—Admiro mucho su perseverancia y perfeccionismo.

—Esto no es un pasatiempo, mijo. Si lo tomas así, mejor búscate un trabajo y no robes espacios. Hay que trabajar. Y hay gente que se esfuerza y nunca lo logra. Eso es muy triste.

Hizo una pausa.

—No sé si conoces un disco que hice en español y con mariachi.

—Por supuesto. Es un disco hermoso.

—¿Hermoso, verdad? Ese es el disco más caro del mundo, ¿sabes?

—¿La producción?

Se rió.

—No, mijo. No la producción. Tuve que hacerles millones de dólares a esos perros para que me dieran permiso de usar mi voz como yo quería. Millones. ¿Cuál es tu pasión?

—Pintar, modelar en arcilla, escribir poemas.

—¿Te gustaría pintar puras manzanas, modelar solo ceniceros y escribir frases de autoayuda? Eso me tocó hacer por 20 años. Seguramente te gustará alguna manzana o algún cenicero. Yo canté buenos temas, no me quejo. Pero para llegar a hacer lo que quise, me tocó pagar. Y no te diré cuánto.

Me dieron premios, da igual. Cuando haces el balance de lo que te han quitado, aprendes a recibir con gratitud, pero sin darle tanta importancia a esas cosas.

Luego salimos al patio. Quería sol.

—A esto no me acostumbro —dijo—. Ya no ser independiente. La vida es un sueño nada más. ¿Qué edad tienes?

—45.

—Estás niño todavía. A tu edad yo estaba sacando mi segundo disco con mariachi. Disfruta. Te faltan 35 años para alcanzarme.

—¿Qué es lo que más le trae satisfacción?

—Pensarás que los discos o los premios. No. Son dos cosas. Los jóvenes que apoyo, para que no pasen por lo que yo pasé.

—¿Y la otra?

Bebió un sorbo de té.

—Conocí gente maravillosa. Muchos ya no están. Había un muchacho alto, muy guapo. Primero estaba en una cosa, como un programa de televisión, algo bien tonto. Él no era feliz ahí, pero tenía ambiciones. Hizo una carrera muy buena como cantante. Yo grabé una canción de él. Murió hace unos años.

Guardó silencio.

—Tengo otro amigo con quien he cantado. A veces nos vemos o hablamos. Se ha vuelto un hombre difícil con los años, pero nos seguimos llevando bien.

—¿Y Gram Parsons?

—¿Quién?

—Gram…

—Gram Parsons…

Se quedó mirando al vacío y sonrió apenas.

—Estaba loco, Gram.

—¿Él y Emmylou…?

Me interrumpió con una risa.

—¿Escuchaste cómo cantaban juntos?

—Era hermoso. Ella hacía unas armonías divinas que se enlazaban perfectamente con la voz de Gram.

—Pues ya te respondiste. Eso era lo que había entre ellos. Para Emmy, cantar con Gram era como cantar conmigo.

—Con todo respeto, me cuesta no admirar a Emmylou, pero usted es otra cosa.

—No puedes demeritar el trabajo de Emmy. Yo admiro que siga trabajando.

—Jamás haría eso. Pero a usted la admiro más.

—Claro. Mañana vas a visitar a Emmy y le vas a decir lo mismo. Agradezco el cumplido, aunque no me lo crea.

Sonrió apenas. Miró el jardín.

El sol le daba de lleno en el rostro y, por un momento, parecía ligera.

—No tardes demasiado en empezar —dijo sin mirarme—. El tiempo se va rápido. Cuando menos te das cuenta, ya pasaron 35 años.

La asistente se acercó.

—Y no llores tanto —agregó, con esa media risa que no sé si es burla o ternura.

La empujaron lentamente hacia la casa. Antes de cruzar la puerta levantó la mano, sin voltear.

Me quedé unos segundos en el patio, con el té frío entre las manos.

No lloré.

En el taxi puse una de sus canciones.

Esta vez no escuché la voz.

Escuché el trabajo.

Y comprendí por qué ya no cantaba.

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