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Donde termina el nombre y empieza la memoria
© Walter Gonzalez
Walter Gonzalez

Donde termina el nombre y empieza la memoria

 Donde termina el nombre y empieza la memoria | Cierre de ciclos en Totonicapán | por Walter González | 

Caminaba entre tumbas, deteniéndome ante las lápidas como quien lee un libro que no termina nunca. Cada nombre parecía un verso inconcluso; cada fecha, un intento torpe de contener una vida. Si suelo perderme por las calles de los vivos, no tendría nada de extraño extraviarme también en estos corredores helados. Aquí, en el cementerio San Pedrito, en el cantón Chotacaj, Totonicapán, el tiempo no avanza: se acumula. Eran las siete de la mañana y el aire aún conservaba ese frío que no es del todo clima, sino recuerdo.

Caminar en un cementerio es aceptar que el cuerpo sigue mientras todo lo demás se detiene. Los pasos suenan distintos, más conscientes, como si el suelo exigiera respeto. Hay una forma particular de silencio que solo existe entre tumbas: no es ausencia de ruido, es presencia de lo que ya no responde. Allí, mientras avanzaba sin rumbo preciso, comprendí que perderse también puede ser una forma de encuentro.

Nací en Totonicapán hace 45 años, y regresar siempre me provoca una emoción difícil de explicar. No es nostalgia en el sentido clásico; no idealizo el pasado. Lo que ocurre es más físico, más inmediato. Cuando pienso en Toto, no veo imágenes: huelo. El maíz cocido que anuncia la mañana, el pino que impregna el aire y, por encima de todo, el olor de mi madre. Ese olor imposible de fijar, que no pertenece a ningún objeto y que, sin embargo, lo habita todo. Un olor que no envejece, que no muere, que no entiende de lápidas.

La visita a la tumba de mi madre no fue un gesto espontáneo. La había planeado como parte de un ritual de cierre. Hay ciclos que no se cierran solos; hay que acompañarlos hasta el final, mirarlos a los ojos, agradecerles y dejarlos ir. El año 2026 se me presenta como una frontera: el final de la licenciatura en arte que inicié en 2022 y la decisión, quizá más silenciosa pero más radical, de retirarme de la poesía publicada. Dos cierres distintos, unidos por una misma intuición: ya no podía seguir habitando ciertos espacios sin traicionarme.

Cerrar ciclos no es abandonar lo que se ama. Es aceptar que el amor también se transforma. La poesía no desaparece de mi vida por dejar de publicarla; se desplaza, se repliega, se vuelve más íntima. Tal vez regresa a su estado original: el de una conversación conmigo mismo, el de una respiración que no necesita testigos. Del mismo modo, terminar la licenciatura no significa concluir el aprendizaje, sino dejar de buscar legitimaciones externas para algo que ya me pertenece.

Visitar la tumba de mi madre en ese contexto fue inevitable. Ella siempre fue mi primer referente de valentía. No por grandes discursos ni por gestos heroicos, sino por decisiones concretas, a veces pequeñas, a veces silenciosas. Una de las cosas que más admiro de ella es que tuvo la audacia de elegir su propio nombre. Nombrarse a sí misma fue su primer acto de autoría. En un mundo que pretendía asignarle un lugar fijo, ella decidió decir: esta soy yo.

Solía contar que lo logró con la ayuda de su primo Rafael. Siempre lo mencionaba con afecto, como un amigo entrañable de su juventud temprana. Rafael aparecía en sus historias como alguien que escuchaba, que alentaba, que pensaba. Yo crecí oyendo su nombre sin ponerle rostro, como se oyen los nombres que pertenecen a una vida anterior a la nuestra. A pesar de esa cercanía narrativa, nunca tuve la oportunidad de conocerlo mientras ella vivía. Ese encuentro quedó suspendido en una especie de tiempo alterno, hasta hace apenas unos días.

Encontrarme con Rafael en su casa, en el cantón Coxjac, fue como abrir una puerta que había permanecido cerrada demasiado tiempo. No fue un reencuentro, porque nunca nos habíamos visto, pero sí tuvo algo de continuidad. En él reconocí gestos, tonos, formas de mirar que me devolvieron a mi madre sin necesidad de nombrarla. A veces la memoria se manifiesta en los otros, como si el pasado encontrara nuevos cuerpos para seguir hablando.

Rafael Puac tiene 79 años y una energía que desmiente cualquier idea de retirada. Es comunicador, periodista, docente. Ha escrito libros sobre educación, ha desarrollado técnicas de aprendizaje, fundó el primer canal de televisión de Totonicapán. Pero nada de eso fue lo que más me impresionó. Lo que me impactó fue su deseo intacto de aportar. No habla desde la nostalgia de lo que hizo, sino desde la urgencia de lo que aún queda por hacer.

Durante nuestra conversación, insistió en una idea que atraviesa su vida como un eje: la necesidad de dejar un legado. No vivir una vida ordinaria, decía. Y no lo decía con soberbia, sino con responsabilidad. Para él, la trascendencia no tiene que ver con el reconocimiento, sino con la coherencia. Vivir de manera extraordinaria no implica escapar de lo cotidiano, sino habitarlo con conciencia. Preguntarse, cada día, si lo que uno hace mejora en algo la vida de los demás.

Esa palabra —legado— comenzó a resonar en mí con una intensidad particular. ¿Qué legado deja alguien que decide retirarse de ciertos escenarios visibles? ¿Qué queda cuando se elige el silencio, la pausa, el repliegue? Frente a la tumba de mi madre y frente a la lucidez de Rafael, comprendí que el legado no siempre adopta la forma de una obra, de un título o de un archivo. A veces el legado es una manera de estar, una ética mínima, una fidelidad a uno mismo.

Mi madre dejó su legado en su forma de nombrarse, en su manera de amar, en ese olor que todavía me acompaña cuando regreso a Totonicapán. Rafael lo deja en las personas que formó, en los proyectos que abrió, en la convicción de que una vida no debe vivirse en automático. Ambos, cada uno a su manera, me enseñaron que trascender no es durar, sino tocar.

Caminar entre tumbas esa mañana fue una forma de diálogo. No con los muertos, sino con las partes de mí que necesitaban despedirse. Allí entendí que cerrar ciclos no es una derrota, sino un acto de honestidad. Hay momentos en los que insistir se convierte en una forma de miedo. Soltar, en cambio, requiere valentía.

Al cerrar la licenciatura, al retirarme de la poesía publicada, no estoy clausurando mi vínculo con el arte ni con la palabra. Estoy cambiando la dirección de ese vínculo. Tal vez ahora el arte ya no necesite diplomas y la poesía no necesite lectores anónimos. Tal vez ahora ambas cosas regresen a su estado más vulnerable: el de una necesidad personal, sin promesas de permanencia.

Como mi madre al elegir su nombre, como Rafael al insistir en el legado, yo también me encuentro en un punto donde debo decidir cómo seguir llamándome. No con palabras, sino con actos. Entre tumbas, olores y conversaciones tardías, entendí que el verdadero comienzo no siempre es visible. A veces empieza justo donde algo termina.

 

 

Última modificación Sábado, 07 Febrero 2026 15:38
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