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El mito callejero: ¿InDrive es el mercado negro con ruedas?
Lo escuché en una fiesta, entre el humo y el tercer trago: “Ah, pero en InDrive pides lo que sea, bro. Hasta pases si te ponés pilas”. El tipo lo dijo con la seguridad de quien acaba de bajar del monte Sinaí con las tablas de la ley bajo el brazo. Todos asintieron, como si fuera un hecho notorio, como hablar del clima. Nadie tenía una prueba. Nadie había pedido nada. Pero todos sabían que era cierto. Ahí me di cuenta: no estaba frente a un rumor, sino a un mito urbano con patas. Y decidí seguirlo hasta su madriguera.
Mi método no fue buscar comunicados de prensa. Fue meterme en los barrios bajos de internet: los comentarios de TikTok, los hilos de Twitter de cuentas anónimas, los grupos de Facebook de vecinos escandalizados. El territorio donde la evidencia son capturas de pantalla borrosas y el testimonio estrella es siempre “un primo de un amigo”. Esto no es reporteo puro; es una autopsia a una leyenda. Y les juro que el cadáver huele a puro invento.
Hay que matizar desde el principio. No es lo mismo un caso aislado y delictivo —que puede pasar en cualquier plataforma, desde WhatsApp hasta una esquina— y una funcionalidad sistémica y tolerada. Lo primero existe en todos lados. Lo segundo es el corazón del mito: la creencia de que la app está diseñada para o es usada masivamente para el mercado ilegal. Y de eso, en mis horas de navegación pantanosa, no encontré una sola prueba sólida. Solo ecos.
Estos son los cinco rumores que alimentan la bestia, directo desde las trincheras digitales:
El cuento del “¿solo ride o algo más?”
La Evidencia (o falta de): Capturas de chat donde un conductor, con foto de perfil pixelada, ofrece “servicios extras”. Siempre fuera de la app, siempre en un segundo mensaje. Cuando rastreas, la cuenta original suele estar eliminada. Es el santo grial del mito: la oferta que convierte un viaje en una transacción. En la vida real, es más probable que te toque un conductor que no hable que uno que ofrezca un menú delictivo. Pero la anécdota, nunca verificada, se comparte como moneda de cambio en la economía de la morbosidad.
La leyenda del “punto de distribución con motor”
El Testimonio Fantasma: “A un conocido lo recogieron en un Civic blanco, el conductor hizo una parada en una shell, le dio un paquetito en un saludo y siguió el viaje como si nada”. La historia es perfecta: incluye detalles banales (el Civic, la shell) para sonar real. Nunca hay denuncia, nunca hay fecha clara. Es el mito del “narco Uber”, una fantasía peligrosa que mezcla el servicio casual con el thriller hollywoodense. Refleja más nuestro morbo colectivo por el crimen organizado que una práctica real.
El código secreto de los emojis
La Teoría de Conspiración Digital: En los comentarios, los usuarios juegan a ser criptógrafos. “Pon el de la hoja si buscas hierba”, “el rayo si es coca”. He visto estos hilos crecer y mutar. Es pura ficción colaborativa. La app no tiene un “modo drogas”; pero la comunidad le asigna uno, porque en el fondo queremos creer que hay un sistema secreto, un atajo, un truco que solo los iniciados conocen. Es la versión pobre del mito de los mensajes subliminales en los discos de los Beatles.
“Por eso es más barato, porque ganan con otra cosa”
La Lógica Retorcida del Conspirador: Este es el remate maestro. Conecta el precio competitivo (que tiene que ver con un modelo de negocios sin tarifas fijas) con actividades ilícitas. “No puede ser tan barato solo con viajes”, razonan. Es el pensamiento mágico aplicado a la economía: si algo es muy bueno para ser verdad, es porque esconde algo muy malo. Una ecuación perfecta para no confiar en nada.
La historia fantasma #1524 (Versión Sexual):
“Una amiga me contó que una noche, borracha, un conductor le ofreció ‘hacer el viaje más divertido’ por un extra”. Es la historia estrella. Noten los elementos: una mujer vulnerable (borracha), un conductor depredador, una oferta sutil. Es el cóctel perfecto de miedo y morbo. Pero, de nuevo, la “amiga” nunca tiene nombre. No hay denuncia. No hay captura de pantalla del chat dentro de la app (que sería la evidencia de oro). Es pura narrativa de terror sexual, reciclada para la era de las apps.
La realidad más sosa (y probable):
Lo que sí existe, y puede alimentar el mito, son casos de acoso. Conductores que cruzaron la línea con usuarias, mandando insinuaciones inapropiadas después de un viaje. Eso es grave, es un delito, y debe denunciarse. Pero de ahí a que exista un catálogo de servicios sexuales organizado dentro de InDrive, hay una diferencia abismal. El primer caso es un imbécil abusando de una herramienta; el segundo sería una red de trata operando a plena luz. No confundamos las denuncias reales de acoso con la fantasía de un burdel sobre ruedas.
¿Conclusión? Después de días en esta cloaca digital, mi veredicto es puro: InDrive no es el problema. El problema es nuestra necesidad infantil de creer que el sistema siempre tiene un agujero negro, un acceso directo a lo prohibido.
El usuario real que pide un ride a su casa después del trabajo nunca ve estos supuestos menús. El conductor real que está pendiente de su calificación y de no perder su cuenta, no se arriesga a una propuesta estúpida por chat. La plataforma, como cualquier herramienta, puede ser usada para el mal. Pero elevar el caso excepcional a regla general es un juego tonto.
La próxima vez que alguien te suelte el “en InDrive pedís lo que sea”, míralo a los ojos y pedile el número de ese conductor. Ahí se acaba la función. El mito es poderoso, pero frágil. Se alimenta de la cobardía de nunca tener que probarlo.
Y si de verdad buscás drogas, seguro sabés de alguien. No necesitas una app para eso. Pero esa ya es otra historia.
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